Mostrando entradas con la etiqueta cronicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cronicas. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de julio de 2011

Cosechadora, esa puta

La cosechadora es la médula de la maquinaria agrícola y, exhibida como aquí se exhibe, con esa histeria de juguete rabioso, con ese erotismo de lo inalcanzable, se vuelve un oscuro objeto del deseo chacarero. Y no sólo la cosechadora: el pulverizador, el compactador de suelos, la tolva de descarga, los fierros en general seducen en la Expoagro 2008 como seducen las chicas que se llevan un dedo a la boca. Y ahí va entonces el pequeño productor a masturbarse un rato frente al stand de John Deere o Massey Ferguson, a pasar un poco la mano sobre el cabezal de trigo de una 9870, y a lamentarse porque no tiene de dónde sacar 800 mil pesos para llevársela a casa.
Los cartelitos que rodean la majestuosidad pornográfica de las máquinas no hacen más que rubricar su condición lujuriosa: Banco Galicia financia, Credicoop financia, Banco Francés financia. Te están diciendo: vamos, que te ayudo a que este bebé sea tuyo. ¿Te imaginás si este bebé fuera tuyo? Tienen que ver a los chacareros derritiéndose frente a cuatro toneladas de hierro cromado. Como Mario Restónico, que tiene 20 hectáreas en Clarke, entre Rosario y Sante Fe, y 78 años en el cuerpo. Probablemente ya no se le pare y el correlato de esa impotencia es el suspiro que le dedica a una Apache de 260 mil dólares. “Lo que daría por tenerla”, dice Mario, y no hace falta que diga más.

La Expoagro 2008 está vendida por sus organizadores, los diarios Clarín y La Nación, como la más grande expo de la industria en el país. Aquí, en estas 60 hectáreas de campo abierto al costado de la ruta 9, a ocho kilómetros de Armstrong, provincia de Santa Fe, se condensa ese mundo que ha sido a veces patricio, a veces hegemónico y rabiosamente corporativo y antiindustrial y rico y lobbista y de paso un poquito negrero, y otras veces pequeño o mediano productor, superavitario como productor de alimentos, impulsor drástico de la economía nacional, exportador, desarrollador de agrotecnología, que hoy vive un momento histórico estelar y que conocemos como campo argentino.
Con ochenta mil visitantes en sus dos primeros días y récord de expositores, la Expoagro saca chapa de marca argentina hacia el mundo, y empieza a convertirse en uno de esos nombres por los que nos reconocen afuera, como Ginóbilli o el furor de la Buenos Aires gay. 
Una caminata rápida por las calles anchas va a dejar algunas cosas: en principio, la ropa embutida en tierra suficiente como para sembrar girasol en los pantalones; después, la teatralidad de algunas proezas más de kermese que de feria global, como el tipo que, sin despeinarte, te saca la gorra con los dientes de una retroexcavadora y que es anunciado como el mejor piloto de retroexcavadoras del planeta; o el tractor de John Deere que se maneja por satélite y que lleva en su cabina a un peón leyendo el diario; o el apasionante torneo de pulverizadores autopropulsadas, que son como unos aviones de alas gigantes que nunca despegan y, en cambio, aplican fungicidas o cosas así; toda esta espectacularidad boba sucede en medio de un polvorín político: lo que realmente deja una caminata rápida es el oído abrumado por las quejas de los productores, que siguen sin poder creer que el gobierno de Kirchner (el que más te guste de los dos) se quede, en concepto de retenciones, con el 35 por ciento de lo que producen.
Dice Restónico, que no se le parará pero la furia la conserva: “¡Son unos ladrones! No hay otra manera de llamarlos a estos. Nos sacan la plata para dársela a esos negros que no laburan, para que los voten ¿A usted le parece?”. Restónico expresa buena parte del campo más conservador, cuadradito. El problema no es tanto lo que dice sino que es muy fácil encontrar aquí a mucha gente que diga lo mismo y más o menos de la misma manera. El jueves estuvo Lilita Carrió, y a Restónico le cae simpático que haya venido. Del otro lado, todo el otro lado imaginable, antípoda furiosa por concepción del negocio y capacidad de producción, está la no tan nueva gran estrella de la patria agrícola: Gustavo Grobocopatel, cuyas 100 mil hectáreas sembradas lo convirtieron en el rey de la soja, apodo que detesta públicamente.
Nunca en su historia el campo había dado un famoso, ya saben, un personaje con el metraje mediático suficiente como para ser invitado de Mirtha Legrand. Gustavo, cara visible del grupo Los Grobo, es un regordete colorado de sol, vestido con ropa sin marcas visibles, con una barbita de tres días y que se ríe con facilidad. Sigue viviendo en Carlos Casares, por más que Grobo Agropecuaria haya facturado, sólo en el primer semestre de 2006, 14 millones de dólares. Sus hijos, los tres, siguen yendo a la escuela pública y para la oligarquía estanciera (la que queda) Grobo es “el judío”. Le pregunto por qué es una estrella. Me dice que no tiene la menor idea. Y obvio, me lo dice riendo.
Detrás del señor Grobocopatel va quedando la estela de periodistas con preguntas en el aire: por qué no fustiga al kirchnerismo, por qué hizo negocios con Venezuela, por qué le vendió acciones a los brasileños. La cara del señor Grobocopatel pierde distensión. Yo le pregunto si es lo que ha querido ser. El tipo se para, me mira, y me dice que no le disgusta en lo que se convirtió, pero tiene pensado dejarlo todo en unos años más.
-¿Cuántos?
-Pocos.
-¿Para hacer qué?
-Para cantar.
Porque el señor Grobocopatel canta, tiene un grupo o algo de eso. Y es así como el mayor productor de granos de la Argentina, en plena efervescencia expoagraria, dice que lo deja todo para ponerse a entonar a Yupanqui. Me faltó preguntarle si de verdad las vaquitas son ajenas.

