Al despertar vio que la hamaca que colgaba entre los dos árboles yacía enredada en el piso. Una de las sogas que la sostenía estaba rota. Como su amor por el hombre que descansaba semidesnudo a su lado.
Ella pensó que el amor desvanecido era como esa soga cortada: no habría nudo que logre unirla como antes. Los nudos no sirven para nada, reflexionó. Entonces, en silencio juntó sus pocas cosas y se fue.
miércoles, 6 de enero de 2010
martes, 29 de diciembre de 2009
La vida breve / Mejor novela 2009
La vida breve –del uruguayo Juan Carlos Onetti- es sin duda la mejor novela de 2009. Esto es así aunque el libro haya sido publicado en 1950. Sigue siendo así aunque su reedición más reciente no se haya producido en este año. No lo es menos porque su autor, un ermitaño que se la pasó tirado en una cama aferrado a su botella de whisky, no esté de moda. El arte sólo es noticia para el periodismo. En esa obra respira un personaje fantasmal (Brausen) cuya esposa Gertrudis ha sufrido la ablación de un pecho. Esa falta es el detonante que hace tambalear el mundo del protagonista hasta el límite de renunciar a su pareja. La novela parte de un vacío que luego se compensa con la creación de un nuevo personaje femenino (Elena Sala) a cargo de reparar el hueco inicial. La vi avanzar en el consultorio, seria, haciendo oscilar apenas un medallón con una fotografía entre dos pechos demasiado grandes. Elena, como la literatura, mitiga en parte las carencias de Gertrudis, las de una vida incompleta que sólo el arte corrige. La novela tiene una última línea que debería figurar entre las mejores de la literatura universal. Pero no conviene empezar por ahí. Para saber por qué es tan buena hay que recorrer antes todo el camino del libro hasta llegar al final. Algo parecido a lo que pasa en la vida.
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jueves, 24 de diciembre de 2009
Para ser escritor
Para ser escritor hay que tener un gato (como Poe), padecer ataques de epilepsia (como Flaubert), seducir lolitas como Bukowski, tener una vida tormentosa y atormentada, perder a los padres en altamar, ser criado por dos abuelas locas (como Capote), escribir en noches de luna negra junto a una botella de bourbon, salir de putas como Kafka por las calles oscuras de Praga (no de Plaza Once). Un escritor que se precie debe alimentar una biografía escandalosa y terrible. Hay un único problema. Para ser escritor hay que escribir.
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martes, 8 de diciembre de 2009
La espera de un ciruja
Un ejemplo de una crónica cincelada
También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.
Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.
Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.
Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.
Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.
También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.
Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.
Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.
Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.
Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.
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miércoles, 11 de noviembre de 2009
Argentina: un campo de lápidas y tumbas
El lunes amaneció lluvioso. En la Terminal de Ómnibus algunas caras cansadas. Otros, tenían las ojeras marcadas. Casi en murmullo decían “buen día”. El sonido del motor del colectivo rompió el silencio. En fila, los pasajeros esperaron el momento para subir y ubicar un asiento disponible. Lunes otra vez, como decía la canción de Sui Generis. Por otros pueblos y ciudades, argentinos despiertan a la vida. Otros se sumergen en la eternidad.
En el café, la pantalla de la televisión devuelve las primeras imágenes. Uno, dos, tres y más. La cifra alcanza a los dígitos y sigue. Son, argentinos muertos en accidentes de tránsito. Pero, la muerte en auto no tiene freno en el último lunes. Entre ellos hay niños y una mujer embarazada. Avanza la mañana, y llegan más muertes, más heridos. Córdoba, Buenos Aires, Bahía Blanca, Jujuy, Santa Fé suman cruces y lápidas. Familias destrozadas, niños sin padres, abuelos sin nietos, son las consecuencias del manejo irracional. Chocan camiones, vuelcan colectivos, se despistan automóviles.
Al menos 115 personas fallecieron en lo que va del mes en accidentes ocurridos en rutas argentinas. Sólo queda saber cuántas serán el mes que viene. Las rutas argentinas parecen haberse convertido en el camino más corto hacia el cementerio.
