martes, 5 de agosto de 2008

Breve sueño en la mañana

El ruido de las personas plásticas que se levantaban en la mañana naciente era casi el único sonido que se escuchaba en la calle Sarmiento. El leve crujir competía con algunos ladridos de perros que vagabundean hundiendo hocicos en tarros plasticos con basura. El cielo negro se degradaba hacia el celeste y las estrellas titilaban.
Al cruzar frente a su casa bajita escuché que cerraba la puerta de la cocina. Con un poncho marrón colocado en los hombros enfiló hasta la vereda, agachando su cuerpo robusto para que su cabeza no golpeara contra las ramas de la parra. En el aljibe sin agua estaba colocada la cacerola para el lechero.
Caminó a mi lado hasta la calle Roca, apoyando una mano en mi hombro, gesto cálido y desusado en él. Al llegar a la esquina cruzó el terreno por el sendero que los pasos de los vecinos abrieron entre el pasto. “Buen viaje”, me dijo, como todas las mañanas. “Chau, abuelo”, le respondí. Y lo ví perderse entre árboles desnudos camino al hospital. Yo seguí mi recorrido dos cuadras hasta la Terminal de Omnibus, inaugurada en Trenel hace cinco días.

sábado, 2 de agosto de 2008

La llave en la mesa

Sobre la mesa del bar, cubierta con un mantel plástico transparente, descansan juntos un sifón y una botella de Cinzano, al lado esperan ansiosos dos vasos.
Eligió para nuestro encuentro la fonda de Don Demarchi, más conocida en el pueblo como “el cojudo grande”. Tal vez porque a pocos metros él tiene su casa y su taller. Antes fue carpintero, él mismo hizo las sillas plegables sobre las que estamos sentados pero ahora se dedica a la herrería, oficio que todavía dice amar.
Cuando me senté su rostro y su postura me conmovieron. Parecía apesadumbrado, su cara roja por el calor de la fragua -que acababa de abandonar- le marcaba con crudeza las arrugas. Sus ojos celestes parecían más claros, y el pelo blanquecino estaba despeinado.
Le había costado llegar hasta allí, a pesar de que su casa estuviese a pocos metros. Yo tuve que caminar casi la misma distancia, y confieso que tampoco fue fácil.
El dueño de la fonda nos dejó un plato con aceitunas sobre la mesa y se marchó. Las estanterías estaban abarrotadas de bebidas, donde sobresalían una botella de anís 8 Hermanos, tres de ginebra Bols, y varias sidras. Sobre el mostrador, se encontraba el diario La Prensa doblado junto a varios mazos de cartas y a un frasco con porotos. Un acordeón que seguramente había sonado durante toda la noche, apoltronaba sus fuelles sobre el despintado mueble
El calor agobiante se metía en el lugar que había sido abandonado por los parroquianos. Sólo moraban los interrogantes.
El sonido de un trueno alteró nuestras miradas, y anunció la esperada lluvia. Las palabras demoradas en la boca salían como pidiendo permiso. Sus explicaciones sonaban vanas, superficiales, imprecisas, desdibujadas, falsas, verdaderas. Un grito de la calle alteró la pesada paz: Adiós don Emilio! Sólo respondió el saludo con un ademán hecho con la cabeza.
Las primeras gotas caían sobre la tierra encendida como fuego, y el viento arrastraba a un cardo ruso, mientras el aroma a cosecha se dispersaba.
Siempre esperó que mi escritura fuera mejor que la suya, y que mis párrafos fuesen más elocuentes Aunque él, solo había llegado a quinto grado en su España natal, poseía una cultura ilimitada. Era dueño de un saber que sólo horas dedicadas a la lectura pudieron dárselo.
Su pluma quedó estampada en el semanario Claridad que fundó en 1933 para difundir sus ideas socialistas, que solía gritar en las esquinas del pueblo en los mítines políticos. La voz profunda lo ayudó a convertirse en un buen orador. No me supo explicar en que momento se alejó de la política. Su memoria parecía frágil, y la mella de los años se marcaba en sus manos algo temblorosas. Al fin de cuenta, llegar a la Argentina de 1904 con solamente 16 años, no fue tarea fácil.
En la soledad del barco, en la soledad de un país, pasó un tiempo hasta que un tren lo llevó al pueblo en 1912. Allí plantó su vida. Ahora frente a frente, y 40 años después, nos encontramos, quizás para dejar su testimonio y aclarar los puntos oscuros.
La tormenta ya estaba encima de los techos del pueblo, y el aire claro había desaparecido. Un nuevo chorro de soda en el vaso para refrescar la garganta y así poder retomar las palabras, entre gotas de sudor que recorrían la frente.
Un niño en pantalones cortos y con el pelo empapado deja el pan en la puerta de la fonda, mientras el segundo vaso de Cinzano muere en el día. La lluvia apura sus gotas, pero no las palabras. El tiempo parece detenerse. “La pipa, algunos diarios viejos, una libreta de tapa azul y las cartas las dejo en un cajón del mueble que están en la habitación. Esta es la llave que lo abre. Las respuestas a tus preguntas las tendrás que buscar vos”. Respiró profundo y se levantó muy despacio; bebió el último sorbo del vaso y me dio la mano. Lo miré a los ojos, y me pareció más alto. Por la ventana seguí su figura hasta que desapareció entre la lluvia y el tiempo. Sobre la mesa quedó la solitaria llave.