Sobre la calle del fondo, en la frontera con el resto de pampa santafesina, cuatro chicos con trapitos naranjas le sacuden el polvo a una fila de Audis. A la izquierda del stand, una camioneta que ronda el medio millón de dólares espera comprador. Y si esa camioneta está allí, es porque alguien creyó que debe haber alguien más en esta Expoagro con medio millón  de dólares para gastarse en un auto. En general, la riqueza es un concepto, un dato estadístico y su materialidad queda en reserva de sus dueños. Pocas veces se la puede ver, como acá, tan expuesta, tan guaranguita.
Una cuenta rápida puede explicar, si bien no toda, una parte de esa riqueza que anda en la Expoagro dando vueltas. Veamos: una tonelada de soja vale 1100 pesos. Una hectárea rinde cuatro toneladas, que es lo mismo que decir que una hectárea rinde 4400 pesos. Un campo chico tiene 100 hectáreas, lo que equivale a 440 mil pesos. Y con el tratamiento adecuado, el suelo resiste dos campañas al año. Ahí ya estamos en los 880 mil pesos. En resumen: un pequeño productor (bien pequeño) levanta casi un millón de pesos al año. Después llegará, una vez más, la ferocidad de la discusión y, una vez más, la palabra retenciones, que tiene y retiene a todo el mundo crispado. Eso es otra cuestión. Mientras, los Audi siguen ahí, hasta que ya no estén más, porque alguien sembró, cosechó, cobró y fue y se lo compró.

Ahí está hablando Juan José Becerra, presentando su libro La vaca, viaje a la pampa carnívora, en la sala de conferencias. Becerra no será el presidente de la Cámara de Sembradores de Formosa, por decir uno de los tantos señores con cuentaganado y cinturón de cuero crudo que se suben a decir lo mal que les va, lo bien que les va, pero tiene bastante más cosas interesantes para decir de la vaca argentina que la mayoría de los empresarios de la carne. Becerra habla para, los cuento a dedo, siete personas. Y se la banca.

Afuera, todo es banderitas. Es un imperativo estético. Porque podrían haber sido pancartas, o carteles, pero no: las marcas ponen sus banderitas. Al final de la tarde, con el sol metiéndose, las banderitas pierden nitidez, desaparece lo que anuncian quedan sólo sus siluetas en movimiento. De lejos se ve como los ejércitos de una película de Kurosawa pero avanzando sobre la ruta 9 interprovincial.