En el café, la pantalla de la televisión devuelve las primeras imágenes. Uno, dos, tres y más. La cifra alcanza a los dígitos y sigue. Son, argentinos muertos en accidentes de tránsito. Pero, la muerte en auto no tiene freno en el último lunes. Entre ellos hay niños y una mujer embarazada. Avanza la mañana, y llegan más muertes, más heridos. Córdoba, Buenos Aires, Bahía Blanca, Jujuy, Santa Fé suman cruces y lápidas. Familias destrozadas, niños sin padres, abuelos sin nietos, son las consecuencias del manejo irracional. Chocan camiones, vuelcan colectivos, se despistan automóviles.
Al menos 115 personas fallecieron en lo que va del mes en accidentes ocurridos en rutas argentinas. Sólo queda saber cuántas serán el mes que viene. Las rutas argentinas parecen haberse convertido en el camino más corto hacia el cementerio.
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domingo, 25 de octubre de 2009
Entre la vida y la literatura
La vida no tiene argumento. Por tal motivo resulta más interesante que cualquier cosa que uno pueda decir o pensar. El lenguaje -debido a su propia naturaleza- ordena las cosas. Pero la vida no tiene orden. Incluso los escritores que respetan la bella anarquía de la existencia intentan meterlo todo dentro de sus obras. Y hacen que la vida parezca más ordenada de lo que es sin conseguir contar la verdad sobre la gente y el mundo. Por eso la gente y el mundo son más interesantes que cualquier personaje, que cualquier historia, que cualquier ficción.
Erica Jong/ Miedo a volar
Erica Jong/ Miedo a volar
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miércoles, 14 de octubre de 2009
Hiroshima
Hiroshima, 6 de agosto de 1945
Por John Hersey
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Era el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica. La bomba mató al instante a cien mil personas, provocando formas desconocidas de sufrimiento humano. El testimonio de John Hersey, uno de los primeros periodistas extranjeros que llegó al lugar, fue publicado inicialmente en The New Yorker y es un clásico de los reportajes de guerra.
Esa mañana, antes de las seis, el día era tan luminoso y hacía tanto calor que la jornada se anunciaba tórrida. Unos instantes más tarde se oyó una sirena: su ulular durante un minuto anunciaba la presencia de aviones enemigos, pero su brevedad indicaba también a los habitantes de Hiroshima que el peligro no era grande. La sirena sonaba cada día a la misma hora, cuando el avión meteorológico estadounidense se acercaba a la ciudad.
Hiroshima tenía la forma de un ventilador: la ciudad estaba formada por seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia el exterior, a partir del río Ota. Los barrios más poblados y comerciales ocupaban más de seis kilómetros cuadrados en el centro del perímetro urbano. Allí vivían las tres cuartas parte de sus habitantes. Varios programas de evacuación habían reducido considerablemente esa población, que había pasado de 380.000 personas antes de la guerra, a unas 245.000. Las fábricas y los barrios residenciales, al igual que los suburbios populares, se hallaban fuera de los límites urbanos. Al sur estaban el aeropuerto, los muelles y el puerto sobre el mar interior salpicado de islas . Una cadena montañosa cierra el horizonte en los tres lados restantes del delta.
La mañana había vuelto a ser apacible, tranquila, y no se oía ningún ruido de avión. Entonces, repentinamente, el cielo estalló en un flash luminoso, amarillo y brillante como diez mil soles. Nadie recuerda haber escuchado el menor ruido en Hiroshima cuando estalló la bomba. Pero un pescador que se hallaba en su barca, cerca de Tsuzu, en el mar interior, vio el resplandor y oyó una explosión terrible. Estaba a 32 kilómetros de Hiroshima y -según dijo- el ruido fue mucho más ensordecedor que cuando los B-29 habían bombardeado la ciudad de Iwakuni, situada a sólo ocho kilómetros.
Una nube de polvo comenzó a levantarse sobre la ciudad, ensombreciendo el cielo como en una suerte de crepúsculo. Un grupo de soldados salió de una trinchera; sus cabezas, pechos y espaldas chorreaban sangre; estaban callados y aturdidos. Era una visión de pesadilla. Sus rostros estaban completamente quemados, las cuencas de sus ojos vacías, y el fluido de sus ojos derretidos, corría por sus mejillas. Seguramente estaban mirando el cielo en el momento de la explosión. Sus bocas eran apenas llagas inflamadas cubiertas de pus.