martes, 29 de julio de 2008

La vida en calesita



La vida suele ser una calesita que gira por cientos de pueblos. Y así ocurre para los integrantes de un parque de diversiones móvil que cada jueves por la tarde levanta el telón y comienzan con la función. Durante un día y medio estuvieron armando cada juego, ensamblando cada pieza ante la mirada de los chicos del pueblo. Llegaron a Trenel desde La Maruja, lugar que hacía años no ingresaba un parque y que los chicos, junto a su familia agradecieron. El próximo destino aun no lo tienen pensando. Quizás Ingeniero Luiggi o tal vez General Pico.
“Somos la diversión de los más humildes”, dice Cecilia, una mujer que no ha llegado a las cuatro décadas, y cuya pasión es el circo. En sus años más jóvenes se colgó de aros y anclas bajo las carpas. “El alma de todo circo es la pista”, agrega con seguridad. Por diez años su vida estuvo allí con malabares y trapecios. Su cielo fue la carpa y la pista su lugar en el mundo. Cada recuerdo la conmueve y modifica el tono de su voz. Antes de eso fue abanderada en la secundaria y ahora está estudiando analista de sistema a distancia.
Luego enfocó hacia el parque de diversiones en un emprendimiento que se inició de a poco. Junto a su pareja, Sebastián, y dos hijas viajan en colectivo de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. En otro micro viaja parte de la familia. Es la caravana de un parque de diversiones que tiene en su estadística casera miles de kilómetros andados, y cientos de pueblo conocidos.
El colectivo es el hogar portátil de Cecilia y Sebastián. Esta equipado con todo lo necesario para el bienestar: camas cuchetas, cama doble, placares, un baño completo, dos televisores, una computadora, cocina, lavarropa automático, mesas y sillas. Cuando llegan a cada pueblo estacionan la unidad, y se inicia el trabajo. Para ellos es su razón de ser, y por eso no se afincan ni en la ciudad grande ni en el pueblo pequeño, sino en la casa que cargan a cuestas como el caracol. Dicen que si tuvieran que elegir un lugar dónde quedarse seria cerca de los cerros y del sonido del agua de un río.
Sebastián, junto al hermano de Cecilia y algún ayudante lugareño arman cada juego. Distribuyen los lugares donde ira desde los kioscos, hasta los inflables, y los eléctricos. A pocos metros, Cecilia extiende un toldo desde el colectivo hasta unos palos que sirven de parantes. Acomoda todas sus plantas, los pájaros y suelta a los animales. Los loros copian palabras y la galería del hogar móvil está lista, con una mesa plástica servida.
Los que arman el parque saben que el jueves por la tarde se abre la función y es algo que ellos respetan. Solo el clima puede alterar la rutina que saben de memoria. Y en pocas horas convierten un terreno desolado, en un sitio de alegrías pasajeras. Es un montaje de entretenimientos que para muchos chicos es la única forma de reír con lo diferente. “La calesita es el payaso del parque”, grafica Cecilia para mostrar la importancia del juego en el esquema del parque.
Después dice que conoce toda La Pampa, “pueblo por pueblo” y que cada lugar tiene sus propios modos. “Algunos lugares son de gente más abierta, más afecto a este tipo de entretenimientos, otros más cerrados”.
Sebastian, dice que a poco de instalarse en una ciudad o pueblo intuyen si la gente es “cirquera” o no. Luego cuenta que las artes marciales es algo que práctica con entusiasmo y que no deja de enseñar. Mientras el viento helado sacude el colectivo, Cecilia y Sebastián se despiden esperando que el clima les permita trabajar por la tarde. En pocos días el camino se abrirá hacia otro punto cardinal del país donde comenzará la función. Detrás del telón imaginario hay escenas de la vida cotidiana que sudan para mantener la ilusión de mantener girando la calesita.