En el corazón de la industria agrícola ganadera, alguien que responde a alguien que responde a alguien que responde a Steve Jobs puso un Mac Station, y los ganaderos se acercan a escudriñar iPods. El hombre de campo, el hombre rico de campo, como Grobocopatel o como cualquier otro, no está cruzado por la cultura del consumo de lujo, digo, en general, habrá excepciones. El destino de esa riqueza, cuando no es la generación de más riqueza, se va en poderosas camionetas todoterreno y no mucho más. Sus mujeres deben ser igual, de lo contrario aquí estaría Louis Vuitton, y ya ven que no. Pero están los iPods, y tal vez el hombre de campo, el rico hombre de campo, empiece acostumbrarse a gastarla en algo más.

Christian Bjerg no tiene gorro cowboy de mimbre. Aquí, es top llevar uno. Algunas marcas lo regalan mediante sonrientes promotoras con calzas, pero más bien poco. A la sala de prensa llega gente preguntando si se puede conseguir allí el bendito gorro, y se van decepcionados. Bjerg no lo usa y podría, porque trabaja aquí, en la Expo. Trabajó también en la Expo del año pasado y tiene planes para hacerlo en la del año siguiente. Siempre sin gorro, claro. Bjerg es vendedor de Vassalli, una marca nacional de maquinaria agrícola que pinta sus cosechadores de un rojo furioso. El stand de Vassalli está lleno de grandes banderas rojas al viento, y se parece menos a un punto de venta agroindustrial que a una sede de la Internacional socialista. Le pregunto a Bjerg si vendieron algún fierro. Me dice que ninguno. Le pregunto por qué. Me dice que ya estaba todo vendido desde antes de que empezara la feria. Le pregunto si hubieran vendido algo de haber tenido stock. Me dice que a patadas, que si no venden más máquinas es porque no llegan con la producción. Cerca de nosotros hay una cosechadora DR170. Su precio de lista es de 751 mil pesos. Le pregunto cuántas vendieron el año pasado. Me dice sin mosquearse: “Unas cien”.
Bjerg está acá pero quisiera no estar acá. Y entonces entiendo porqué, pudiendo, no lleva el gorrito que todos llevan. La Expo le hincha soberanamente las pelotas. Pero mejor que lo diga él: “Te juro, esta Expo me hincha soberanamente las pelotas”.
-¿Qué vuelve insoportable a la fiesta de la maquinaria agrícola para un vendedor de maquinaria agrícola?
-Es puro caretaje, puro marketing. Sirve para estar, para que se vea tu marca, para que vengan los gringos que se gastaron 250 mil dólares en un bicho de estos y vos le regales una gorrita de seis pesos. No sabés lo contentos que se van con la gorrita.

Cuando salgo, paso junto al nuevo modelo de Vassalli: la AX 7500, de las cuales hay sólo dos en el país, y otras seis están en construcción. En la cabina, pegada con letras plásticas, se lee: adquirido por Diego y Rodrigo Gullielmi. Hay otras más con el apellido de su comprador puesto a toda pompa en el frente reluciente de la máquina. Como si fuera necesario saber quién. Como si imprescindible saber el nombre del que se lleva las chicas a casa. (Alejandro Seselosvky)


domingo, 24 de enero de 2010

25 años después / 1



Cuando Eugenia entró al departamento se maldijo por no haberse quedado callada. Estrujó el papel con el número de celular de Gerardo y lo echó en una cajita de madera, cerca de unos adornos con pececitos. Ella no había podido reprimir las ganas de ofenderlo por un episodio amoroso de 25 años atrás y que pensó olvidado. Estaba rabiosa y furiosa. A veces se reía sola al no poder contener su incontinencia verbal hacia los varones. Pero esta vez era distinto. Entendió que su malestar por su situación sentimental complicada lo había descargado con la persona equivocada. ¿Con qué derecho?, pensó.