Las casas ardían, mientras comenzaban a llover gotas de agua del tamaño de una bola de billar. Eran gotas de humedad condensada que caían del gigantesco hongo de humo, polvo y fragmentos en fisión que ya se alzaba varios kilómetros sobre Hiroshima. Las gotas eran demasiado grandes para ser normales. Alguien se puso a gritar: "Los estadounidenses nos bombardean con gasolina. Quieren quemarnos". Pero eran evidentemente gotas de agua, y mientras caían, el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, posiblemente a causa de la formidable corriente de aire provocada por la ciudad en llamas. Árboles inmensos caían a tierra; otros, menos grandes, eran arrancados de raíz y lanzados al aire, donde el torbellino de un huracán enloquecido hacía girar restos dispersos de la ciudad: tejas, puertas, ventanas, ropa, alfombras...
Cerca de 100.000 de los 245.000 habitantes de Hiroshima resultaron muertos o con heridas mortales en el mismo instante de la explosión. Otros 100.000 quedaron heridos. Al menos 10.000 de esos heridos, los que aún podían desplazarse, se dirigieron al hospital central de la ciudad, que no estaba en condiciones de recibir semejante multitud. De los 150 médicos de Hiroshima, 65 habían muerto y todos los otros estaban heridos. Y sobre las 1.780 enfermeras, 1.654 habían resultado muertas o con heridas que les impedían trabajar. Los pacientes llegaban arrastrándose y se instalaban en cualquier lugar, agachados o acostados sobre el piso de las salas de espera, en pasillos, laboratorios, habitaciones, escaleras, en la entrada, en la puerta del garaje, en el patio, y aún afuera, hasta donde se alcanzaba a ver, en las calles en ruinas... Los menos afectados socorrían a los mutilados.
Familias enteras, con los rostros desfigurados, se ayudaban mutuamente. Algunos heridos lloraban, la mayoría de ellos vomitaba. Otros tenían las cejas quemadas, y la piel despegada en el rostro y en las manos. Había quienes, a causa del dolor, mantenían los brazos en alto como sosteniendo una carga con sus manos. Si se tomaba a un herido por la mano, la piel se despegaba en grandes pedazos, como si fuera un guante.
Horrores de corto y largo plazo
Muchos estaban desnudos o con la ropa hecha jirones. Las quemaduras, primero amarillas, luego se tornaban rojas, se hinchaban, y comenzaban a supurar, exhalando un olor nauseabundo. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado las líneas de la ropa que llevaban. Sobre la piel de algunas mujeres podía verse el dibujo de las flores de su kimono, ya que el blanco había reflejado el calor de la bomba mientras que el negro lo había absorbido contra la piel. Casi todos los heridos caminaban como sonámbulos, con la cabeza erguida, en silencio y con la mirada perdida.
Todas las víctimas quemadas o expuestas a la explosión, habían recibido dosis de radiación mortales. La radioactividad destruía las células, provocaba la degeneración de su núcleo y rompía sus membranas. Quienes no murieron inmediatamente o no resultaron heridos, no tardaron en enfermarse. Tenían náuseas, fuertes dolores de cabeza, diarrea, fiebre; síntomas que duraban varios días. La segunda fase comenzó diez o quince días después de la bomba: primero comenzaban a perder el cabello, y luego vinieron diarreas y accesos de fiebre de hasta 41°.
Entre veinticinco y treinta días después de la explosión aparecían los primeros problemas sanguíneos: las encías sangraban y el número de glóbulos blancos disminuía dramáticamente, a la vez que se rompían los vasos sanguíneos de la piel y de las mucosas. La baja de glóbulos blancos reducía la resistencia a las infecciones; la más mínima herida necesitaba semanas para cicatrizarse, y los pacientes desarrollaban persistentes infecciones de la garganta y de la boca. Luego de la segunda etapa -si el paciente aún sobrevivía- aparecía la anemia, la baja de glóbulos rojos. En esa fase, muchos enfermos murieron por infecciones pulmonares.
Todos aquellos que habían decidido descansar luego de la explosión tenían menos posibilidades de enfermarse que quienes se mostraron muy activos. Era raro que cayeran los cabellos grises. Pero el aparato reproductor resultó afectado de modo duradero: los hombres se volvieron estériles, todas las mujeres embarazadas abortaron, mientras que las que estaban en edad de procrear constataron que su ciclo menstrual se había detenido.
