Un cuento de Camilo José Cela
El tonto de aquel pueblo se llamaba Blas. Blas Herrero Martínez. Antes, cuando aún no se había muerto Perejilondo, el tonto anterior, el hombre que llegó a olvidarse de que se llamaba Hermenegildo, Blas no era sino un muchachito algo alelado, ladrón de peras y blanco de todas las iras y de todas las bofetadas perdidas, pálido y zanquilargo, solitario y temblón. El pueblo no admitía más que un tonto, no daba de sí más que para un tonto porque era un pueblo pequeño, y Blas Herrero Martínez, que lo sabía y era respetuoso con la costumbre, merodeaba por el pinar o por la dehesa, siempre sin acercarse demasiado, mientras esperaba con paciencia a que a Perejilondo, que ya era muy viejo, se lo llevasen, metido en la petaca de tabla, con los pies para delante y los curas detrás. La costumbre era la costumbre y había que respetarla; por el contorno decían los ancianos que la costumbre valía más que el Rey y tanto como la ley, y Blas Herrero Martínez, que husmeaba la vida como el can cazador la rastrojera y que, como el buen can, jamás marraba, sabía que aún no era su hora, hacía de tripas corazón y se estaba quieto. Verdaderamente, aunque parezca que no, en esta vida hay siempre tiempo para todo.
Blas Herrero Martínez tenía la cabeza pequeñita y muy apepinada y era bisojo y algo dentón, calvoroto y pechihundido, babosillo, pecoso y patiseco. El hombre era un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; bien mirado, como había que mirarle, el Blas era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no un tonto cualquiera de esos que hace falta un médico para saber que son tontos.
Era bondadoso y de tiernas inclinaciones y sonreía siempre, con una sonrisa suplicante de buey enfermo, aunque le acabasen de arrear un cantazo, cosa frecuente, ya que los vecinos del pueblo no eran lo que se suele decir unos sensitivos. Blas Herrero Martínez, con su carilla de hurón, movía las orejas –una de sus habilidades- y se lamía el golpe de turno, sangrante con una sangrecita aguada, de feble color de rosa, mientras sonreía de una manera inexplicable, quizá suplicando no recibir la segunda pedrada sobre la matadura de la primera.
En tiempos de Perejilondo, los domingos, que eran los únicos días en que Blas se consideraba con cierto derecho para caminar por las calles del pueblo, nuestro tonto, después de la misa cantada, se sentaba a la puerta del café de la Luisita y esperaba dos o tres horas a que la gente, después del vermut, se marchase a sus casas a comer. Cuando el café de la Luisita se quedaba solo o casi solo, Blas entraba, sonreía y se colaba debajo de las mesas a recoger colillas. Había días afortunados; el día de la función de hacía dos años, que hubo una animación enorme, Blas llegó a echar en su lata cerca de setecientas colillas. La lata, que era uno de los orgullos de Blas Herrero Martínez era una lata hermosa, honda, de reluciente color amarillo con una concha pintada y unas palabras en inglés.
Cuando Blas acababa su recolección, se marchaba corriendo con la lengua fuera a casa de Perejilondo, que era ya muy viejo y casi no podía andar, y le decía:
-Perejilondo, mira lo que te traigo. ¿Estás contento?
Perejilondo sacaba su mejor voz de grillo y respondía:
-Sí..., sí...
Después amasaba las colillas con una risita de avaro, apartaba media docena al buen tuntún y se las daba a Blas.
-¿Me porté bien? ¿Te pones contento?
-Sí..., sí...
Blas Herrero Martínez cogía sus colillas, las desliaba y hacía un pitillo a lo que saliese. A veces salía un cigarro algo gordo y a veces, en cambio, salía una pajita que casi ni tiraba. ¡Mala suerte! Blas daba siempre las colillas que cogía en el café de la Luisita a Perejilondo, porque Perejilondo, para eso era el tonto antiguo, era el dueño de todas las colillas del pueblo. Cuando a Blas le llegase el turno de disponer como amo de todas las colillas, tampoco iba a permitir que otro nuevo le sisase. ¡Pues estaría bueno! En el fondo de su conciencia, Blas Herrero Martínez era un conservador, muy respetuoso con lo establecido, y sabía que Perejilondo era el tonto titular.