El Angel de la Bicicleta está en La Pampa

La solidaridad no se toma vacaciones y la honestidad no sabe de recesos de invierno. Brian Nicolás Basualdo, de 13 años, se despertó un poco más tarde en su primer día de descanso escolar. Compartió una taza de leche que le convidó su abuela, y se subió a la bicicleta. En el manubrio colgó dos bidones plásticos transparentes, como su vida y su mirada, para traerlo llenos de agua potable.
Vive en una humilde vivienda del barrio EPAM levantado por los propios ocupantes, en la calle Sargento Cabral, hacia el oeste de Trenel. Allí comparte sus días con su abuela, Adela, su abuelo, José y una de sus hermanas, Fiorela. Nicolás pedaleó pasada las 10 de la mañana por la calle 9 de Julio hasta la planta potabilizadora. A pocos metros de cruzar la calle España vio un portafolio tirado en la calle cerca de uno de los cordones. No dudó un instante, lo cargó y lo llevó hasta una de las radios FM locales. Adentro había una suma de dinero cercana a los 10 mil pesos, documentación personal y una chequera. Todo extraviado por un hombre de campo.
Momentos antes, Héctor Muñoz, había estado en la sucursal del Banco de La Pampa. Realizó gestiones y retiró un dinero ahorrado para pagar gastos. Después se dirigió hacia la oficina de unos consignatarios de hacienda con quienes compartió una conversación adentro y afuera del lugar. Al parecer, Muñoz apoyó el maletín con el dinero y la documentación en la rueda de auxilio ubicada en la caja de la camioneta en la que circulaba y lo olvidó allí. Cuando arrancó, el maletín cayó al pavimento.
A las pocas cuadras, el productor se dio cuenta del faltante y comenzó a recorrer la zona. Se dirigió a la Comisaría y luego hasta la sucursal del banco que en ese instante estaba llena de clientes. Su maletín y el contenido estaba ya a salvo: Nicolás Basualdo lo había encontrado y depositado en los estudios de FM La Voz.
Tanto Héctor Muñoz como su esposa, Marta Barbero se mostraron muy emocionados por el gesto. “Hice unas cuadras en la camioneta y me di cuenta que me faltaba el maletín. Regresé rápido al lugar dónde había estado, pero no había nada, y fui hasta la comisaría. De allí me aconsejaron que vaya hasta el Banco para denunciar el faltante de la chequera. Fue un momento de mucho nerviosismo”, contó Muñoz a La Arena.
“Cuando decidí ir hasta la FM (La Voz) para avisar que había perdido el maletín, no podía creer que ya lo habían devuelto”, agregó. En su interior acumulaba miles de pesos, junto a la documentación. Nada faltaba.
La esposa de Héctor, Marta Barbero, se emocionó al recordar el gesto del chico. Y rescató la forma en que fue educado. “Vamos a regresar a abrazarlo”, dijo la mujer que también, tuvo elogios para los integrantes de la FM dónde fue devuelto el maletín con dinero. Nicolás, por su parte, siguió con su rutina: disfrutar de los días de recesos junto a sus amigos del barrio. Sabe que la honestidad es un valor tan preciado, como el agua potable que va a buscar todos los días, en su bicicleta de ángel.