Los primeros científicos japoneses llegados al lugar pocas semanas después de la explosión comprobaron que el flash de la bomba había aclarado el color del cemento. En ciertos lugares, la bomba había impreso la sombra de los objetos iluminados por su resplandor. Así, los expertos hallaron fijada sobre el techo de la Cámara de Comercio la sombra que había dejado la torre del edificio. También se encontraron siluetas humanas recortadas contra las paredes, como negativos fotográficos. En la zona central de la explosión, sobre el puente cercano al Museo de Ciencias, un hombre y su carro quedaron proyectados como una sombra bien definida, en la que puede verse al personaje dispuesto a azotar a su caballo en el momento en que la explosión literalmente los desintegró.
Por John Hersey
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Era el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica. La bomba mató al instante a cien mil personas, provocando formas desconocidas de sufrimiento humano. El testimonio de John Hersey, uno de los primeros periodistas extranjeros que llegó al lugar, fue publicado inicialmente en The New Yorker y es un clásico de los reportajes de guerra.
Esa mañana, antes de las seis, el día era tan luminoso y hacía tanto calor que la jornada se anunciaba tórrida. Unos instantes más tarde se oyó una sirena: su ulular durante un minuto anunciaba la presencia de aviones enemigos, pero su brevedad indicaba también a los habitantes de Hiroshima que el peligro no era grande. La sirena sonaba cada día a la misma hora, cuando el avión meteorológico estadounidense se acercaba a la ciudad.
Hiroshima tenía la forma de un ventilador: la ciudad estaba formada por seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia el exterior, a partir del río Ota. Los barrios más poblados y comerciales ocupaban más de seis kilómetros cuadrados en el centro del perímetro urbano. Allí vivían las tres cuartas parte de sus habitantes. Varios programas de evacuación habían reducido considerablemente esa población, que había pasado de 380.000 personas antes de la guerra, a unas 245.000. Las fábricas y los barrios residenciales, al igual que los suburbios populares, se hallaban fuera de los límites urbanos. Al sur estaban el aeropuerto, los muelles y el puerto sobre el mar interior salpicado de islas . Una cadena montañosa cierra el horizonte en los tres lados restantes del delta.
La mañana había vuelto a ser apacible, tranquila, y no se oía ningún ruido de avión. Entonces, repentinamente, el cielo estalló en un flash luminoso, amarillo y brillante como diez mil soles. Nadie recuerda haber escuchado el menor ruido en Hiroshima cuando estalló la bomba. Pero un pescador que se hallaba en su barca, cerca de Tsuzu, en el mar interior, vio el resplandor y oyó una explosión terrible. Estaba a 32 kilómetros de Hiroshima y -según dijo- el ruido fue mucho más ensordecedor que cuando los B-29 habían bombardeado la ciudad de Iwakuni, situada a sólo ocho kilómetros.
Una nube de polvo comenzó a levantarse sobre la ciudad, ensombreciendo el cielo como en una suerte de crepúsculo. Un grupo de soldados salió de una trinchera; sus cabezas, pechos y espaldas chorreaban sangre; estaban callados y aturdidos. Era una visión de pesadilla. Sus rostros estaban completamente quemados, las cuencas de sus ojos vacías, y el fluido de sus ojos derretidos, corría por sus mejillas. Seguramente estaban mirando el cielo en el momento de la explosión. Sus bocas eran apenas llagas inflamadas cubiertas de pus.
Las casas ardían, mientras comenzaban a llover gotas de agua del tamaño de una bola de billar. Eran gotas de humedad condensada que caían del gigantesco hongo de humo, polvo y fragmentos en fisión que ya se alzaba varios kilómetros sobre Hiroshima. Las gotas eran demasiado grandes para ser normales. Alguien se puso a gritar: "Los estadounidenses nos bombardean con gasolina. Quieren quemarnos". Pero eran evidentemente gotas de agua, y mientras caían, el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, posiblemente a causa de la formidable corriente de aire provocada por la ciudad en llamas. Árboles inmensos caían a tierra; otros, menos grandes, eran arrancados de raíz y lanzados al aire, donde el torbellino de un huracán enloquecido hacía girar restos dispersos de la ciudad: tejas, puertas, ventanas, ropa, alfombras...