El día que murió Perejilondo, sin embargo, Blas no pudo reprimir un primer impulso de alegría y empezó a dar saltos mortales y vueltas de carnero en un prado adonde solía ir a beber. Después se dio cuenta de que eso había estado mal hecho y se llegó hasta el cementerio, a llorar un poco y a hacer penitencia sobre los restos de Perejilondo, el hombre sobre cuyos restos, ni nadie había hecho penitencia, ni nadie había llorado, ni nadie había de llorar. Durante varios domingo le estuvo llevando las colillas al camposanto; cogía su media docena y el resto las enterraba con cuidado sobre la fosa del decano. Más tarde lo fue dejando poco a poco, y al final, ya ni recogía todas las colillas; cogía las que necesitaba y el resto las dejaba para que se las llevase quien quisiese, quien llegase detrás. Se olvidó de Perejilondo y notó que algo raro le pasaba: era una sensación extraña la de agacharse a coger una colilla y no tener dudas de que esa colilla era, precisamente, de uno...
martes 9 de febrero de 2010
El tonto del pueblo
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martes, febrero 09, 2010
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lunes 8 de febrero de 2010
A la deriva, de Horacio Quiroga
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse, con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie, lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú-Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano-. ¡Compadre Alves! ¡No me niegues este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre; en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón míster Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
-¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie, lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú-Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano-. ¡Compadre Alves! ¡No me niegues este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre; en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón míster Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entre tanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración...
Al recibidor de maderas de míster Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
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jueves 4 de febrero de 2010
Boda por interés, de Anton Chejov
En la casa de la viuda Mimrina, que vive en el callejón Cinco Perros, se celebra una cena de bodas.
Hay veintitrés comensales, ocho no comen nada, pues se quejan de que tienen revuelto el estómago. De las velas, las lámparas y una araña coja, que fue necesario alquilar en la taberna, proviene una luz tan intensa que uno de los invitados sentados a la mesa, de profesión telegrafista, guiña los ojos con expresión absorta y opina en forma desordenada sobre el tema del alumbrado eléctrico. A éste y a la electricidad en general les predice un futuro brillante, sin hacer mucho caso de la indiferencia con que le escuchan los comensales.
—¡La electricidad!... ¡Pamplinas!... —replica el padrino, cuya mirada turbia está fija en su plato—. Opino que el alumbrado eléctrico es una simple tomada de pelo. Algunos creen que por poner ahí dentro un carbón ardiente van a distraer la atención... Pero no, damas y caballeros... Si quieren deslumbrarme, me deben entregar algo más que un carboncillo..., algo esencial... ¡Que se pueda tocar! ¡Por ejemplo, el fuego!, ¿comprenden? ¡Fuego natural y no teorías para revolverme la mollera!
—Tal vez usted cree eso porque no conoce una batería eléctrica —dice, sintiéndose importante, el telegrafista—, de otra manera podría llegar a opinar algo distinto.
—Ni pretendo verla. ¡Argucias! ¡Patrañas para los crédulos!... ¡Para extraerles las ideas! ¡Ya hemos padecido bajo su influjo!... Y sepa usted, muchachito, cuyo nombre y apellido no tengo el honor de conocer, que haría bien en beber y servir de beber a los demás en lugar de defender semejantes embustes.
—Tiene usted toda la razón, padre —dice Aplombov, el novio, joven de cuello largo y cabellos como cerdas, tratando de engrosar su voz chillona—. ¿Acaso es momento de hablar sobre temas científicos? No es que me desagrade comentar los avances de la ciencia.... pero para eso hay otros momentos. ¿Y tú qué opinas, ma chère?—añade, dirigiéndose a su novia, sentada junto a él.
La novia, Dascheñka, cuyo rostro muestra muchas cualidades, excepto una, la facultad de pensar, se ruboriza y dice:
—Tal vez el caballero quiere hacer gala de sus conocimientos... y por eso habla de cosas rebuscadas...
