viernes, 31 de octubre de 2008

Octubre de recuerdos


Un coro de mujeres y varones de pelos emblanquecidos, con ponchos pampas que cubrían los cuerpos, colocaron las carpetas con el repertorio entre las manos mientras afinaban las voces. Un leve rasguido de guitarra rompía el silencio sepulcral de aquel día de cielo de nubes grises, hace tres años.
Una multitud de vecinos conmovidos seguían en silencio la ceremonia de despedir los restos de una joven, de nombre Liliana y de apellido Molteni, asesinada 29 años antes; como 29 fue el día de octubre que la inhumaron en el pueblo. Su cuerpo había sido enterrado en forma anónima en una tierra anónima, junto a otros, en el cementerio de Avellaneda en 1976. Cada uno arrojado con crueldad a una fosa común en la noche trágica de los años de plomo.
Olga, la mamá de Liliana, alzó la voz para entonar el himno a la paz y cantar “Sólo le Pido a Dios”. Los demás integrantes del coro “Ayun - Tun” acompañaron cada estrofa para romper el silencio de la ceremonia.
A pocos metros, Fernando, el papá, permanecía con la mirada enrojecida que apuntaba al cielo; de las nubes caía una breve llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada del cementerio, una pequeña urna blanca cubierta con una bandera y una flor contenía los restos de la joven trenelense que un día se fue a estudiar a la ciudad de La Plata se recibió de periodista y regresó a su tierra un octubre triste. Sólo dos coronas de flores fueron colocadas en el piso: Una, de la municipalidad y el pueblo de Trenel y otra, de los compañeros del colegio secundario.
Las voces se alzaron para pedir que el dolor no sea indiferente y muchos no pudieron contener el llanto. Algunos bajaron la vista, otros alzaban los cuellos de las prendas mojadas por la llovizna. Solo unos pocos abrieron los paraguas. Cuando las voces del canto se desvanecieron, Olga y Fernando, con más de ochenta años en la mochila de la vida, caminaron hasta la capilla y alzaron la urna con los huesos de su hija. Caminaron con el dolor sostenido entre los brazos por el pasillo central del cementerio, enmarcado por árboles de poca altura, con forma de sombrillas. Por detrás el cortejo de personas que raspaban las suelas en las baldosas y la tierra de los caminos angostos entre tumbas bajas y altas. Nada se oía en la tarde, sólo los pasos.
La urna blanca fue colocada en un nicho con pocas flores y con una placa que recuerda la memoria. Ese 29 de octubre, Trenel escribió en su historia el primer caso de recuperación en democracia de los restos de un pampeano desaparecido.
La noche que la secuestraron, Liliana Molteni compartía una vivienda precaria en Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, junto a Daniel Elías, su compañero de militancia y una nenita de dos años, que ambos cuidaban. Un grupo de tareas de la dictadura militar los secuestró. La pequeña niña quedó en manos de una vecina. Se presume que Liliana y Daniel pasaron algunos días cautivos en el centro clandestino de detención conocido como Pozo de Banfield. Después, fueron acribillados.
El viernes 31 de octubre a las 11, en el cementerio de Santa Rosa, serán inhumados los restos de Daniel. En la semana que se cumplen 25 años del retorno de la democracia, al suelo pampeano retornará uno de sus hijos; una compañera lo espera.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La espera de la abuela

