Hiroshima, 6 de agosto de 1945
Por John Hersey
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzaba sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba nuclear de la historia. Era el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la era atómica. La bomba mató al instante a cien mil personas, provocando formas desconocidas de sufrimiento humano. El testimonio de John Hersey, uno de los primeros periodistas extranjeros que llegó al lugar, fue publicado inicialmente en The New Yorker y es un clásico de los reportajes de guerra.
Esa mañana, antes de las seis, el día era tan luminoso y hacía tanto calor que la jornada se anunciaba tórrida. Unos instantes más tarde se oyó una sirena: su ulular durante un minuto anunciaba la presencia de aviones enemigos, pero su brevedad indicaba también a los habitantes de Hiroshima que el peligro no era grande. La sirena sonaba cada día a la misma hora, cuando el avión meteorológico estadounidense se acercaba a la ciudad.
Hiroshima tenía la forma de un ventilador: la ciudad estaba formada por seis islas separadas por los siete ríos del estuario que se ramificaban hacia el exterior, a partir del río Ota. Los barrios más poblados y comerciales ocupaban más de seis kilómetros cuadrados en el centro del perímetro urbano. Allí vivían las tres cuartas parte de sus habitantes. Varios programas de evacuación habían reducido considerablemente esa población, que había pasado de 380.000 personas antes de la guerra, a unas 245.000. Las fábricas y los barrios residenciales, al igual que los suburbios populares, se hallaban fuera de los límites urbanos. Al sur estaban el aeropuerto, los muelles y el puerto sobre el mar interior salpicado de islas . Una cadena montañosa cierra el horizonte en los tres lados restantes del delta.
La mañana había vuelto a ser apacible, tranquila, y no se oía ningún ruido de avión. Entonces, repentinamente, el cielo estalló en un flash luminoso, amarillo y brillante como diez mil soles. Nadie recuerda haber escuchado el menor ruido en Hiroshima cuando estalló la bomba. Pero un pescador que se hallaba en su barca, cerca de Tsuzu, en el mar interior, vio el resplandor y oyó una explosión terrible. Estaba a 32 kilómetros de Hiroshima y -según dijo- el ruido fue mucho más ensordecedor que cuando los B-29 habían bombardeado la ciudad de Iwakuni, situada a sólo ocho kilómetros.
Una nube de polvo comenzó a levantarse sobre la ciudad, ensombreciendo el cielo como en una suerte de crepúsculo. Un grupo de soldados salió de una trinchera; sus cabezas, pechos y espaldas chorreaban sangre; estaban callados y aturdidos. Era una visión de pesadilla. Sus rostros estaban completamente quemados, las cuencas de sus ojos vacías, y el fluido de sus ojos derretidos, corría por sus mejillas. Seguramente estaban mirando el cielo en el momento de la explosión. Sus bocas eran apenas llagas inflamadas cubiertas de pus.
Las casas ardían, mientras comenzaban a llover gotas de agua del tamaño de una bola de billar. Eran gotas de humedad condensada que caían del gigantesco hongo de humo, polvo y fragmentos en fisión que ya se alzaba varios kilómetros sobre Hiroshima. Las gotas eran demasiado grandes para ser normales. Alguien se puso a gritar: "Los estadounidenses nos bombardean con gasolina. Quieren quemarnos". Pero eran evidentemente gotas de agua, y mientras caían, el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte, posiblemente a causa de la formidable corriente de aire provocada por la ciudad en llamas. Árboles inmensos caían a tierra; otros, menos grandes, eran arrancados de raíz y lanzados al aire, donde el torbellino de un huracán enloquecido hacía girar restos dispersos de la ciudad: tejas, puertas, ventanas, ropa, alfombras...
Cerca de 100.000 de los 245.000 habitantes de Hiroshima resultaron muertos o con heridas mortales en el mismo instante de la explosión. Otros 100.000 quedaron heridos. Al menos 10.000 de esos heridos, los que aún podían desplazarse, se dirigieron al hospital central de la ciudad, que no estaba en condiciones de recibir semejante multitud. De los 150 médicos de Hiroshima, 65 habían muerto y todos los otros estaban heridos. Y sobre las 1.780 enfermeras, 1.654 habían resultado muertas o con heridas que les impedían trabajar. Los pacientes llegaban arrastrándose y se instalaban en cualquier lugar, agachados o acostados sobre el piso de las salas de espera, en pasillos, laboratorios, habitaciones, escaleras, en la entrada, en la puerta del garaje, en el patio, y aún afuera, hasta donde se alcanzaba a ver, en las calles en ruinas... Los menos afectados socorrían a los mutilados.
Familias enteras, con los rostros desfigurados, se ayudaban mutuamente. Algunos heridos lloraban, la mayoría de ellos vomitaba. Otros tenían las cejas quemadas, y la piel despegada en el rostro y en las manos. Había quienes, a causa del dolor, mantenían los brazos en alto como sosteniendo una carga con sus manos. Si se tomaba a un herido por la mano, la piel se despegaba en grandes pedazos, como si fuera un guante.