—Siempre hemos podido vivir sin instrucción y hoy mismo, gracias a Dios, celebramos el casamiento de nuestra tercera hija con un hombre de bien —dice, suspirando, la madre de Dascheñka, quien dirige su comentario al telegrafista—. Pero si usted piensa que no somos instruidos, no tiene por qué venir a nuestra casa. Sería mejor que se quedara con sus instruidos.
El silencio cae pesadamente. El telegrafista está asombrado. Nunca esperó que la mención de la electricidad los condujera a la situación actual. Como el silencio que reina a su alrededor tiene un aire hostil y refleja el disgusto de todos los presentes, considera necesario sincerarse.
—Tatiana Petrovna..., siempre he tenido un gran aprecio por su familia, y si me he referido al alumbrado eléctrico no ha sido por orgullo. Estoy aquí bebiendo con ustedes por mi propia voluntad... Siempre deseé que Daria Ivanovna encontrara un buen marido. Tatiana Petrovna, sé muy bien que en la época actual es difícil casarse con un hombre de bien... Hoy en día muchas personas se casan por el dinero...
—No le permito hacer alusiones —interrumpe el novio, con la cara roja y la mirada nerviosa.
—No es ninguna alusión —contesta el telegrafista, atemorizado—. Por supuesto que no me refería a ninguno de los presentes... Sólo que así suele suceder, en general... ¡Vaya, si todo el mundo sabe que usted se casa por amor!... ¡Que la dote es insignificante!...
—¡Basta ya! ¡No es insignificante! —dice airada la madre de Dascheñka—. ¡Para opinar, caballero, hay que saber lo que se dice!... ¡No sólo le damos mil rublos, sino también tres abrigos, la cama y todos estos muebles! ¿Le parece poco?... ¡A ver si saben de una dote parecida!
—Si yo no digo nada... Quiero decir, los muebles son muy buenos... Más bien me refería a... Se ha ofendido usted porque ha creído que yo aludía...
—Usted no debía hacer ninguna alusión —replica la madre de la novia—. Lo invitamos a la boda por consideración a sus padres, y con estos comentarios paga nuestras atenciones. Porque, vamos a ver..., si según usted Egor Fedorovich se casaba por el dinero, ¿por qué guardaba silencio? ¿Por qué no acudió a decirnos, por los lazos que nos unen, que pasaba esto o aquello?..., Y en lo que se refiere al interés, ¡Tú, jovencito, qué vergüenza! —se dirige ahora al novio, mirándolo fijamente y con las lágrimas saltadas—: ¡Después de haberla educado!... ¡Después de haber cuidado a mi nena con más atención que a una piedra preciosa para que tú!..., ¡tú!..., ¡por simple interés...!
—¿Cómo puede usted creer semejante calumnia? —exclama Aplombov levantándose de la mesa y mesándose el cabello—. ¡Muchas gracias! ¡Merci, por el concepto en que me tiene! Y en cuanto a usted, señor Blinichikov —esto último es para el telegrafista—, no importa que sea mi amigo, no le permito ese desagradable proceder en casa ajena. ¡Haga el favor de largarse de aquí de inmediato!
—¿Qué? ¿Largarme yo?
—¡Usted! ¡Quisiera que su honradez se asemejara a la mía! Pero eso es imposible: ¡mejor váyase!
—¡Déjalo! ¡Ya es suficiente! —interceden los amigos del novio—. ¡No vale la pena! ¡Siéntate y déjalo!
—¡No! Debo demostrar que su afirmación es una mentira. Yo me he casado por amor. No
tiene por qué estar sentado todavía. ¡Retírese!
—Yo..., bueno..., solamente... —dice el telegrafista aturdido, levantándose de la mesa—. No entiendo lo que pasa..., pero está bien..., me voy. Pero antes..., devuélvame los tres rublos que le presté para su chaleco de piqué. Mientras, beberé un poco y después me marcharé, aunque antes tiene que cubrir lo que me adeuda.