Detrás del humo blanco y la tierra que levanta el viento, está Eleuteria. Tiene 71 años y sus manos moradas que se extiende en dedos hinchados que sostienen galletitas en forma de oblea. Sentada enfrente del predio de la Sociedad Rural de Pico, y de espalda a las vías del ferrocarril, la mujer espera por alguien que cargue lo que juntó desde el inicio del día.
Está rodeada de cartones, cajas vacías, botellas, bolsas de colores y hasta con partes de una bicicleta rota. A tres metros, un tronco aún arde entre cenizas de lo que fue hasta hace poco un fuego donde Eleuteria buscó calor. Lo encendió al amanecer, cuando la sensación térmica en la ciudad marcaba seis grados bajo cero y los pobladores se despabilaban.
Eleuteria cuenta que cada día llega a las 5 y media de la mañana, para hurgar entre los contenedores cosas que después pueda vender. Desde diarios viejos, hasta alambre, caños de cobre y papel de todo tipo. De vez en cuando aparece alguna ropa que ella misma lava y arregla. “Así me gano la vida, y tengo algo más para comer, porque con la jubilación no me alcanza”, dice.
A su lado tiene las herramientas de trabajo: una tenaza y un cuchillo con mango improvisado. Con eso se arregla para empaquetar lo que puede ser utilizable. Después, lo depositará en su casa hasta que pasen a comprarlo, una vez a la semana desde Santa Rosa. Mientras habla llegan más vecinos a depositar basura. Los contenedores rebalsan de residuos. Alrededor hay desde cubiertas en desuso de camión y tractores, hasta cajones de madera. El ruido de los camiones municipales cargando ramas y troncos, rompe el silencio.
Eleuteria, no sabe precisar en que momento su vida ingresó en un tobogán. En un tiempo tuvo un hogar y un amor. Nacida en Conhelo, vivió en varios pueblos de La Pampa hasta refugiarse desde hace 9 años en General Pico, lugar en que la gente le tendió una mano solidaria. Enviudó hace 29 años y tuvo diez hijos. El número de nietos no lo conoce, y además, cuenta que no la visitan.
“Me gustaría vivir con alguno de mis hijos”, repite mientras vuelve un colocar un pedazo de galletita en su boca. Al igual que en muchas ocasiones, nunca se sabe si falta una habitación o sobra un abuelo o una abuela.
El viento helado no frena el ímpetu de Eleuteria para juntar cosas que otros ya no usan. La cara está surcada por arrugas que el rigor del tiempo estampó en su piel, dejando huellas. Los ojos se esconden detrás de anteojos de armazón plástica. Su pelo entrecano se sostiene con hebillas y parece regado por las cenizas del fuego. Al hablar, sus labios tiritan entre dientes que el agua oscureció.
Viste ropa gastada que quizás alguna vez estuvo de moda. Una campera gruesa, pollera de colores y medias de lanas en sus pies es el uniforme de casi todos los días cuando camina desde su casa hasta los contenedores. Ella, en soledad asimiló que la vida es como hurgar en una bolsa cuyo fondo parece no tener fin. Cuando la tarde piquense avance, Eleuteria cumplirá el rito de regresar a su refugio, o rumbo al olvido. Eso, solo ella lo sabe.

martes, 5 de agosto de 2008

Breve sueño en la mañana

El ruido de las personas plásticas que se levantaban en la mañana naciente era casi el único sonido que se escuchaba en la calle Sarmiento. El leve crujir competía con algunos ladridos de perros que vagabundean hundiendo hocicos en tarros plasticos con basura. El cielo negro se degradaba hacia el celeste y las estrellas titilaban.
Al cruzar frente a su casa bajita escuché que cerraba la puerta de la cocina. Con un poncho marrón colocado en los hombros enfiló hasta la vereda, agachando su cuerpo robusto para que su cabeza no golpeara contra las ramas de la parra. En el aljibe sin agua estaba colocada la cacerola para el lechero.
Caminó a mi lado hasta la calle Roca, apoyando una mano en mi hombro, gesto cálido y desusado en él. Al llegar a la esquina cruzó el terreno por el sendero que los pasos de los vecinos abrieron entre el pasto. “Buen viaje”, me dijo, como todas las mañanas. “Chau, abuelo”, le respondí. Y lo ví perderse entre árboles desnudos camino al hospital. Yo seguí mi recorrido dos cuadras hasta la Terminal de Omnibus, inaugurada en Trenel hace cinco días.