martes, 15 de julio de 2008

Lunes, otra vez


Es lunes, otra vez, y la familia de Héctor Arguello se apresta a cumplir con las labores de mantener la huerta comunitaria. Ocupan un espacio de tierra, en el barrio Ranqueles, en la esquina de las calles 46 y 25 a pocos minutos del centro de la ciudad. Son ellos una de las 600 familias de General Pico que tienen su huerta. Algunas de mayor superficie, otros cultivan a menor escala en terrenos de unos 100 metros cuadrados.
El hijo mayor de Héctor inició sus vacaciones de invierno hundiendo sus pies en la tierra, caminando en forma lenta detrás del caballo que tira de la rastra. Por unos días, al igual que otros chicos, se alejó de los pupitres de la Unidad Educativa, pero el receso estará surcado por el esfuerzo.
En otro sector del terreno, el sol y el aire caliente orea la ropa colgada en un improvisado tendal sostenido por dos palos. La hija de Héctor, que cursa estudios en la Escuela 241, tiende cada prenda. Muchos defensores del planeta la aplaudirían. Los ambientalistas afirman que si se volviera a la vieja costumbre de tender la ropa, se reduciría notablemente el calentamiento global de la Tierra.
Héctor se lamenta por la piedra caída semanas atrás que malogró en parte la acelga. Pero, muestra el invernadero levantado con colaboración y asesoramiento de la comuna, la provincia y el INTA. Dice que con el aporte de los especialistas pudo construir el túnel. Allí crece lechuga, remolacha, perejil, rúcula. Eso le permite mejorar la economía familiar en invierno, esperando que los meses de verano entregue una buena producción. Entonces serán entre 16 a 20 los productos que comercializarán. Héctor muestra las instalaciones, mientras su hijo sigue en la tarea de pasar la rastra para quitar el “ajo macho”. Después lo junta, apila y lo quema. Cuidan de la tierra, para rotarla. Lejos de las discusiones por la soja, que parecen haber calcinado suelo y cabezas. “Si hay algo que le exijo a mis hijos es que estudien”, dice Héctor, que con sus 39 años, es padre de tres y junto a su esposa pone su empeño en vivir de lo que produce.
A unos 80 metros está la casa de Angel. Vive con su madre y hace 12 años que trabajan en la huerta. Un día llegaron desde Mendoza y se quedaron. Explica todo con una sonrisa mientras camina la casi hectárea de tierra que trabaja. Toda su familia se dedicó siempre “a la quinta”. Su producción de lechuga amarga y dulce, zapallitos, calabazas, y acelga, la vende en comercios que el recorre con una moto y un carrito. “Mi principal herramienta de trabajo es el caballo”, dice. Al igual que otros emprendedores pudo realizar un invernadero para proteger la producción y está terminando la infraestructura. Espera que el clima no maltrate sus horas de manos hundidas en el suelo.
Se estima que el mayor porcentaje de personas dedicadas a la huerta familiar son jubilados y muy pocos jóvenes. Con el plan impulsado desde Desarrollo Social y el INTA se busca que las familias abandonen el asistencialismo y vuelquen sus esfuerzos a trabajar la tierra.
Lejos de las marchas y las contramarchas. De palabras descalabradas por las retenciones, familias silenciosas, empujan un caballo y una rastra, para poner en su mesa el alimento cotidiano. Como en otros tiempos, cuando la granjas ocupaban el fondo del patio de la casas y la soja era una palabra casi desconocida.

lunes, 30 de junio de 2008

Los que viven de la basura


Hay en General Pico 42 familias que viven de los residuos. Sus manos enguantadas se sumergen de lunes a sábado entre la basura domiciliaria que miles de vecinos sacan todas las noches. Están agrupados en una cooperativa, bautizada como “Don Alberto” y tienen entre sus dedos la responsabilidad de separar los residuos de toda la población.
Los camiones cargados con bolsas de todos los tamaños y colores acarrean entre 30 y 35 toneladas de basura por día. La llevan hasta la planta de reciclados de residuos urbanos (R.R.U) dónde comienza el proceso de selección.
Allí, 10 mujeres y 32 hombres se enfundan con guardapolvos, guantes y botas, para ubicarse cada uno en su puesto. Comenzarán a las seis y media de la mañana, y su día laboral termina cerca de las dos de la tarde.
Ocho se ubican en el elevador y seis de ellos cortan las bolsas llenas de residuos. Dos son los abastecedores. Desde pilas hasta restos de comida, todo sube hasta la cinta dónde se clasifican los residuos.
“Funcionamos como cooperativa independizada desde hace más de dos años. Este es nuestro trabajo, y somos los que recibimos toda la basura de los domicilios de General Pico. Después de la clasificación y las prensas, quedan armados fardos que pesan entre 300 y 400 kilos”, explica Angel Duarte.
Mientras recorre la planta, un ruido permanente a vidrio se escucha en el exterior de la planta: miles de botellas se amontonan una sobre otra, al caer por un túnel que las trae desde el primer piso. Tienen distintos tamaños. Desde las de sidra hasta las de vino de selección. Con etiquetes o sin ellas, pero todas juntas.
En la planta alta de la planta, sobre un piso metálico enrejado, con una especie de balcón, las manos de los trabajadores y las trabajadoras, separan la basura. La cinta transportadora gira y trae todos los residuos que previamente fueron quitados de las bolsas en el elevador.
Cada uno tiene una tarea. Se separa el cartón, del cartón sucio; lo orgánico de lo inorgánico. El papel blanco va para otro lado y el de color aparte. A las botellas plásticas se les quitan las tapitas que son colocadas en tarros, igual que las pilas. El aluminio y el cobre también son separados y colocados en otro sector. El plástico se divide según su densidad. Después las prensas hacen su trabajo.