Después de una agitada conversación en voz baja con sus amigos, quienes le reúnen los tres rublos, el novio, con muda indignación, arroja el dinero al telegrafista, y éste, después de buscar con toda calma su gorro oficial, se despide y se retira.
¡Es difícil prever cómo puede acabar una ingenua charla sobre electricidad! Ahora la cena ha terminado. La noche llega. Un autor bien educado debe contener su fantasía y correr el oscuro velo del misterio que hay sobre los acontecimientos que no conoce con precisión. Sin embargo, la aurora todavía encuentra a Himeneo instalado en el callejón Cinco Perros, y tras ella aparece la mañana gris ofreciendo al autor numerosos temas para...
2
Es una gris mañana de otoño. Apenas son las ocho y ya en el callejón Cinco Perros hay gran ajetreo. Inquietos, guardias y porteros recorren las aceras. Muchas cocineras, muertas de frío y con rostros expectantes, atiborra la entrada de la casa... En todas las ventanas se asoman los vecinos y en los lavaderos se acercan las sienes o las barbillas femeninas.
—¡No se aprecia qué es! ¡Parece nieve! —dicen algunos.
Es cierto, en el aire, desde el piso hasta los tejados, flota algo blanco parecido a la nieve. En la calle toda está blanco..., los faroles, los tejados, los bancos, las entradas, los hombros y los gorros de los transeúntes. ¡Absolutamente todo!
—¿Qué pasó? —pregunta una lavandera a los porteros cuando pasan corriendo.
En respuesta, éstos hacen un gesto con la mano y no se detienen. Ellos son los primeros en desconocer lo que pasa. No obstante, uno de los porteros avanza lentamente, gesticulando y hablando consigo mismo. Es evidente que ha estado en el lugar de los hechos y puede explicarlo todo.
—¿Qué ha ocurrido, hermanito? —le pregunta la lavandera desde la ventana.
—¡Ha habido un embrollo! —replica éste—. En casa de Mimrina, donde ayer hubo una boda, engañaron al novio. Parece que en lugar de mil rublos le dieron novecientos.
—¿Y cómo reaccionó él?
—Está furioso. "¡Estoy tan disgustado —dijo— que voy a descoser el colchón y a tirar el relleno de plumas por la ventana!" Y... ¡mira qué cantidad de plumas! ¡Parece nieve!
—¡Ya se los llevan!... ¡Ya se los llevan! —exclamó alguien.
En efecto, de la casa de la viuda Mimrina sale una procesión. La encabezan dos guardias con rostros preocupados. Tras ellos viene Aplombov, con el abrigo y el sombrero puestos. Si pudiera leerse, su rostro diría: "Soy un hombre honrado, pero no soporto que me engañen..."
—¡Ante el juez se aclarará la clase de hombre que soy! —expresa disgustado Plombov a cada momento volviendo hacia atrás la cabeza.
—Después van Tatiana Petrovna y Dascheñka, ambas lloran. Cierra la procesión un portero, quien lleva un libro, y un tropel de chiquillos.
—¿Por qué lloras, muchacha? —le preguntan las lavanderas a Dascheñka.
—¡Lástima de colchón! —en lugar de ella, quien contesta es la madre—. ¡Pesaba tres pud!1 ¡Y qué plumas! ¡Las más finas!... ¡Dios me castiga hasta en la vejez!
La procesión da vuelta en la esquina y el callejón Cinco Perros recobra la calma. Las plumas siguen revoloteando hasta la noche.
Hay veintitrés comensales, ocho no comen nada, pues se quejan de que tienen revuelto el estómago. De las velas, las lámparas y una araña coja, que fue necesario alquilar en la taberna, proviene una luz tan intensa que uno de los invitados sentados a la mesa, de profesión telegrafista, guiña los ojos con expresión absorta y opina en forma desordenada sobre el tema del alumbrado eléctrico. A éste y a la electricidad en general les predice un futuro brillante, sin hacer mucho caso de la indiferencia con que le escuchan los comensales.