sábado, 2 de agosto de 2008

La llave en la mesa

Sobre la mesa del bar, cubierta con un mantel plástico transparente, descansan juntos un sifón y una botella de Cinzano, al lado esperan ansiosos dos vasos.
Eligió para nuestro encuentro la fonda de Don Demarchi, más conocida en el pueblo como “el cojudo grande”. Tal vez porque a pocos metros él tiene su casa y su taller. Antes fue carpintero, él mismo hizo las sillas plegables sobre las que estamos sentados pero ahora se dedica a la herrería, oficio que todavía dice amar.
Cuando me senté su rostro y su postura me conmovieron. Parecía apesadumbrado, su cara roja por el calor de la fragua -que acababa de abandonar- le marcaba con crudeza las arrugas. Sus ojos celestes parecían más claros, y el pelo blanquecino estaba despeinado.
Le había costado llegar hasta allí, a pesar de que su casa estuviese a pocos metros. Yo tuve que caminar casi la misma distancia, y confieso que tampoco fue fácil.
El dueño de la fonda nos dejó un plato con aceitunas sobre la mesa y se marchó. Las estanterías estaban abarrotadas de bebidas, donde sobresalían una botella de anís 8 Hermanos, tres de ginebra Bols, y varias sidras. Sobre el mostrador, se encontraba el diario La Prensa doblado junto a varios mazos de cartas y a un frasco con porotos. Un acordeón que seguramente había sonado durante toda la noche, apoltronaba sus fuelles sobre el despintado mueble
El calor agobiante se metía en el lugar que había sido abandonado por los parroquianos. Sólo moraban los interrogantes.
El sonido de un trueno alteró nuestras miradas, y anunció la esperada lluvia. Las palabras demoradas en la boca salían como pidiendo permiso. Sus explicaciones sonaban vanas, superficiales, imprecisas, desdibujadas, falsas, verdaderas. Un grito de la calle alteró la pesada paz: Adiós don Emilio! Sólo respondió el saludo con un ademán hecho con la cabeza.
Las primeras gotas caían sobre la tierra encendida como fuego, y el viento arrastraba a un cardo ruso, mientras el aroma a cosecha se dispersaba.
Siempre esperó que mi escritura fuera mejor que la suya, y que mis párrafos fuesen más elocuentes Aunque él, solo había llegado a quinto grado en su España natal, poseía una cultura ilimitada. Era dueño de un saber que sólo horas dedicadas a la lectura pudieron dárselo.
Su pluma quedó estampada en el semanario Claridad que fundó en 1933 para difundir sus ideas socialistas, que solía gritar en las esquinas del pueblo en los mítines políticos. La voz profunda lo ayudó a convertirse en un buen orador. No me supo explicar en que momento se alejó de la política. Su memoria parecía frágil, y la mella de los años se marcaba en sus manos algo temblorosas. Al fin de cuenta, llegar a la Argentina de 1904 con solamente 16 años, no fue tarea fácil.
En la soledad del barco, en la soledad de un país, pasó un tiempo hasta que un tren lo llevó al pueblo en 1912. Allí plantó su vida. Ahora frente a frente, y 40 años después, nos encontramos, quizás para dejar su testimonio y aclarar los puntos oscuros.
La tormenta ya estaba encima de los techos del pueblo, y el aire claro había desaparecido. Un nuevo chorro de soda en el vaso para refrescar la garganta y así poder retomar las palabras, entre gotas de sudor que recorrían la frente.
Un niño en pantalones cortos y con el pelo empapado deja el pan en la puerta de la fonda, mientras el segundo vaso de Cinzano muere en el día. La lluvia apura sus gotas, pero no las palabras. El tiempo parece detenerse. “La pipa, algunos diarios viejos, una libreta de tapa azul y las cartas las dejo en un cajón del mueble que están en la habitación. Esta es la llave que lo abre. Las respuestas a tus preguntas las tendrás que buscar vos”. Respiró profundo y se levantó muy despacio; bebió el último sorbo del vaso y me dio la mano. Lo miré a los ojos, y me pareció más alto. Por la ventana seguí su figura hasta que desapareció entre la lluvia y el tiempo. Sobre la mesa quedó la solitaria llave.