Gerardo subió a su auto y lo puso en marcha. Había quedado descolocado por el encuentro casual, pero mucho más por el recuerdo del amor adolescente no consumado, que ella le recriminó. Mientras avanzaba por las calles con aroma a tilos pensó que Eugenia lo consideraba un cagón. Ella desde su juventud había sido resuelta y audaz. Eso la hacía una mujer más bella. Gerardo estacionó cerca de la playa. Observar el mar lo ayudaba a pensar. Media hora después regresó a su casa convencido que el breve encuentro no tendría más repercusiones internas y que las palabras de Eugenia sólo habían sido una provocación, como en sus años jóvenes.

Eugenia despertó a su hijo y luego llamó por teléfono a su pareja para contarle que en 15 días regresaban a Rosario. Luego colgó y rogó para que Gerardo, por el cual mantenía un cariño innato, supiera por dónde volver a empezar. No había razón para echar a perder una relación humana que podría convertirse en una amistad adulta. Ella ingresó al baño y abrió la ducha. Se quitó apresurada la ropa y su desnudez se metió bajo las gotas templadas. Cerró los ojos, alzó la cabeza y dejó que el agua empapara su cara. ¿Y si hubiera sido Gerardo el primero?, pensó. El sonido nervioso del timbre la quitó del trance (continuará).

jueves, 14 de enero de 2010

Brujería mexicana

Escribió una amiga mexicana, de pluma sensible...




“Estoy bajo el más cruel de los hechizos, uno de esos que provocan un dolor ligero, pero constante; de esos que se aferran a su víctima y le impiden imaginar, tan sólo, que puede compartir.

Desconozco quién puede odiarme tanto para conjurar una brujería de tal magnitud, evidentemente tampoco sé las razones, pero las que fueran son lo bastante poderosas que han hecho de éste, un pesar largo, que no vislumbra fin.

¿Qué me han hecho? Me han quitado toda posibilidad de querer y ser querida, no sé si para siempre y no sé qué debo hacer para romper el maleficio, lo único certero es que las personas que he querido, he deseado, he tenido ya no están, han desaparecido de una forma rápida y misteriosa: sin previo aviso, sin un adiós, sin un quizá, sin nada. Simplemente se van.

La primera vez fue lo normal, la segunda vez algo molesto, la tercera algo inevitable, la cuarta algo incomprensible, la quinta algo esperado, la sexta aún no encuentro la razón, la séptima fue un alucine, la octava un grave error y la novena ni siquiera se dio, antes de que eso ocurriera se fue.

Debo comentarlo, tengo sospechas de quién o cuándo pudo comenzar eso, pudo ser hace siete años cuando besé al hombre equivocado o hace cinco cuando, por seguir besando al hombre equivocado, rompí el corazón del correcto. Y no es precisamente que ese buen hombre, al que dejé sin más, haya querido regresarme todo ese dolor, lo dudo, pero comienzo a creer que alguna fuerza extraña lo hizo por él.

¿Hasta cuándo sucederá esto?¿qué debo hacer para romper el maleficio?



Quién me quería ver sufrir lo ha logrado, regocíjate pues.



...



...



Pero te advierto, no he desaparecido, sigo aquí y seguiré de pie”.

martes, 8 de diciembre de 2009

La espera de un ciruja

Un ejemplo de una crónica cincelada

También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.




Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.



Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.



Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.



Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.

jueves, 1 de octubre de 2009

AUTOBIOGRAFÍA DE ANTÓN CHÉJOV (1860-1904)

(“Leer detalles de mi propia vida y, aún más, escribir sobre ese tema, constituye para mí un auténtico martirio”. Lo dice Chéjov, el gran escritor ruso, en carta a un amigo. El siglo XIX se estaba cerrando. Chéjov tenía 39 años y, no pudiéndose negar a enviar un breve currículum a pedido de un editor, escribió esta rápida y seca autobiografía. Omitió ahí dos datos claves: que padecía tuberculosis, enfermedad de la cual murió, y que se había casado con la actriz Olga Kniepper quien lo acompañó hasta sus últimos días. Un buen ejercicio sería comparar esta autobiografía con la que compuso Rodolfo Walsh).