Fardos. Antonio Arévalo tiene 36 años y siete hijos. Es el encargado de la planta por decisión de sus compañeros. “Acá la gente te elige o te saca para cada puesto”, dice. En sus palabras se encuentran uno de los principios cooperativitas: un hombre, un voto. Antonio es el primero en llegar a la Planta y el último en irse. Todos los días se levanta a 5 de la mañana. Le gusta su trabajo. “Este es mi laburo”, cuenta mientras abre los brazos mostrando el lugar. Seis de sus hijos van a la escuela 241. El más chico es un bebé de un año y nueve meses. “Es el que cuida la casa junto a mi mujer”, dice entre risas. “Además, no soy el que más hijos tiene, hay un compañero que tiene 10”, aclara.
En el galpón retumba el ruido de la maquinarías y las voces de los otros integrantes de la cooperativa. “La mayoría de nosotros hace años que estamos juntos y tenemos buena convivencia. Algunos jóvenes ingresaron hace menos tiempo y se adaptaron bien”, cuenta Antonio.
Mientras el grupo de la mañana, acomoda sus herramientas y espera por el vehículo utilitario que los lleve a la ciudad y sus hogares, Antonio, explica que por la tarde se realizan las tareas de mantenimiento.
“Es un equipo de tres personas, muy responsables. Deben realizar la limpieza del playón, de los rodillos, de las cámaras, las cintas y también hacen los fardos”, cuenta. Para Antonio, su faena termina cuando llegan ellos.
Después, por la noche, las manos de los vecinos depositarán sus residuos en bolsas que los camiones recogen. La tarea de clasificar la basura comenzará de nuevo como cada mañana, cuando los dedos de los trabajadores de la cooperativa hurguen en cada residuo. Para ellos, las tapitas de la botellas no tienen premio; llevan el significado de la palabra sacrificio.

