Detrás del humo blanco y la tierra que levanta el viento, está Eleuteria. Tiene 71 años y sus manos moradas que se extiende en dedos hinchados que sostienen galletitas en forma de oblea. Sentada enfrente del predio de la Sociedad Rural de Pico, y de espalda a las vías del ferrocarril, la mujer espera por alguien que cargue lo que juntó desde el inicio del día.
Está rodeada de cartones, cajas vacías, botellas, bolsas de colores y hasta con partes de una bicicleta rota. A tres metros, un tronco aún arde entre cenizas de lo que fue hasta hace poco un fuego donde Eleuteria buscó calor. Lo encendió al amanecer, cuando la sensación térmica en la ciudad marcaba seis grados bajo cero y los pobladores se despabilaban.
Eleuteria cuenta que cada día llega a las 5 y media de la mañana, para hurgar entre los contenedores cosas que después pueda vender. Desde diarios viejos, hasta alambre, caños de cobre y papel de todo tipo. De vez en cuando aparece alguna ropa que ella misma lava y arregla. “Así me gano la vida, y tengo algo más para comer, porque con la jubilación no me alcanza”, dice.
A su lado tiene las herramientas de trabajo: una tenaza y un cuchillo con mango improvisado. Con eso se arregla para empaquetar lo que puede ser utilizable. Después, lo depositará en su casa hasta que pasen a comprarlo, una vez a la semana desde Santa Rosa. Mientras habla llegan más vecinos a depositar basura. Los contenedores rebalsan de residuos. Alrededor hay desde cubiertas en desuso de camión y tractores, hasta cajones de madera. El ruido de los camiones municipales cargando ramas y troncos, rompe el silencio.
Eleuteria, no sabe precisar en que momento su vida ingresó en un tobogán. En un tiempo tuvo un hogar y un amor. Nacida en Conhelo, vivió en varios pueblos de La Pampa hasta refugiarse desde hace 9 años en General Pico, lugar en que la gente le tendió una mano solidaria. Enviudó hace 29 años y tuvo diez hijos. El número de nietos no lo conoce, y además, cuenta que no la visitan.
“Me gustaría vivir con alguno de mis hijos”, repite mientras vuelve un colocar un pedazo de galletita en su boca. Al igual que en muchas ocasiones, nunca se sabe si falta una habitación o sobra un abuelo o una abuela.
El viento helado no frena el ímpetu de Eleuteria para juntar cosas que otros ya no usan. La cara está surcada por arrugas que el rigor del tiempo estampó en su piel, dejando huellas. Los ojos se esconden detrás de anteojos de armazón plástica. Su pelo entrecano se sostiene con hebillas y parece regado por las cenizas del fuego. Al hablar, sus labios tiritan entre dientes que el agua oscureció.
Viste ropa gastada que quizás alguna vez estuvo de moda. Una campera gruesa, pollera de colores y medias de lanas en sus pies es el uniforme de casi todos los días cuando camina desde su casa hasta los contenedores. Ella, en soledad asimiló que la vida es como hurgar en una bolsa cuyo fondo parece no tener fin. Cuando la tarde piquense avance, Eleuteria cumplirá el rito de regresar a su refugio, o rumbo al olvido. Eso, solo ella lo sabe.
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lunes, 8 de septiembre de 2008
La espera de la abuela
lunes, 30 de junio de 2008
Los que viven de la basura
Hay en General Pico 42 familias que viven de los residuos. Sus manos enguantadas se sumergen de lunes a sábado entre la basura domiciliaria que miles de vecinos sacan todas las noches. Están agrupados en una cooperativa, bautizada como “Don Alberto” y tienen entre sus dedos la responsabilidad de separar los residuos de toda la población.
Los camiones cargados con bolsas de todos los tamaños y colores acarrean entre 30 y 35 toneladas de basura por día. La llevan hasta la planta de reciclados de residuos urbanos (R.R.U) dónde comienza el proceso de selección.
Allí, 10 mujeres y 32 hombres se enfundan con guardapolvos, guantes y botas, para ubicarse cada uno en su puesto. Comenzarán a las seis y media de la mañana, y su día laboral termina cerca de las dos de la tarde.
Ocho se ubican en el elevador y seis de ellos cortan las bolsas llenas de residuos. Dos son los abastecedores. Desde pilas hasta restos de comida, todo sube hasta la cinta dónde se clasifican los residuos.
“Funcionamos como cooperativa independizada desde hace más de dos años. Este es nuestro trabajo, y somos los que recibimos toda la basura de los domicilios de General Pico. Después de la clasificación y las prensas, quedan armados fardos que pesan entre 300 y 400 kilos”, explica Angel Duarte.
Mientras recorre la planta, un ruido permanente a vidrio se escucha en el exterior de la planta: miles de botellas se amontonan una sobre otra, al caer por un túnel que las trae desde el primer piso. Tienen distintos tamaños. Desde las de sidra hasta las de vino de selección. Con etiquetes o sin ellas, pero todas juntas.
En la planta alta de la planta, sobre un piso metálico enrejado, con una especie de balcón, las manos de los trabajadores y las trabajadoras, separan la basura. La cinta transportadora gira y trae todos los residuos que previamente fueron quitados de las bolsas en el elevador.
Cada uno tiene una tarea. Se separa el cartón, del cartón sucio; lo orgánico de lo inorgánico. El papel blanco va para otro lado y el de color aparte. A las botellas plásticas se les quitan las tapitas que son colocadas en tarros, igual que las pilas. El aluminio y el cobre también son separados y colocados en otro sector. El plástico se divide según su densidad. Después las prensas hacen su trabajo.
