lunes, 9 de junio de 2008

Crónica: La mezcla Perfecta

Una opinión de Paulina Roblero Tranchino


Periodismo literario. Una polémica unión que marca una forma diferente de observar y narrar el mundo, lo cotidiano, lo histórico y lo particular. Su presencia da vida al uso de recursos literarios tan válidos como la información que es expuesta. Reconocibles por su proyección en el tiempo y por la pluma de quien las crea. Las crónicas son el punto de encuentro entre estilo literario y la investigación periodística.
La crónica. Para algunos la marca de una exquisita y complementaria forma de enfocar y narrar los hechos, para otros un híbrido terrible que carece de sentido y lógica argumental. La constante batalla entre la supremacía de los estilos periodísticos convierte a la crónica en el parámetro a seguir de muchos, evocando y copiando particulares estilos y firmas de connotados periodistas literarios o escritorios investigativos. También es posible notar el repudio de quienes se limitan a una estructura rígida, pasiva y poco comprometida con el arte de saber narrar o plasmar una historia a través de hechos y datos.
Es a raíz de esto que podemos ver cómo existe un continuo cambio de bando entre los cronistas; pues de periodistas reconocidos pueden pasar a escritores primerizos, indagando y circulando por territorios que aún no manejan con propiedad, pero de los que harán su reino como suele suceder. También es posible encontrarse con escritores que juguetean con el análisis detallado, con la información exacta y la participación activa de notas dignas de un periodista. El paso de un escenario a otro, de una profesión a una pasión activa, es la posible causa que genera las envidias de quienes se atienen a su oficio sin innovar en la narratividad.
La razón es simple. Con la crónica la pluma cobra vida. El rol presencial del periodista se expande a sectores más libres de expresión, los hechos pueden ser tomados de distintas aristas, es posible detenerse a observar otras zonas, quizás ignoradas, por las líneas editoriales de los medios y gracias a esto, a la libertad, pueden sumergirse en sectores inexplorados de gran peso. La crónica recoge fundamentos literarios y se cobija en técnicas periodísticas que la someten a una unión particularmente rítmica y permisiva. Puede incluso que en ocasiones la imaginación supere la realidad de los hechos, pero esto no significa que una crónica falte a la verdad. Si puede significar que saque lo mejor de ella, o que mire el vaso medio lleno pero a veces un tanto vacío. La receta aún no está muy clara.
El ornitorrinco
Para Francisco Mouat la crónica está presente en todos lados,el fi ltro es quien recoge las historias. Narrar los hechos cotidianos, pequeñas desventuras (con moralejas en ocasiones graciosas) es parte de las licencias creativas que de tan buena forma maneja el texto literario. En algunos momentos la crónica puede hablar de lo no necesariamente relevante, pero de lo sí armoniosamente planteado. El muñequeo entre contingencia, crítica, banalidad y opinión pueden compartir sabrosamente espacio en un juguera de caracteres bien incorporados.
La crónica está conformada por una serie de mezclas, cual ornitorrinco. Este ejemplo es usado por Juan Villoro, quién define a la crónica como: “La encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje”. El hemisferio creativo se une con el hemisferio racional dando vida a quién dedica su vida, quizás de forma más prolongada de lo querido, al freelance. Sometiéndose así al cheque esporádico, que alimenta no sólo su estómago, sino que ayuda a su pisoteado ego. Los cronistas de hoy no tienen el respeto y la soberbia de antaño. El territorio que dominó tan firmemente la voz latinoamericana, parece diluirse en un mar de blogs de opinión, guinchas informativas y el acelerado consumo del detalle exacto y preciso, carente de decoraciones o presentaciones prolongadas. Pero la crónica es una maravilla. En ella, el relato de los hechos hace cómplice al lector como invitándolo a leer una novela de no ficción en tiempos cortos. Deleitarse con la particular forma de los autores de plasmar la realidad en un texto firme y constante, es un placer al intelecto; un culto masivamente impopular, pero muy bien remunerado por el intelecto del lector
La extinción de la crónica aún no comienza, pero los acelerados tránsitos de la posmodernidad consumen todo, hasta el tiempo y la dedicación del lector. Martín Caparrós señala que la crónica llega a ser una posición política en medio de una supremacía de noticias, en ocasiones, tan irrelevantes. Por ello la crónica se convierte en el medio de escape de la población para enfrentarse a temas nuevos.
La lección que debemos aprender es que hay que saber cuidar las reliquias que hay en los testimonios de nuestro tiempo.
De la crónica al reportaje
Hay que dar un paso pequeño para pasar de la crónica al reportaje, pues ambos indagan en detalles precisos para construir una investigación que sea informativa. Pero el estilo subjetivo y en ocasiones poético se pierde en la travesía que va de uno a otro. A pesar de ser versátil, y a atreverse a romper los moldes tan rígidamente expuestos por las reglas del periodismo, el reportaje se queda más en el dato duro, en la palabra precisa y en el eterno y utópico intento de ser neutros ante la exposición de los hechos. La calidad y rigurosidad de los datos sobrepasan, pero no del todo, el amplio campo de juego que posee la crónica. Además, el reportaje es de exclusivo dominio de los periodistas, alienando por completo cualquier intento de un atrevido escritor inspirado por ser parte de él. En este caso, las reglas del juego están claras.
De todas formas, ambos constituyen la mirada más profunda y dedicada que se puede construir. Son compañeros en un escenario que intenta recuperar el énfasis de la palabra ante la inmediatez y apurado tránsito de los lectores.
La crónica, como mezcla perfecta entre literatura e información, tiene una vigencia infinita, mientras seamos varios los que intentamos reubicarla en su merecido sitial.
Los invito a que se den el tiempo de recorrer diversas miradas y estilos con autores como: Juan Gelman, Carlos Monsivais, Francisco Mouat, Martín Caparrós, Rosa Montero, Ryszard Kapuscinski, Pedro Lemebel, Ima Sanchís, Alberto Fuguet y Manuel Vincent, entre otros..