lunes, 9 de junio de 2008

Crónica: La mezcla Perfecta

Una opinión de Paulina Roblero Tranchino


Periodismo literario. Una polémica unión que marca una forma diferente de observar y narrar el mundo, lo cotidiano, lo histórico y lo particular. Su presencia da vida al uso de recursos literarios tan válidos como la información que es expuesta. Reconocibles por su proyección en el tiempo y por la pluma de quien las crea. Las crónicas son el punto de encuentro entre estilo literario y la investigación periodística.
La crónica. Para algunos la marca de una exquisita y complementaria forma de enfocar y narrar los hechos, para otros un híbrido terrible que carece de sentido y lógica argumental. La constante batalla entre la supremacía de los estilos periodísticos convierte a la crónica en el parámetro a seguir de muchos, evocando y copiando particulares estilos y firmas de connotados periodistas literarios o escritorios investigativos. También es posible notar el repudio de quienes se limitan a una estructura rígida, pasiva y poco comprometida con el arte de saber narrar o plasmar una historia a través de hechos y datos.
Es a raíz de esto que podemos ver cómo existe un continuo cambio de bando entre los cronistas; pues de periodistas reconocidos pueden pasar a escritores primerizos, indagando y circulando por territorios que aún no manejan con propiedad, pero de los que harán su reino como suele suceder. También es posible encontrarse con escritores que juguetean con el análisis detallado, con la información exacta y la participación activa de notas dignas de un periodista. El paso de un escenario a otro, de una profesión a una pasión activa, es la posible causa que genera las envidias de quienes se atienen a su oficio sin innovar en la narratividad.
La razón es simple. Con la crónica la pluma cobra vida. El rol presencial del periodista se expande a sectores más libres de expresión, los hechos pueden ser tomados de distintas aristas, es posible detenerse a observar otras zonas, quizás ignoradas, por las líneas editoriales de los medios y gracias a esto, a la libertad, pueden sumergirse en sectores inexplorados de gran peso. La crónica recoge fundamentos literarios y se cobija en técnicas periodísticas que la someten a una unión particularmente rítmica y permisiva. Puede incluso que en ocasiones la imaginación supere la realidad de los hechos, pero esto no significa que una crónica falte a la verdad. Si puede significar que saque lo mejor de ella, o que mire el vaso medio lleno pero a veces un tanto vacío. La receta aún no está muy clara.
El ornitorrinco
Para Francisco Mouat la crónica está presente en todos lados,el fi ltro es quien recoge las historias. Narrar los hechos cotidianos, pequeñas desventuras (con moralejas en ocasiones graciosas) es parte de las licencias creativas que de tan buena forma maneja el texto literario. En algunos momentos la crónica puede hablar de lo no necesariamente relevante, pero de lo sí armoniosamente planteado. El muñequeo entre contingencia, crítica, banalidad y opinión pueden compartir sabrosamente espacio en un juguera de caracteres bien incorporados.
La crónica está conformada por una serie de mezclas, cual ornitorrinco. Este ejemplo es usado por Juan Villoro, quién define a la crónica como: “La encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje”. El hemisferio creativo se une con el hemisferio racional dando vida a quién dedica su vida, quizás de forma más prolongada de lo querido, al freelance. Sometiéndose así al cheque esporádico, que alimenta no sólo su estómago, sino que ayuda a su pisoteado ego. Los cronistas de hoy no tienen el respeto y la soberbia de antaño. El territorio que dominó tan firmemente la voz latinoamericana, parece diluirse en un mar de blogs de opinión, guinchas informativas y el acelerado consumo del detalle exacto y preciso, carente de decoraciones o presentaciones prolongadas. Pero la crónica es una maravilla. En ella, el relato de los hechos hace cómplice al lector como invitándolo a leer una novela de no ficción en tiempos cortos. Deleitarse con la particular forma de los autores de plasmar la realidad en un texto firme y constante, es un placer al intelecto; un culto masivamente impopular, pero muy bien remunerado por el intelecto del lector
La extinción de la crónica aún no comienza, pero los acelerados tránsitos de la posmodernidad consumen todo, hasta el tiempo y la dedicación del lector. Martín Caparrós señala que la crónica llega a ser una posición política en medio de una supremacía de noticias, en ocasiones, tan irrelevantes. Por ello la crónica se convierte en el medio de escape de la población para enfrentarse a temas nuevos.
La lección que debemos aprender es que hay que saber cuidar las reliquias que hay en los testimonios de nuestro tiempo.
De la crónica al reportaje
Hay que dar un paso pequeño para pasar de la crónica al reportaje, pues ambos indagan en detalles precisos para construir una investigación que sea informativa. Pero el estilo subjetivo y en ocasiones poético se pierde en la travesía que va de uno a otro. A pesar de ser versátil, y a atreverse a romper los moldes tan rígidamente expuestos por las reglas del periodismo, el reportaje se queda más en el dato duro, en la palabra precisa y en el eterno y utópico intento de ser neutros ante la exposición de los hechos. La calidad y rigurosidad de los datos sobrepasan, pero no del todo, el amplio campo de juego que posee la crónica. Además, el reportaje es de exclusivo dominio de los periodistas, alienando por completo cualquier intento de un atrevido escritor inspirado por ser parte de él. En este caso, las reglas del juego están claras.
De todas formas, ambos constituyen la mirada más profunda y dedicada que se puede construir. Son compañeros en un escenario que intenta recuperar el énfasis de la palabra ante la inmediatez y apurado tránsito de los lectores.
La crónica, como mezcla perfecta entre literatura e información, tiene una vigencia infinita, mientras seamos varios los que intentamos reubicarla en su merecido sitial.
Los invito a que se den el tiempo de recorrer diversas miradas y estilos con autores como: Juan Gelman, Carlos Monsivais, Francisco Mouat, Martín Caparrós, Rosa Montero, Ryszard Kapuscinski, Pedro Lemebel, Ima Sanchís, Alberto Fuguet y Manuel Vincent, entre otros..