—¡La electricidad!... ¡Pamplinas!... —replica el padrino, cuya mirada turbia está fija en su plato—. Opino que el alumbrado eléctrico es una simple tomada de pelo. Algunos creen que por poner ahí dentro un carbón ardiente van a distraer la atención... Pero no, damas y caballeros... Si quieren deslumbrarme, me deben entregar algo más que un carboncillo..., algo esencial... ¡Que se pueda tocar! ¡Por ejemplo, el fuego!, ¿comprenden? ¡Fuego natural y no teorías para revolverme la mollera!
—Tal vez usted cree eso porque no conoce una batería eléctrica —dice, sintiéndose importante, el telegrafista—, de otra manera podría llegar a opinar algo distinto.
—Ni pretendo verla. ¡Argucias! ¡Patrañas para los crédulos!... ¡Para extraerles las ideas! ¡Ya hemos padecido bajo su influjo!... Y sepa usted, muchachito, cuyo nombre y apellido no tengo el honor de conocer, que haría bien en beber y servir de beber a los demás en lugar de defender semejantes embustes.
—Tiene usted toda la razón, padre —dice Aplombov, el novio, joven de cuello largo y cabellos como cerdas, tratando de engrosar su voz chillona—. ¿Acaso es momento de hablar sobre temas científicos? No es que me desagrade comentar los avances de la ciencia.... pero para eso hay otros momentos. ¿Y tú qué opinas, ma chère?—añade, dirigiéndose a su novia, sentada junto a él.
La novia, Dascheñka, cuyo rostro muestra muchas cualidades, excepto una, la facultad de pensar, se ruboriza y dice:
—Tal vez el caballero quiere hacer gala de sus conocimientos... y por eso habla de cosas rebuscadas...
—Siempre hemos podido vivir sin instrucción y hoy mismo, gracias a Dios, celebramos el casamiento de nuestra tercera hija con un hombre de bien —dice, suspirando, la madre de Dascheñka, quien dirige su comentario al telegrafista—. Pero si usted piensa que no somos instruidos, no tiene por qué venir a nuestra casa. Sería mejor que se quedara con sus instruidos.
El silencio cae pesadamente. El telegrafista está asombrado. Nunca esperó que la mención de la electricidad los condujera a la situación actual. Como el silencio que reina a su alrededor tiene un aire hostil y refleja el disgusto de todos los presentes, considera necesario sincerarse.
—Tatiana Petrovna..., siempre he tenido un gran aprecio por su familia, y si me he referido al alumbrado eléctrico no ha sido por orgullo. Estoy aquí bebiendo con ustedes por mi propia voluntad... Siempre deseé que Daria Ivanovna encontrara un buen marido. Tatiana Petrovna, sé muy bien que en la época actual es difícil casarse con un hombre de bien... Hoy en día muchas personas se casan por el dinero...
—No le permito hacer alusiones —interrumpe el novio, con la cara roja y la mirada nerviosa.
—No es ninguna alusión —contesta el telegrafista, atemorizado—. Por supuesto que no me refería a ninguno de los presentes... Sólo que así suele suceder, en general... ¡Vaya, si todo el mundo sabe que usted se casa por amor!... ¡Que la dote es insignificante!...
—¡Basta ya! ¡No es insignificante! —dice airada la madre de Dascheñka—. ¡Para opinar, caballero, hay que saber lo que se dice!... ¡No sólo le damos mil rublos, sino también tres abrigos, la cama y todos estos muebles! ¿Le parece poco?... ¡A ver si saben de una dote parecida!
—Si yo no digo nada... Quiero decir, los muebles son muy buenos... Más bien me refería a... Se ha ofendido usted porque ha creído que yo aludía...