jueves, 5 de junio de 2008

Una vida de cartón

Juan tiene 18 años, y junta cartones. No sabe ni de retenciones, ni de soja. Cuando el sol asoma comienza el horario de oficina de los recolectores de cartones, aunque algunos prefieren la noche. Con su campera gastada para defenderse del frío, y los dedos amorcillados, Juan, desarma las cajas y las apila en pliegues. Lo hace despacio, y en forma prolija. De vez en cuando frota sus manos.
Circula en bicicleta con un carro metálico por las calles piquenses. A veces junta hasta 50 kilos de papel por día, lo que representa unos 15 pesos que aporta a su casa. Allí, vive con un montón de hermanos y una hermana que a veces lo ayuda. Su padre hace “changas”, para arrimar algo más a la economía hogareña. No es el único recolector de cartones. Otros 20 recorren distintos puntos de la ciudad. Hurgan, meten mano, extraen: cartón, sobre todo, papel de diarios que los vecinos dejan en veredas de comercios céntricos, en barrios residenciales o en lugares más humildes. Mientras atan su mercadería, a su lado pasan otras vidas, ajenas.
Los cartoneros no esperan anuncios del gobierno, ni una suba de los precios internacionales. Esperan sí, hacer entre diez y quince pesos por jornada, un poco más un poco menos, según pinte cuando vendan su carga a los acopiadores que a su vez lo revenderán a las empresas que volverán a fabricar papel que será otra vez consumido y otra vez arrojado y recogido por los cartoneros algún día, de nuevo.
Asomaron en el paisaje urbano cuando estalló la crisis del 2001, al igual que en otras ciudades, cuando la pobreza se metió en los hogares sin pedir permiso. Permanecieron en el tiempo, y se agruparon.
Un breve recorrido por la ciudad muestra que la mayoría se mueve en bicicletas. A veces son miembros de familias, a veces niños recolectores. Hay algunos más organizados que otros. Se mueven en viejos chatas o en carros de mano. Desde ese lugar enseñan que en la basura, no hay sólo desperdicios.
Horacio está sentado sobre un tronco a pocos metros de un contenedor. Habla para adentro. Su cara está marcada por las huellas de la vida y su mirada trasmite resignación. Su historia es similar a la de otros cartoneros: declinación y la búsqueda de una tabla de salvación. “Necesito la plata para darle de comer a mis dos hijos. Por eso junto cartón, otros se dedican a otras cosas como hierro o botellas de vidrios”, cuenta, mientras su mirada se clava en el suelo y los codos de sus brazos se apoyan en sus muslos. Tiene los dedos de sus manos cruzados unos con otros, como rezando. Dice que suma entre 15 a 20 pesos por día juntando cartón y otros residuos. Comenzó hace algunos años, cuando trabajaba como ayudante de albañil. Después, el país cedió sus paredes y el techo golpeó a la sociedad. Los más necesitados terminaron en el sótano desde dónde algunos pudieron salir.
Un pibe arrastra un carro con ruedas de bicicleta. Apiló bolsas vacías de cemento y cal. Junto algunas botellas plásticas vacías. Va en busca de un billete o algunas monedas, que canjeará en el almacén del barrio. Tiene su propia ruta, un trazado por calles y veredas que le permite sumar kilos de cartón, como única real posibilidad de subsistencia, de sobrevivencia y de creación de lazos afectivos.
Menores y adultos, dicen estar ajenos a las disputas políticas. No hablan de “entidades rurales” ni de “jefes de gabinetes”. Prefieren alguna charla futbolera. Descreen de cambios que puedan modificar su vida.
En General Pico el acopio de cartón y papeles tiene se realiza en dos galpones, que revenden todo lo que se recolecta. El destino final del material son las grandes empresas papeleras y de fabricantes de plásticos. Cada recolector de cartón recibe quince centavos por kilo de papel de diario, y de 25 a 30 centavos por el kilo de cartón. El trabajo de “cartonear”, como lo llaman en el rubro, no es una tarea reservada solo a los hombres. Alguna mujer para escapar de la pobreza y poder servir una comida digna a sus hijos, también junta cartones y papeles. Lo hace tres días a la semana, rescatando de los contenedores todo lo que es vendible. La vida suele envolver a las familias en distintas realidades, y las crisis sociales dejan pisadas más allá de los contenedores.