“Yo, A.P. Chéjov, nací el 17 de enero de 1860 en Taganorg. Primero estudié en la escuela griega próxima a la iglesia del zar Constantino. Luego en el instituto de Taganrog. En 1879 ingresé en la facultad de Medicina de la Universidad de Moscú. En general, en aquella época tenía un concepto vago de las distintas facultades y no recuerdo en qué consideraciones me basé para decantarme por la Medicina. Pero no me arrepiento de la elección. Ya en el primer año empecé a publicar en revistas semanales y en periódicos, y a comienzos dela década de 1880 esas ocupaciones literarias adquirieron un carácter permanente y profesional. En 1888 me concedieron el premio Pushkin. En 1890 viajé a la isla de Sajalín y más tarde escribí un libro sobre nuestras colonias penitenciarias y prisiones. Sin contar las reseñas, las recensiones, los artículos, los sueltos y todo lo que he escrito día tras día en los periódicos, y que ahora me sería difícil buscar y reunir, en veinte años de actividad literaria he escrito y publicado más de cinco mil páginas impresas de relatos y cuentos. También he escrito obras de teatro.
Estoy convencido de que la práctica de la medicina ha ejercido una profunda influencia en mi actividad literaria, pues ha ampliado notablemente el campo de mis observaciones y me ha proporcionado conocimientos cuyo verdadero valor para un escritor sólo puede comprender un médico; también ha ejercido una influencia orientativa; probablemente, gracias a mi familiaridad con la medicina, he evitado muchos errores. El conocimiento de las ciencias naturales, del método científico, siempre me ha tenido en guardia; siempre que me ha sido posible he tratado de atenerme a los datos científicos. Y, cuando no ha sido posible, he preferido no escribir. En ese sentido me gustaría señalar que en el arte las convenciones no siempre permiten una correspondencia plena con los datos científicos; no se puede representar en el escenario una muerte como sucede en la realidad. Pero la correspondencia con los datos científicos debe percibirse también en tales circunstancias; es decir, es necesario que el lector o el espectador comprenda que se encuentra ante un escritor experto. No pertenezco a esa clase de escritores que manifiestan una actitud hostil a la ciencia ni me gustaría formar parte de quienes extraen conclusiones sobre cualquier tema con la única ayuda de su cabeza.
En cuanto al ejercicio de la profesión médica, siendo estudiante trabajé en el hospital provincial de Voskresensk (cerca de Nueva Jerusalén), en la sección del renombrado médico provincial P.A. Arjanguelski; más tarde, durante un breve período he trabajado como médico en el hospital de Zvenigorod. En los años del cólera (92-93) dirigí el sector de Mélijovo, en el distrito de Serpujov”.

martes, 5 de agosto de 2008

Breve sueño en la mañana

El ruido de las personas plásticas que se levantaban en la mañana naciente era casi el único sonido que se escuchaba en la calle Sarmiento. El leve crujir competía con algunos ladridos de perros que vagabundean hundiendo hocicos en tarros plasticos con basura. El cielo negro se degradaba hacia el celeste y las estrellas titilaban.
Al cruzar frente a su casa bajita escuché que cerraba la puerta de la cocina. Con un poncho marrón colocado en los hombros enfiló hasta la vereda, agachando su cuerpo robusto para que su cabeza no golpeara contra las ramas de la parra. En el aljibe sin agua estaba colocada la cacerola para el lechero.
Caminó a mi lado hasta la calle Roca, apoyando una mano en mi hombro, gesto cálido y desusado en él. Al llegar a la esquina cruzó el terreno por el sendero que los pasos de los vecinos abrieron entre el pasto. “Buen viaje”, me dijo, como todas las mañanas. “Chau, abuelo”, le respondí. Y lo ví perderse entre árboles desnudos camino al hospital. Yo seguí mi recorrido dos cuadras hasta la Terminal de Omnibus, inaugurada en Trenel hace cinco días.