—Usted no debía hacer ninguna alusión —replica la madre de la novia—. Lo invitamos a la boda por consideración a sus padres, y con estos comentarios paga nuestras atenciones. Porque, vamos a ver..., si según usted Egor Fedorovich se casaba por el dinero, ¿por qué guardaba silencio? ¿Por qué no acudió a decirnos, por los lazos que nos unen, que pasaba esto o aquello?..., Y en lo que se refiere al interés, ¡Tú, jovencito, qué vergüenza! —se dirige ahora al novio, mirándolo fijamente y con las lágrimas saltadas—: ¡Después de haberla educado!... ¡Después de haber cuidado a mi nena con más atención que a una piedra preciosa para que tú!..., ¡tú!..., ¡por simple interés...!
—¿Cómo puede usted creer semejante calumnia? —exclama Aplombov levantándose de la mesa y mesándose el cabello—. ¡Muchas gracias! ¡Merci, por el concepto en que me tiene! Y en cuanto a usted, señor Blinichikov —esto último es para el telegrafista—, no importa que sea mi amigo, no le permito ese desagradable proceder en casa ajena. ¡Haga el favor de largarse de aquí de inmediato!
—¿Qué? ¿Largarme yo?
—¡Usted! ¡Quisiera que su honradez se asemejara a la mía! Pero eso es imposible: ¡mejor váyase!
—¡Déjalo! ¡Ya es suficiente! —interceden los amigos del novio—. ¡No vale la pena! ¡Siéntate y déjalo!
—¡No! Debo demostrar que su afirmación es una mentira. Yo me he casado por amor. No
tiene por qué estar sentado todavía. ¡Retírese!
—Yo..., bueno..., solamente... —dice el telegrafista aturdido, levantándose de la mesa—. No entiendo lo que pasa..., pero está bien..., me voy. Pero antes..., devuélvame los tres rublos que le presté para su chaleco de piqué. Mientras, beberé un poco y después me marcharé, aunque antes tiene que cubrir lo que me adeuda.
Después de una agitada conversación en voz baja con sus amigos, quienes le reúnen los tres rublos, el novio, con muda indignación, arroja el dinero al telegrafista, y éste, después de buscar con toda calma su gorro oficial, se despide y se retira.
¡Es difícil prever cómo puede acabar una ingenua charla sobre electricidad! Ahora la cena ha terminado. La noche llega. Un autor bien educado debe contener su fantasía y correr el oscuro velo del misterio que hay sobre los acontecimientos que no conoce con precisión. Sin embargo, la aurora todavía encuentra a Himeneo instalado en el callejón Cinco Perros, y tras ella aparece la mañana gris ofreciendo al autor numerosos temas para...
2
Es una gris mañana de otoño. Apenas son las ocho y ya en el callejón Cinco Perros hay gran ajetreo. Inquietos, guardias y porteros recorren las aceras. Muchas cocineras, muertas de frío y con rostros expectantes, atiborra la entrada de la casa... En todas las ventanas se asoman los vecinos y en los lavaderos se acercan las sienes o las barbillas femeninas.
—¡No se aprecia qué es! ¡Parece nieve! —dicen algunos.
Es cierto, en el aire, desde el piso hasta los tejados, flota algo blanco parecido a la nieve. En la calle toda está blanco..., los faroles, los tejados, los bancos, las entradas, los hombros y los gorros de los transeúntes. ¡Absolutamente todo!
—¿Qué pasó? —pregunta una lavandera a los porteros cuando pasan corriendo.
En respuesta, éstos hacen un gesto con la mano y no se detienen. Ellos son los primeros en desconocer lo que pasa. No obstante, uno de los porteros avanza lentamente, gesticulando y hablando consigo mismo. Es evidente que ha estado en el lugar de los hechos y puede explicarlo todo.
—¿Qué ha ocurrido, hermanito? —le pregunta la lavandera desde la ventana.
—¡Ha habido un embrollo! —replica éste—. En casa de Mimrina, donde ayer hubo una boda, engañaron al novio. Parece que en lugar de mil rublos le dieron novecientos.
—¿Y cómo reaccionó él?
—Está furioso. "¡Estoy tan disgustado —dijo— que voy a descoser el colchón y a tirar el relleno de plumas por la ventana!" Y... ¡mira qué cantidad de plumas! ¡Parece nieve!
—¡Ya se los llevan!... ¡Ya se los llevan! —exclamó alguien.