domingo, 11 de mayo de 2008

Tres bares y ella

Oír esa canción me desplomó sobre el sillón; cuando coloque el CD en el equipo fue por curiosidad. En la portada decía: “música varios”. No recordaba su contenido ni quién lo grabó.
La segunda pista tenía ese tema de Génesis que me llenó de nostalgia. Miré la ventana y detrás de las cortinas vi sacudirse las ramas de los árboles. El viento las zamarreaba y la música sacudía mi vida. Volví a recordarla.
Me sentí lejos y la sentí lejos como la tarde en que nos despedimos en un bar de Buenos Aires. Ese día sus ojos claros lo dijeron todo. No hizo falta leer la carta que dejó sobre la mesa.
Unos años antes, en otro bar frente a una playa, comenzamos a enamorarnos. Caminar en la arena cuando el día de verano amanecía era nuestro paseo preferido mientras el sonido de las olas rompía el silencio.
“Sólo te besaré en Buenos Aires”, me dijo desafiante antes que sus vacaciones terminaran. Unas semanas después no resistí. Y en un bar de la calle Río de Janeiro, con mesas antiguas de madera, el amor remató la noche. Después caminamos por veredas angostas y en el medio de una avenida desierta grité que la amaba, mientras el olor del subterráneo invadía la ciudad.
Cuando el viento sacude con rabia las ramas siento miedo. Es que su mirada clara me sigue persiguiendo. Y si escuchó esa canción de Génesis todo se vuelve más confuso y difícil.

jueves, 8 de mayo de 2008

Demasiado tarde


Merlo es un rincón al que se llega por un camino serpenteado al este que quita el aire, y estalla en la cima de un cerro cuando el sol baja por un horizonte entre la cerrazón. Es una mujer joven de ojos claros y un pelo largo oscuro que pelea con sus canas. Sus manos, sin anillos, dibujan lugares. Su voz y la de sus hijos entonan canciones a la tierra y me llevan veinte años atrás. Es otra mujer que, detrás de sus gafas modernas dice que seguirá caminando y seguirá soñado, aunque duela. Igual que la voz andaluza que suena entre alforjas de cerámica que ella ofrece; como ofrece su actuación en el teatro del pueblo.
Merlo es el rumor de un río cuyas aguas chocan contra piedras. Algunas grandes, otras pequeñas, que forman su lecho, mientras los visitantes enfundados en ropa deportiva hacen equilibrio en ellas como un juego de infancia. Es una avenida que baja y sube, como el sol. Es conversar con el silencio, en casas que asoman entre plantaciones a los que se llega por caminos de ripio. Merlo es el aroma de los arbustos y la noche extensa tirado en el pasto con la mirada en las estrellas. Es, también, un lugar en el mundo para algunos. Un refugio, para otros. El descanso temporal para muchos.
Es una casa con vidrios de colores primarios, dónde se tejen historias de vida con telares artesanales. Merlo, es el poeta con el artista. Las soledades en la búsqueda del otro. Y, además, es un lugar que descubrí demasiado tarde.