lunes, 30 de junio de 2008

Los que viven de la basura


Hay en General Pico 42 familias que viven de los residuos. Sus manos enguantadas se sumergen de lunes a sábado entre la basura domiciliaria que miles de vecinos sacan todas las noches. Están agrupados en una cooperativa, bautizada como “Don Alberto” y tienen entre sus dedos la responsabilidad de separar los residuos de toda la población.
Los camiones cargados con bolsas de todos los tamaños y colores acarrean entre 30 y 35 toneladas de basura por día. La llevan hasta la planta de reciclados de residuos urbanos (R.R.U) dónde comienza el proceso de selección.
Allí, 10 mujeres y 32 hombres se enfundan con guardapolvos, guantes y botas, para ubicarse cada uno en su puesto. Comenzarán a las seis y media de la mañana, y su día laboral termina cerca de las dos de la tarde.
Ocho se ubican en el elevador y seis de ellos cortan las bolsas llenas de residuos. Dos son los abastecedores. Desde pilas hasta restos de comida, todo sube hasta la cinta dónde se clasifican los residuos.
“Funcionamos como cooperativa independizada desde hace más de dos años. Este es nuestro trabajo, y somos los que recibimos toda la basura de los domicilios de General Pico. Después de la clasificación y las prensas, quedan armados fardos que pesan entre 300 y 400 kilos”, explica Angel Duarte.
Mientras recorre la planta, un ruido permanente a vidrio se escucha en el exterior de la planta: miles de botellas se amontonan una sobre otra, al caer por un túnel que las trae desde el primer piso. Tienen distintos tamaños. Desde las de sidra hasta las de vino de selección. Con etiquetes o sin ellas, pero todas juntas.
En la planta alta de la planta, sobre un piso metálico enrejado, con una especie de balcón, las manos de los trabajadores y las trabajadoras, separan la basura. La cinta transportadora gira y trae todos los residuos que previamente fueron quitados de las bolsas en el elevador.
Cada uno tiene una tarea. Se separa el cartón, del cartón sucio; lo orgánico de lo inorgánico. El papel blanco va para otro lado y el de color aparte. A las botellas plásticas se les quitan las tapitas que son colocadas en tarros, igual que las pilas. El aluminio y el cobre también son separados y colocados en otro sector. El plástico se divide según su densidad. Después las prensas hacen su trabajo.

Fardos. Antonio Arévalo tiene 36 años y siete hijos. Es el encargado de la planta por decisión de sus compañeros. “Acá la gente te elige o te saca para cada puesto”, dice. En sus palabras se encuentran uno de los principios cooperativitas: un hombre, un voto. Antonio es el primero en llegar a la Planta y el último en irse. Todos los días se levanta a 5 de la mañana. Le gusta su trabajo. “Este es mi laburo”, cuenta mientras abre los brazos mostrando el lugar. Seis de sus hijos van a la escuela 241. El más chico es un bebé de un año y nueve meses. “Es el que cuida la casa junto a mi mujer”, dice entre risas. “Además, no soy el que más hijos tiene, hay un compañero que tiene 10”, aclara.
En el galpón retumba el ruido de la maquinarías y las voces de los otros integrantes de la cooperativa. “La mayoría de nosotros hace años que estamos juntos y tenemos buena convivencia. Algunos jóvenes ingresaron hace menos tiempo y se adaptaron bien”, cuenta Antonio.
Mientras el grupo de la mañana, acomoda sus herramientas y espera por el vehículo utilitario que los lleve a la ciudad y sus hogares, Antonio, explica que por la tarde se realizan las tareas de mantenimiento.
“Es un equipo de tres personas, muy responsables. Deben realizar la limpieza del playón, de los rodillos, de las cámaras, las cintas y también hacen los fardos”, cuenta. Para Antonio, su faena termina cuando llegan ellos.
Después, por la noche, las manos de los vecinos depositarán sus residuos en bolsas que los camiones recogen. La tarea de clasificar la basura comenzará de nuevo como cada mañana, cuando los dedos de los trabajadores de la cooperativa hurguen en cada residuo. Para ellos, las tapitas de la botellas no tienen premio; llevan el significado de la palabra sacrificio.