En efecto, de la casa de la viuda Mimrina sale una procesión. La encabezan dos guardias con rostros preocupados. Tras ellos viene Aplombov, con el abrigo y el sombrero puestos. Si pudiera leerse, su rostro diría: "Soy un hombre honrado, pero no soporto que me engañen..."
—¡Ante el juez se aclarará la clase de hombre que soy! —expresa disgustado Plombov a cada momento volviendo hacia atrás la cabeza.
—Después van Tatiana Petrovna y Dascheñka, ambas lloran. Cierra la procesión un portero, quien lleva un libro, y un tropel de chiquillos.
—¿Por qué lloras, muchacha? —le preguntan las lavanderas a Dascheñka.
—¡Lástima de colchón! —en lugar de ella, quien contesta es la madre—. ¡Pesaba tres pud!1 ¡Y qué plumas! ¡Las más finas!... ¡Dios me castiga hasta en la vejez!
La procesión da vuelta en la esquina y el callejón Cinco Perros recobra la calma. Las plumas siguen revoloteando hasta la noche.
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jueves, febrero 04, 2010
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miércoles 3 de febrero de 2010
Cuerpo de Mujer, de Akutagawa
Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. "Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.
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miércoles, febrero 03, 2010
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lunes 1 de febrero de 2010
Periodismo y cinismo
Dice Andrea...Estoy esperando al próximo muerto para escribir sobre él. Mi trabajo diario depende de las tragedias que otros padecen. Un asaltado el martes, un narco el miércoles, una violada el jueves, dos calcinados el sábado. De las víctimas del domingo y el lunes se ocupan otros. Los viernes hay paz. De mis coberturas cotidianas he podido deducir algunas reglas. La principal: los ricos prefieren no involucrarse. Aún así, lo que les pase a ellos siempre estará por encima de lo que les ocurra a los demás. Ryszard Kapuscinski dijo que los cínicos no sirven para este oficio. Creo que se equivocó. Hace falta un alto grado de cinismo para ajustarse a la ley de una sala de redacción.
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miércoles 27 de enero de 2010
25 años después / 3
Gerardo estaba en el jardín de su casa cuando sonó el celular. “Eugenia llamando”, titilaba en la pantalla del Nokia y decidió no atender. El silencio volvió en la tarde. No quiso pensar que hubiera pasado si su esposa descubría la comunicación. En los últimos meses, ella se había vuelto celosa y metida en todos los asuntos, hasta exasperarlo.
Gerardo había logrado a los 50 años estabilidad emocional. De físico delgado y elegancia, había tenido muchas mujeres en su vida, pero todo se había desbarrancado cuando pisó los 30. La novia que más amaba se esfumó. Siempre confesaba a sus amigos lo poco que cuidó a esa pareja, a pesar del amor que le tenía. Solo se dio cuenta del estado de enamoramiento cuando ella le entregó una carta en un bar porteño a modo de despedida. Luego perdió el rumbo, amigos y trabajos. Nada parecía contenerlo. Fueron años de un exilio impuesto por él. Una penitencia a su torpeza con el amor. Sólo se estabilizó pasando los 40 años, cuando regresó de vagar por pueblos alejados y se asentó en su ciudad natal, junto al mar.
Ahora, ya casado, era un hombre respetado por su inteligencia en la escritura. Poseía una de las bibliotecas más completas y su avidez por la lectura parecía enfermiza. Esa actividad solitaria, conjugaba con su personalidad: de pocas palabras pero precisas. Escapaba a los tumultos, a los gritos y no soportaba compartir una comida con más de ocho personas.