Fardos. Antonio Arévalo tiene 36 años y siete hijos. Es el encargado de la planta por decisión de sus compañeros. “Acá la gente te elige o te saca para cada puesto”, dice. En sus palabras se encuentran uno de los principios cooperativitas: un hombre, un voto. Antonio es el primero en llegar a la Planta y el último en irse. Todos los días se levanta a 5 de la mañana. Le gusta su trabajo. “Este es mi laburo”, cuenta mientras abre los brazos mostrando el lugar. Seis de sus hijos van a la escuela 241. El más chico es un bebé de un año y nueve meses. “Es el que cuida la casa junto a mi mujer”, dice entre risas. “Además, no soy el que más hijos tiene, hay un compañero que tiene 10”, aclara.
En el galpón retumba el ruido de la maquinarías y las voces de los otros integrantes de la cooperativa. “La mayoría de nosotros hace años que estamos juntos y tenemos buena convivencia. Algunos jóvenes ingresaron hace menos tiempo y se adaptaron bien”, cuenta Antonio.
Mientras el grupo de la mañana, acomoda sus herramientas y espera por el vehículo utilitario que los lleve a la ciudad y sus hogares, Antonio, explica que por la tarde se realizan las tareas de mantenimiento.
“Es un equipo de tres personas, muy responsables. Deben realizar la limpieza del playón, de los rodillos, de las cámaras, las cintas y también hacen los fardos”, cuenta. Para Antonio, su faena termina cuando llegan ellos.
Después, por la noche, las manos de los vecinos depositarán sus residuos en bolsas que los camiones recogen. La tarea de clasificar la basura comenzará de nuevo como cada mañana, cuando los dedos de los trabajadores de la cooperativa hurguen en cada residuo. Para ellos, las tapitas de la botellas no tienen premio; llevan el significado de la palabra sacrificio.
Los camiones cargados con bolsas de todos los tamaños y colores acarrean entre 30 y 35 toneladas de basura por día. La llevan hasta la planta de reciclados de residuos urbanos (R.R.U) dónde comienza el proceso de selección.
Allí, 10 mujeres y 32 hombres se enfundan con guardapolvos, guantes y botas, para ubicarse cada uno en su puesto. Comenzarán a las seis y media de la mañana, y su día laboral termina cerca de las dos de la tarde.
Ocho se ubican en el elevador y seis de ellos cortan las bolsas llenas de residuos. Dos son los abastecedores. Desde pilas hasta restos de comida, todo sube hasta la cinta dónde se clasifican los residuos.
“Funcionamos como cooperativa independizada desde hace más de dos años. Este es nuestro trabajo, y somos los que recibimos toda la basura de los domicilios de General Pico. Después de la clasificación y las prensas, quedan armados fardos que pesan entre 300 y 400 kilos”, explica Angel Duarte.
Mientras recorre la planta, un ruido permanente a vidrio se escucha en el exterior de la planta: miles de botellas se amontonan una sobre otra, al caer por un túnel que las trae desde el primer piso. Tienen distintos tamaños. Desde las de sidra hasta las de vino de selección. Con etiquetes o sin ellas, pero todas juntas.
En la planta alta de la planta, sobre un piso metálico enrejado, con una especie de balcón, las manos de los trabajadores y las trabajadoras, separan la basura. La cinta transportadora gira y trae todos los residuos que previamente fueron quitados de las bolsas en el elevador.
Cada uno tiene una tarea. Se separa el cartón, del cartón sucio; lo orgánico de lo inorgánico. El papel blanco va para otro lado y el de color aparte. A las botellas plásticas se les quitan las tapitas que son colocadas en tarros, igual que las pilas. El aluminio y el cobre también son separados y colocados en otro sector. El plástico se divide según su densidad. Después las prensas hacen su trabajo.
Fardos. Antonio Arévalo tiene 36 años y siete hijos. Es el encargado de la planta por decisión de sus compañeros. “Acá la gente te elige o te saca para cada puesto”, dice. En sus palabras se encuentran uno de los principios cooperativitas: un hombre, un voto. Antonio es el primero en llegar a la Planta y el último en irse. Todos los días se levanta a 5 de la mañana. Le gusta su trabajo. “Este es mi laburo”, cuenta mientras abre los brazos mostrando el lugar. Seis de sus hijos van a la escuela 241. El más chico es un bebé de un año y nueve meses. “Es el que cuida la casa junto a mi mujer”, dice entre risas. “Además, no soy el que más hijos tiene, hay un compañero que tiene 10”, aclara.
En el galpón retumba el ruido de la maquinarías y las voces de los otros integrantes de la cooperativa. “La mayoría de nosotros hace años que estamos juntos y tenemos buena convivencia. Algunos jóvenes ingresaron hace menos tiempo y se adaptaron bien”, cuenta Antonio.
Mientras el grupo de la mañana, acomoda sus herramientas y espera por el vehículo utilitario que los lleve a la ciudad y sus hogares, Antonio, explica que por la tarde se realizan las tareas de mantenimiento.
“Es un equipo de tres personas, muy responsables. Deben realizar la limpieza del playón, de los rodillos, de las cámaras, las cintas y también hacen los fardos”, cuenta. Para Antonio, su faena termina cuando llegan ellos.
Después, por la noche, las manos de los vecinos depositarán sus residuos en bolsas que los camiones recogen. La tarea de clasificar la basura comenzará de nuevo como cada mañana, cuando los dedos de los trabajadores de la cooperativa hurguen en cada residuo. Para ellos, las tapitas de la botellas no tienen premio; llevan el significado de la palabra sacrificio.
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