Cerca de 100.000 de los 245.000 habitantes de Hiroshima resultaron muertos o con heridas mortales en el mismo instante de la explosión. Otros 100.000 quedaron heridos. Al menos 10.000 de esos heridos, los que aún podían desplazarse, se dirigieron al hospital central de la ciudad, que no estaba en condiciones de recibir semejante multitud. De los 150 médicos de Hiroshima, 65 habían muerto y todos los otros estaban heridos. Y sobre las 1.780 enfermeras, 1.654 habían resultado muertas o con heridas que les impedían trabajar. Los pacientes llegaban arrastrándose y se instalaban en cualquier lugar, agachados o acostados sobre el piso de las salas de espera, en pasillos, laboratorios, habitaciones, escaleras, en la entrada, en la puerta del garaje, en el patio, y aún afuera, hasta donde se alcanzaba a ver, en las calles en ruinas... Los menos afectados socorrían a los mutilados.
Familias enteras, con los rostros desfigurados, se ayudaban mutuamente. Algunos heridos lloraban, la mayoría de ellos vomitaba. Otros tenían las cejas quemadas, y la piel despegada en el rostro y en las manos. Había quienes, a causa del dolor, mantenían los brazos en alto como sosteniendo una carga con sus manos. Si se tomaba a un herido por la mano, la piel se despegaba en grandes pedazos, como si fuera un guante.
Horrores de corto y largo plazo
Muchos estaban desnudos o con la ropa hecha jirones. Las quemaduras, primero amarillas, luego se tornaban rojas, se hinchaban, y comenzaban a supurar, exhalando un olor nauseabundo. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado las líneas de la ropa que llevaban. Sobre la piel de algunas mujeres podía verse el dibujo de las flores de su kimono, ya que el blanco había reflejado el calor de la bomba mientras que el negro lo había absorbido contra la piel. Casi todos los heridos caminaban como sonámbulos, con la cabeza erguida, en silencio y con la mirada perdida.
Todas las víctimas quemadas o expuestas a la explosión, habían recibido dosis de radiación mortales. La radioactividad destruía las células, provocaba la degeneración de su núcleo y rompía sus membranas. Quienes no murieron inmediatamente o no resultaron heridos, no tardaron en enfermarse. Tenían náuseas, fuertes dolores de cabeza, diarrea, fiebre; síntomas que duraban varios días. La segunda fase comenzó diez o quince días después de la bomba: primero comenzaban a perder el cabello, y luego vinieron diarreas y accesos de fiebre de hasta 41°.
Entre veinticinco y treinta días después de la explosión aparecían los primeros problemas sanguíneos: las encías sangraban y el número de glóbulos blancos disminuía dramáticamente, a la vez que se rompían los vasos sanguíneos de la piel y de las mucosas. La baja de glóbulos blancos reducía la resistencia a las infecciones; la más mínima herida necesitaba semanas para cicatrizarse, y los pacientes desarrollaban persistentes infecciones de la garganta y de la boca. Luego de la segunda etapa -si el paciente aún sobrevivía- aparecía la anemia, la baja de glóbulos rojos. En esa fase, muchos enfermos murieron por infecciones pulmonares.
Todos aquellos que habían decidido descansar luego de la explosión tenían menos posibilidades de enfermarse que quienes se mostraron muy activos. Era raro que cayeran los cabellos grises. Pero el aparato reproductor resultó afectado de modo duradero: los hombres se volvieron estériles, todas las mujeres embarazadas abortaron, mientras que las que estaban en edad de procrear constataron que su ciclo menstrual se había detenido.
Los primeros científicos japoneses llegados al lugar pocas semanas después de la explosión comprobaron que el flash de la bomba había aclarado el color del cemento. En ciertos lugares, la bomba había impreso la sombra de los objetos iluminados por su resplandor. Así, los expertos hallaron fijada sobre el techo de la Cámara de Comercio la sombra que había dejado la torre del edificio. También se encontraron siluetas humanas recortadas contra las paredes, como negativos fotográficos. En la zona central de la explosión, sobre el puente cercano al Museo de Ciencias, un hombre y su carro quedaron proyectados como una sombra bien definida, en la que puede verse al personaje dispuesto a azotar a su caballo en el momento en que la explosión literalmente los desintegró.
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