martes, 29 de julio de 2008

La vida en calesita



La vida suele ser una calesita que gira por cientos de pueblos. Y así ocurre para los integrantes de un parque de diversiones móvil que cada jueves por la tarde levanta el telón y comienzan con la función. Durante un día y medio estuvieron armando cada juego, ensamblando cada pieza ante la mirada de los chicos del pueblo. Llegaron a Trenel desde La Maruja, lugar que hacía años no ingresaba un parque y que los chicos, junto a su familia agradecieron. El próximo destino aun no lo tienen pensando. Quizás Ingeniero Luiggi o tal vez General Pico.
“Somos la diversión de los más humildes”, dice Cecilia, una mujer que no ha llegado a las cuatro décadas, y cuya pasión es el circo. En sus años más jóvenes se colgó de aros y anclas bajo las carpas. “El alma de todo circo es la pista”, agrega con seguridad. Por diez años su vida estuvo allí con malabares y trapecios. Su cielo fue la carpa y la pista su lugar en el mundo. Cada recuerdo la conmueve y modifica el tono de su voz. Antes de eso fue abanderada en la secundaria y ahora está estudiando analista de sistema a distancia.
Luego enfocó hacia el parque de diversiones en un emprendimiento que se inició de a poco. Junto a su pareja, Sebastián, y dos hijas viajan en colectivo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. En otro micro viaja parte de la familia. Es la caravana de un parque de diversiones que tiene en su estadística casera miles de kilómetros andados, y cientos de pueblo conocidos.
El colectivo es el hogar portátil de Cecilia y Sebastián. Esta equipado con todo lo necesario para el bienestar: camas cuchetas, cama doble, placares, un baño completo, dos televisores, una computadora, cocina, lavarropa automático, mesas y sillas. Cuando llegan a cada pueblo estacionan la unidad, y se inicia el trabajo. Para ellos es su razón de ser, y por eso no se afincan ni en la ciudad grande ni en el pueblo pequeño, sino en la casa que cargan a cuestas como el caracol. Dicen que si tuvieran que elegir un lugar dónde quedarse seria cerca de los cerros y del sonido del agua de un río.
Sebastián, junto al hermano de Cecilia y algún ayudante lugareño arman cada juego. Distribuyen los lugares donde ira desde los kioscos, hasta los inflables, y los eléctricos. A pocos metros, Cecilia extiende un toldo desde el colectivo hasta unos palos que sirven de parantes. Acomoda todas sus plantas, los pájaros y suelta a los animales. Los loros copian palabras y la galería del hogar móvil está lista, con una mesa plástica servida.
Los que arman el parque saben que el jueves por la tarde se abre la función y es algo que ellos respetan. Solo el clima puede alterar la rutina que saben de memoria. Y en pocas horas convierten un terreno desolado, en un sitio de alegrías pasajeras. Es un montaje de entretenimientos que para muchos chicos es la única forma de reír con lo diferente. “La calesita es el payaso del parque”, grafica Cecilia para mostrar la importancia del juego en el esquema del parque.
Después dice que conoce toda La Pampa, “pueblo por pueblo” y que cada lugar tiene sus propios modos. “Algunos lugares son de gente más abierta, más afecto a este tipo de entretenimientos, otros más cerrados”.
Sebastian, dice que a poco de instalarse en una ciudad o pueblo intuyen si la gente es “cirquera” o no. Luego cuenta que las artes marciales es algo que práctica con entusiasmo y que no deja de enseñar. Mientras el viento helado sacude el colectivo, Cecilia y Sebastián se despiden esperando que el clima les permita trabajar por la tarde. En pocos días el camino se abrirá hacia otro punto cardinal del país donde comenzará la función. Detrás del telón imaginario hay escenas de la vida cotidiana que sudan para mantener la ilusión de mantener girando la calesita.

El Angel de la Bicicleta está en La Pampa

La solidaridad no se toma vacaciones y la honestidad no sabe de recesos de invierno. Brian Nicolás Basualdo, de 13 años, se despertó un poco más tarde en su primer día de descanso escolar. Compartió una taza de leche que le convidó su abuela, y se subió a la bicicleta. En el manubrio colgó dos bidones plásticos transparentes, como su vida y su mirada, para traerlo llenos de agua potable.
Vive en una humilde vivienda del barrio EPAM levantado por los propios ocupantes, en la calle Sargento Cabral, hacia el oeste de Trenel. Allí comparte sus días con su abuela, Adela, su abuelo, José y una de sus hermanas, Fiorela. Nicolás pedaleó pasada las 10 de la mañana por la calle 9 de Julio hasta la planta potabilizadora. A pocos metros de cruzar la calle España vio un portafolio tirado en la calle cerca de uno de los cordones. No dudó un instante, lo cargó y lo llevó hasta una de las radios FM locales. Adentro había una suma de dinero cercana a los 10 mil pesos, documentación personal y una chequera. Todo extraviado por un hombre de campo.
Momentos antes, Héctor Muñoz, había estado en la sucursal del Banco de La Pampa. Realizó gestiones y retiró un dinero ahorrado para pagar gastos. Después se dirigió hacia la oficina de unos consignatarios de hacienda con quienes compartió una conversación adentro y afuera del lugar. Al parecer, Muñoz apoyó el maletín con el dinero y la documentación en la rueda de auxilio ubicada en la caja de la camioneta en la que circulaba y lo olvidó allí. Cuando arrancó, el maletín cayó al pavimento.
A las pocas cuadras, el productor se dio cuenta del faltante y comenzó a recorrer la zona. Se dirigió a la Comisaría y luego hasta la sucursal del banco que en ese instante estaba llena de clientes. Su maletín y el contenido estaba ya a salvo: Nicolás Basualdo lo había encontrado y depositado en los estudios de FM La Voz.
Tanto Héctor Muñoz como su esposa, Marta Barbero se mostraron muy emocionados por el gesto. “Hice unas cuadras en la camioneta y me di cuenta que me faltaba el maletín. Regresé rápido al lugar dónde había estado, pero no había nada, y fui hasta la comisaría. De allí me aconsejaron que vaya hasta el Banco para denunciar el faltante de la chequera. Fue un momento de mucho nerviosismo”, contó Muñoz a La Arena.
“Cuando decidí ir hasta la FM (La Voz) para avisar que había perdido el maletín, no podía creer que ya lo habían devuelto”, agregó. En su interior acumulaba miles de pesos, junto a la documentación. Nada faltaba.
La esposa de Héctor, Marta Barbero, se emocionó al recordar el gesto del chico. Y rescató la forma en que fue educado. “Vamos a regresar a abrazarlo”, dijo la mujer que también, tuvo elogios para los integrantes de la FM dónde fue devuelto el maletín con dinero. Nicolás, por su parte, siguió con su rutina: disfrutar de los días de recesos junto a sus amigos del barrio. Sabe que la honestidad es un valor tan preciado, como el agua potable que va a buscar todos los días, en su bicicleta de ángel.