jueves, 5 de junio de 2008

Una vida de cartón

Juan tiene 18 años, y junta cartones. No sabe ni de retenciones, ni de soja. Cuando el sol asoma comienza el horario de oficina de los recolectores de cartones, aunque algunos prefieren la noche. Con su campera gastada para defenderse del frío, y los dedos amorcillados, Juan, desarma las cajas y las apila en pliegues. Lo hace despacio, y en forma prolija. De vez en cuando frota sus manos.
Circula en bicicleta con un carro metálico por las calles piquenses. A veces junta hasta 50 kilos de papel por día, lo que representa unos 15 pesos que aporta a su casa. Allí, vive con un montón de hermanos y una hermana que a veces lo ayuda. Su padre hace “changas”, para arrimar algo más a la economía hogareña. No es el único recolector de cartones. Otros 20 recorren distintos puntos de la ciudad. Hurgan, meten mano, extraen: cartón, sobre todo, papel de diarios que los vecinos dejan en veredas de comercios céntricos, en barrios residenciales o en lugares más humildes. Mientras atan su mercadería, a su lado pasan otras vidas, ajenas.
Los cartoneros no esperan anuncios del gobierno, ni una suba de los precios internacionales. Esperan sí, hacer entre diez y quince pesos por jornada, un poco más un poco menos, según pinte cuando vendan su carga a los acopiadores que a su vez lo revenderán a las empresas que volverán a fabricar papel que será otra vez consumido y otra vez arrojado y recogido por los cartoneros algún día, de nuevo.
Asomaron en el paisaje urbano cuando estalló la crisis del 2001, al igual que en otras ciudades, cuando la pobreza se metió en los hogares sin pedir permiso. Permanecieron en el tiempo, y se agruparon.
Un breve recorrido por la ciudad muestra que la mayoría se mueve en bicicletas. A veces son miembros de familias, a veces niños recolectores. Hay algunos más organizados que otros. Se mueven en viejos chatas o en carros de mano. Desde ese lugar enseñan que en la basura, no hay sólo desperdicios.
Horacio está sentado sobre un tronco a pocos metros de un contenedor. Habla para adentro. Su cara está marcada por las huellas de la vida y su mirada trasmite resignación. Su historia es similar a la de otros cartoneros: declinación y la búsqueda de una tabla de salvación. “Necesito la plata para darle de comer a mis dos hijos. Por eso junto cartón, otros se dedican a otras cosas como hierro o botellas de vidrios”, cuenta, mientras su mirada se clava en el suelo y los codos de sus brazos se apoyan en sus muslos. Tiene los dedos de sus manos cruzados unos con otros, como rezando. Dice que suma entre 15 a 20 pesos por día juntando cartón y otros residuos. Comenzó hace algunos años, cuando trabajaba como ayudante de albañil. Después, el país cedió sus paredes y el techo golpeó a la sociedad. Los más necesitados terminaron en el sótano desde dónde algunos pudieron salir.
Un pibe arrastra un carro con ruedas de bicicleta. Apiló bolsas vacías de cemento y cal. Junto algunas botellas plásticas vacías. Va en busca de un billete o algunas monedas, que canjeará en el almacén del barrio. Tiene su propia ruta, un trazado por calles y veredas que le permite sumar kilos de cartón, como única real posibilidad de subsistencia, de sobrevivencia y de creación de lazos afectivos.
Menores y adultos, dicen estar ajenos a las disputas políticas. No hablan de “entidades rurales” ni de “jefes de gabinetes”. Prefieren alguna charla futbolera. Descreen de cambios que puedan modificar su vida.
En General Pico el acopio de cartón y papeles tiene se realiza en dos galpones, que revenden todo lo que se recolecta. El destino final del material son las grandes empresas papeleras y de fabricantes de plásticos. Cada recolector de cartón recibe quince centavos por kilo de papel de diario, y de 25 a 30 centavos por el kilo de cartón. El trabajo de “cartonear”, como lo llaman en el rubro, no es una tarea reservada solo a los hombres. Alguna mujer para escapar de la pobreza y poder servir una comida digna a sus hijos, también junta cartones y papeles. Lo hace tres días a la semana, rescatando de los contenedores todo lo que es vendible. La vida suele envolver a las familias en distintas realidades, y las crisis sociales dejan pisadas más allá de los contenedores.