Horrores de corto y largo plazo
Muchos estaban desnudos o con la ropa hecha jirones. Las quemaduras, primero amarillas, luego se tornaban rojas, se hinchaban, y comenzaban a supurar, exhalando un olor nauseabundo. Sobre algunos cuerpos desnudos, las quemaduras habían dibujado las líneas de la ropa que llevaban. Sobre la piel de algunas mujeres podía verse el dibujo de las flores de su kimono, ya que el blanco había reflejado el calor de la bomba mientras que el negro lo había absorbido contra la piel. Casi todos los heridos caminaban como sonámbulos, con la cabeza erguida, en silencio y con la mirada perdida.
Todas las víctimas quemadas o expuestas a la explosión, habían recibido dosis de radiación mortales. La radioactividad destruía las células, provocaba la degeneración de su núcleo y rompía sus membranas. Quienes no murieron inmediatamente o no resultaron heridos, no tardaron en enfermarse. Tenían náuseas, fuertes dolores de cabeza, diarrea, fiebre; síntomas que duraban varios días. La segunda fase comenzó diez o quince días después de la bomba: primero comenzaban a perder el cabello, y luego vinieron diarreas y accesos de fiebre de hasta 41°.
Entre veinticinco y treinta días después de la explosión aparecían los primeros problemas sanguíneos: las encías sangraban y el número de glóbulos blancos disminuía dramáticamente, a la vez que se rompían los vasos sanguíneos de la piel y de las mucosas. La baja de glóbulos blancos reducía la resistencia a las infecciones; la más mínima herida necesitaba semanas para cicatrizarse, y los pacientes desarrollaban persistentes infecciones de la garganta y de la boca. Luego de la segunda etapa -si el paciente aún sobrevivía- aparecía la anemia, la baja de glóbulos rojos. En esa fase, muchos enfermos murieron por infecciones pulmonares.
Todos aquellos que habían decidido descansar luego de la explosión tenían menos posibilidades de enfermarse que quienes se mostraron muy activos. Era raro que cayeran los cabellos grises. Pero el aparato reproductor resultó afectado de modo duradero: los hombres se volvieron estériles, todas las mujeres embarazadas abortaron, mientras que las que estaban en edad de procrear constataron que su ciclo menstrual se había detenido.
Los primeros científicos japoneses llegados al lugar pocas semanas después de la explosión comprobaron que el flash de la bomba había aclarado el color del cemento. En ciertos lugares, la bomba había impreso la sombra de los objetos iluminados por su resplandor. Así, los expertos hallaron fijada sobre el techo de la Cámara de Comercio la sombra que había dejado la torre del edificio. También se encontraron siluetas humanas recortadas contra las paredes, como negativos fotográficos. En la zona central de la explosión, sobre el puente cercano al Museo de Ciencias, un hombre y su carro quedaron proyectados como una sombra bien definida, en la que puede verse al personaje dispuesto a azotar a su caballo en el momento en que la explosión literalmente los desintegró.
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miércoles, 14 de octubre de 2009
Hiroshima
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sábado, 10 de enero de 2009
Los niños mueren

Los niños mueren por el fuego en Argentina y en Palestina. Allá lejos, en una tierra de mujeres vestidas de negro y con sus caras cubiertas, por donde se cuelan miradas tristes, caminan entre los escombros del poblado de Rafah, en la franja del horror. Las bombas caen en las casas y destruyen paredes y familias. Los niños mueren en escuelas, hospitales o mezquitas. La guerra de los adultos aplastó sus vidas para siempre, mientras soldados cargando sus metrallas camina por las calles de la franja.
En otro país, con otras religiones, los niños mueren por el fuego. Familias pobres, que compartían un edificio abandonado, se despertaron en la noche cuando las llamas comenzaron a consumir el interior. Los hogares eran casillas de madera, adentro de un antiguo banco, en el barrio de La Boca. En un tiempo, ese lugar representaba el poder del dinero y la expansión, de la mano de un italiano que se llamó Antonio Devoto. Ahora sólo quedan las paredes. Y el dolor de saber que seis hermanitos no escaparon al fuego y murieron. En cualquier lugar del mundo, parece que los niños no valen nada. Mientras tanto, los que deben mandar están de vacaciones. Sigan así, total hay muchos chicos aún vivos a los que pueden maltratar.
En otro país, con otras religiones, los niños mueren por el fuego. Familias pobres, que compartían un edificio abandonado, se despertaron en la noche cuando las llamas comenzaron a consumir el interior. Los hogares eran casillas de madera, adentro de un antiguo banco, en el barrio de La Boca. En un tiempo, ese lugar representaba el poder del dinero y la expansión, de la mano de un italiano que se llamó Antonio Devoto. Ahora sólo quedan las paredes. Y el dolor de saber que seis hermanitos no escaparon al fuego y murieron. En cualquier lugar del mundo, parece que los niños no valen nada. Mientras tanto, los que deben mandar están de vacaciones. Sigan así, total hay muchos chicos aún vivos a los que pueden maltratar.
martes, 8 de abril de 2008
Don Emilio, el anarco
Don Emilio Blanco, el anarco, como lo llamaban en el pueblo, había nacido en un aldea llamada Bendoiro, cerca de Lalín, en la provincia de Pontevedra. Una mañana de 1906 se embarcó en el buque Atlantique y partió rumbo a América, junto a uno de sus hermanos.