martes, 15 de julio de 2008

Lunes, otra vez


Es lunes, otra vez, y la familia de Héctor Arguello se apresta a cumplir con las labores de mantener la huerta comunitaria. Ocupan un espacio de tierra, en el barrio Ranqueles, en la esquina de las calles 46 y 25 a pocos minutos del centro de la ciudad. Son ellos una de las 600 familias de General Pico que tienen su huerta. Algunas de mayor superficie, otros cultivan a menor escala en terrenos de unos 100 metros cuadrados.
El hijo mayor de Héctor inició sus vacaciones de invierno hundiendo sus pies en la tierra, caminando en forma lenta detrás del caballo que tira de la rastra. Por unos días, al igual que otros chicos, se alejó de los pupitres de la Unidad Educativa, pero el receso estará surcado por el esfuerzo.
En otro sector del terreno, el sol y el aire caliente orea la ropa colgada en un improvisado tendal sostenido por dos palos. La hija de Héctor, que cursa estudios en la Escuela 241, tiende cada prenda. Muchos defensores del planeta la aplaudirían. Los ambientalistas afirman que si se volviera a la vieja costumbre de tender la ropa, se reduciría notablemente el calentamiento global de la Tierra.
Héctor se lamenta por la piedra caída semanas atrás que malogró en parte la acelga. Pero, muestra el invernadero levantado con colaboración y asesoramiento de la comuna, la provincia y el INTA. Dice que con el aporte de los especialistas pudo construir el túnel. Allí crece lechuga, remolacha, perejil, rúcula. Eso le permite mejorar la economía familiar en invierno, esperando que los meses de verano entregue una buena producción. Entonces serán entre 16 a 20 los productos que comercializarán. Héctor muestra las instalaciones, mientras su hijo sigue en la tarea de pasar la rastra para quitar el “ajo macho”. Después lo junta, apila y lo quema. Cuidan de la tierra, para rotarla. Lejos de las discusiones por la soja, que parecen haber calcinado suelo y cabezas. “Si hay algo que le exijo a mis hijos es que estudien”, dice Héctor, que con sus 39 años, es padre de tres y junto a su esposa pone su empeño en vivir de lo que produce.
A unos 80 metros está la casa de Angel. Vive con su madre y hace 12 años que trabajan en la huerta. Un día llegaron desde Mendoza y se quedaron. Explica todo con una sonrisa mientras camina la casi hectárea de tierra que trabaja. Toda su familia se dedicó siempre “a la quinta”. Su producción de lechuga amarga y dulce, zapallitos, calabazas, y acelga, la vende en comercios que el recorre con una moto y un carrito. “Mi principal herramienta de trabajo es el caballo”, dice. Al igual que otros emprendedores pudo realizar un invernadero para proteger la producción y está terminando la infraestructura. Espera que el clima no maltrate sus horas de manos hundidas en el suelo.
Se estima que el mayor porcentaje de personas dedicadas a la huerta familiar son jubilados y muy pocos jóvenes. Con el plan impulsado desde Desarrollo Social y el INTA se busca que las familias abandonen el asistencialismo y vuelquen sus esfuerzos a trabajar la tierra.
Lejos de las marchas y las contramarchas. De palabras descalabradas por las retenciones, familias silenciosas, empujan un caballo y una rastra, para poner en su mesa el alimento cotidiano. Como en otros tiempos, cuando la granjas ocupaban el fondo del patio de la casas y la soja era una palabra casi desconocida.