jueves, 24 de abril de 2008

La plaza de los girasoles

La luz del sol cae perpendicularmente sobre las veredas de la plaza céntrica de Trenel, algunas llenas de semillas de girasol. Aunque las calles mojadas por el aguacero nocturno permanecen casi desiertas en la mañana de ese lunes que se presenta frío. El tono gris de las nubes, recuerda que el otoño existe. Pequeños charcos formados cerca de los cordones pintados de blanco reflejan arcos iris y hojas secas vuelan con destino incierto.
En la puerta de la comisaría un solitario policía vestido de marrón mira hacia una de las esquinas, quizás releyendo el antiguo cartel despintando que recuerda no cortar flores, mientras el reloj de la iglesia marca las ocho y cinco en sus números romanos. Todo es silencio. La calma sólo se altera por el aleteo de las palomas que vuelan desde sus nidos ubicados en el campanario. El simulador de disparos instalado por el cura del pueblo no las asusta y las mensajeras de la paz insisten en permanecer en sus nidos católicos. Pocos autos están estacionados en diagonal frente al edificio de la municipalidad, mientras las ventanas de las casas bajas aún no se han abierto. El pueblo vive su cadencia pampeana.
En la plaza, que lleva el nombre de la Revolución de Mayo, rodeada por arbustos, acacias y rosales todavía perduran vestigios del domingo. Es el día dedicado al rito semanal.
En grupos de cuatro o cinco, los jóvenes van llegando al lugar. Lo hacen caminando, en bicicletas, en camionetas o en autos. Cada tribu ocupa su lugar como si le perteneciera. Desganados o alegres. Escuchando música o bailando, hacen que la plaza sea por unas horas, su hogar pueblerino.
Jóvenes y adolescentes conviven entre el verde y los rosas de los rosales. No todos toman mate pero sí la mayoría mastica las saladas pequeñas semillas de girasol.
Amigos del barrio, compañeros de escuela, primos lejanos o cercanos, pasan el tiempo en silencios largos, susurrando o hablando a los gritos, mientras alrededor de ellos giran una y otra vez autos y motocicletas como parte del paseo dominguero. La famosa vuelta del perro como se acostumbra a llamarla en los pueblos.
Un grupo de amigos escuchan la música que sale de algún equipo de música. Otros, se entretienen con sus celulares. Los mensajes de texto viajan por el ciberespacio en busca del destinatario que seguramente estará a pocos metros.
Las tulipas plásticas sobre columnas naranjas iluminan tenuemente los bancos de mármol donde los adolescentes se sientan a hacer confesiones sobre amistades y amores.
El monumento en homenaje a la bandera domina el centro. Su alto mástil gris compite en altura con pinos, cipreses y hasta con un sauce llorón. En sus escalones se sientan un grupo de madres jóvenes mientras sus hijos pequeños corren y revuelcan parte de su infancia sobre el reverdecido pasto. Sus paredes suele aparecer con corazones dibujados, como si fuera un pizarrón dedicado a las declaraciones de amor.
A pocos metros, del monumento y del busto al General San Martín, se encuentra un ceibo, único árbol de la plaza que se destaca por tener a sus pies un monolito con tres placas que recuerdan a una joven desaparecida durante la dictadura. Un caldén y una araucaria crecen cerca. Aún son árboles bajos entre los más altos. Fueron plantados un 24 de marzo para mantener viva la memoria popular.
En una de las esquinas, el reloj de sol construido para el centenario del pueblo señala la hora del encuentro y alrededor de la estatua que recuerda el Día de la Madre, unas amigas se refugian en la penumbra de los secretos.
Cuando la noche comienza a asomar, y las luces del alumbrado público se encienden, la muchedumbre de jóvenes abandona la plaza. En una semana se repetirá el rito dominguero. Al día siguiente, muy temprano, los jardineros municipales volverán también a su rutina. Con sus tijeras podarán los arbustos; cuidarán de los quinientos rosales que con sus coloridas flores rompen la tonalidad verde. Regarán cada árbol. Mientras trabajan, barrerán hojas, levantarán alguna botella plástica tirada en el suelo, y sentirán bajo sus pies las semillas de girasol. Y, aunque no lo recuerden, sabrán que es lunes.

domingo, 20 de abril de 2008

Un saludos a latinoamericanos y españoles

A los sacrificados lectores de este blog, que viven por Colombia, Perú, y otros países de Latinoamerica. Como a los españoles que de vez en cuando se pegan una vuelta por el sitio...un saludo enorme...Espero algún día sorprenderlos con alguna crónica que los motive a regresar...

miércoles, 16 de abril de 2008

Los sonidos del cementerio

Olga pidió cantar por su hija. Se colocó el poncho y abrió la carpeta con la letra de la canción. Los demás integrantes del coro se acercaron a ella, mientras el profesor rasgaba nervioso la guitarra. Cientos de personas estaban en silencio bajo la llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada al cementerio del pueblo, el esposo de Olga permanecía parado al lado de urna blanca del tamaño de cuatro cajas de zapatos. Estaba cubierta por la bandera argentina y tenía una rosa encima. Adentro, los huesos de un cadáver encontrado después de 29 años.