El trabajo del ferrocarril lo llevó hasta el pueblo de Trenel, dónde se afincó en 1912. Todo llanura, sin ríos ni arroyos. Una muchacha joven lo acompañó y asumió el trabajo de ama de casa. Cocinó y lavó ropa para todos los varones. Cosía y tejía por las tardes, sentada en el patio trasero dónde crecía la verdura que Don Emilio, el anarco, sembraba en su quinta. Días y noches se consumieron en Trenel. Los hijos crecían bajo la voz honda de su padre que pasaba el tiempo entre la carpintería y su herrería. Los vientos arrastraban cardos rusos que rodaba por las calles, y quedaban enganchados en los alambrados. La lluvia creaba lagunas y las ruedas de los carros marcaban sus huellas. Por las noches sólo se escuchaba el sonido del silbato del policía que hacía la ronda a caballo, mientras los focos solitarios de las esquinas se apagaban a la medianoche, cuando el motor de usina dejaba de sacudirse. En los días de calor, Trenel parecía encenderse bajo un fuego de brasas y el viento acercaba el aroma a cosecha. Entonces, las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Cuando el frío atravesaba paredes, las cocinas a leña reunían a las familias, jugando a las cartas. Don Emilio, el anarco, vio emigrar a sus hijos jóvenes. Dejaron el pueblo cuando la sequía agrietó la tierra y la miseria obligó a los hombres a internarse en los montes de caldenes para trabajar de hacheros durmiendo en chozas de pajas. Su vozarrón quedó retumbando entre las paredes, mientras en España los sonidos de los disparos de la Guerra Civil sacudían a pueblos y maldijo a los nacionalistas. Sufrió las muertes a la distancia. La casa vacía de varones, rompió en llantos de niñas que la muchacha parió. Cuatro mujeres llenaron el hogar. Don Emilio, el anarco, caminó cada mañana hasta su trabajo en el hospital. Las cartas seguían llegando desde España, y cada una fue guardada sólo por él. La mañana del 10 de setiembre de 1956, sintió su cuerpo pesado. Su pecho se agitó y un dolor fulminante lo atravesó. La muchacha apoyó su mano en la cara arrugada y lo acarició despacio, mientras una vecina corría a buscar al médico; sollozó y salió de la casa. Sus hijas la siguieron. Don Emilio, el anarco, nunca regresó a su tierra y una lápida gris lleva sus fechas fundamentales: diciembre 1888-setiembre 1956.
El trabajo del ferrocarril lo llevó hasta el pueblo de Trenel, dónde se afincó en 1912. Todo llanura, sin ríos ni arroyos. Una muchacha joven lo acompañó y asumió el trabajo de ama de casa. Cocinó y lavó ropa para todos los varones. Cosía y tejía por las tardes, sentada en el patio trasero dónde crecía la verdura que Don Emilio, el anarco, sembraba en su quinta. Días y noches se consumieron en Trenel. Los hijos crecían bajo la voz honda de su padre que pasaba el tiempo entre la carpintería y su herrería. Los vientos arrastraban cardos rusos que rodaba por las calles, y quedaban enganchados en los alambrados. La lluvia creaba lagunas y las ruedas de los carros marcaban sus huellas. Por las noches sólo se escuchaba el sonido del silbato del policía que hacía la ronda a caballo, mientras los focos solitarios de las esquinas se apagaban a la medianoche, cuando el motor de usina dejaba de sacudirse. En los días de calor, Trenel parecía encenderse bajo un fuego de brasas y el viento acercaba el aroma a cosecha. Entonces, las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Cuando el frío atravesaba paredes, las cocinas a leña reunían a las familias, jugando a las cartas. Don Emilio, el anarco, vio emigrar a sus hijos jóvenes. Dejaron el pueblo cuando la sequía agrietó la tierra y la miseria obligó a los hombres a internarse en los montes de caldenes para trabajar de hacheros durmiendo en chozas de pajas. Su vozarrón quedó retumbando entre las paredes, mientras en España los sonidos de los disparos de la Guerra Civil sacudían a pueblos y maldijo a los nacionalistas. Sufrió las muertes a la distancia. La casa vacía de varones, rompió en llantos de niñas que la muchacha parió. Cuatro mujeres llenaron el hogar. Don Emilio, el anarco, caminó cada mañana hasta su trabajo en el hospital. Las cartas seguían llegando desde España, y cada una fue guardada sólo por él. La mañana del 10 de setiembre de 1956, sintió su cuerpo pesado. Su pecho se agitó y un dolor fulminante lo atravesó. La muchacha apoyó su mano en la cara arrugada y lo acarició despacio, mientras una vecina corría a buscar al médico; sollozó y salió de la casa. Sus hijas la siguieron. Don Emilio, el anarco, nunca regresó a su tierra y una lápida gris lleva sus fechas fundamentales: diciembre 1888-setiembre 1956.
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