“Carajo, quien habrá sido la mujer que te convirtió en semejante egoísta”, le había gritado su esposa meses atrás en la cama. Él no reaccionó y guardó silencio. La vida de Gerardo estaba planchada, como el mar con el viento norte. Pero supo que Eugenia y su temperamento sería capaz de provocar cualquier remolino. Se arrepintió de haberlo dado el número de teléfono. Sabía de la audacia de su ex novia, que lo podría arrinconar. El sonido del celular se repitió y decidió atender. No quería pasar por un cagón, como hace 25 años atrás. (Continuará)
Gerardo había logrado a los 50 años estabilidad emocional. De físico delgado y elegancia, había tenido muchas mujeres en su vida, pero todo se había desbarrancado cuando pisó los 30. La novia que más amaba se esfumó. Siempre confesaba a sus amigos lo poco que cuidó a esa pareja, a pesar del amor que le tenía. Solo se dio cuenta del estado de enamoramiento cuando ella le entregó una carta en un bar porteño a modo de despedida. Luego perdió el rumbo, amigos y trabajos. Nada parecía contenerlo. Fueron años de un exilio impuesto por él. Una penitencia a su torpeza con el amor. Sólo se estabilizó pasando los 40 años, cuando regresó de vagar por pueblos alejados y se asentó en su ciudad natal, junto al mar.
Ahora, ya casado, era un hombre respetado por su inteligencia en la escritura. Poseía una de las bibliotecas más completas y su avidez por la lectura parecía enfermiza. Esa actividad solitaria, conjugaba con su personalidad: de pocas palabras pero precisas. Escapaba a los tumultos, a los gritos y no soportaba compartir una comida con más de ocho personas.
“Carajo, quien habrá sido la mujer que te convirtió en semejante egoísta”, le había gritado su esposa meses atrás en la cama. Él no reaccionó y guardó silencio. La vida de Gerardo estaba planchada, como el mar con el viento norte. Pero supo que Eugenia y su temperamento sería capaz de provocar cualquier remolino. Se arrepintió de haberlo dado el número de teléfono. Sabía de la audacia de su ex novia, que lo podría arrinconar. El sonido del celular se repitió y decidió atender. No quería pasar por un cagón, como hace 25 años atrás. (Continuará)
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lunes 25 de enero de 2010
25 años después / 2
Eugenia desoyó el insistente timbre del portero eléctrico y se quedó acurrucada en la ducha, gozando del agua. No podía creer que un encuentro fugaz con un ex novio de hace 25 años le moviera toda su estantería. Se dio cuenta de la debilidad de su pareja y de los huecos familiares. Se incorporó un poco y dejó que solo corriera el agua fría en su piel. Si había algo que la conformaba a sus 40 años era su cuerpo. Era una mujer menuda y de largos cabellos castaños. Su cara lucía rosada, donde sobresalían sus ojos claros. Tenía senos no muy grandes, piernas flacas y glúteos firmes. Desde la adolescencia había desarrollado una risa disparatada, que era parte de su carácter alegre. En sus años de juventud y adultez se había convertido en una profesional destacada. Su carrera universitaria había sido brillante y alcanzó notas sobresalientes en el profesorado de historia. Más tarde consiguió la titularidad de una cátedra.
Hija única de padres estrictos, había escapado a los moldes que trataron de imponerle. En la infancia curso sus estudios en el colegio privado más caro de Rosario, mientras estudiaba piano y cumplía con sus clases de inglés. El premio familiar era dos meses de vacaciones junto al mar y la playa, algo que ella adoraba. Quien más la atormentaba era su padre, rígido en todos los aspectos y que deseaba ver a su pequeña casada de blanco y con alguien distinguido. Pero Eugenia y sus sensaciones tenían otros planes. Fue en un verano de 1985 cuando se abrieron las compuertas al goce. Conoció en la playa a Gerardo y no pudo resistir acercarse a él.
Eugenia dejó la ducha y con parsimonia comenzó a secar su cuerpo. Pensaba que su pareja se había convertido en una perfecta mierda. Una especie de sociedad anónima con un hombre bueno. Alquilaban películas, comentaban el tiempo o las contingencias laborales. Pero la efervescencia de la pasión se había aplacado. Las emociones ya no existían. Terminó de secarse, caminó desnuda hasta la habitación y se miró al espejo colgado en la pared. Se sintió segura y linda. Recordó la cara de Gerardo y el encuentro casual. Entonces decidió que lo llamaría sin importar nada. (Continuará)
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