domingo, 11 de mayo de 2008

Tres bares y ella

Oír esa canción me desplomó sobre el sillón; cuando coloque el CD en el equipo fue por curiosidad. En la portada decía: “música varios”. No recordaba su contenido ni quién lo grabó.
La segunda pista tenía ese tema de Génesis que me llenó de nostalgia. Miré la ventana y detrás de las cortinas vi sacudirse las ramas de los árboles. El viento las zamarreaba y la música sacudía mi vida. Volví a recordarla.
Me sentí lejos y la sentí lejos como la tarde en que nos despedimos en un bar de Buenos Aires. Ese día sus ojos claros lo dijeron todo. No hizo falta leer la carta que dejó sobre la mesa.
Unos años antes, en otro bar frente a una playa, comenzamos a enamorarnos. Caminar en la arena cuando el día de verano amanecía era nuestro paseo preferido mientras el sonido de las olas rompía el silencio.
“Sólo te besaré en Buenos Aires”, me dijo desafiante antes que sus vacaciones terminaran. Unas semanas después no resistí. Y en un bar de la calle Río de Janeiro, con mesas antiguas de madera, el amor remató la noche. Después caminamos por veredas angostas y en el medio de una avenida desierta grité que la amaba, mientras el olor del subterráneo invadía la ciudad.
Cuando el viento sacude con rabia las ramas siento miedo. Es que su mirada clara me sigue persiguiendo. Y si escuchó esa canción de Génesis todo se vuelve más confuso y difícil.

jueves, 8 de mayo de 2008

Demasiado tarde


Merlo es un rincón al que se llega por un camino serpenteado al este que quita el aire, y estalla en la cima de un cerro cuando el sol baja por un horizonte entre la cerrazón. Es una mujer joven de ojos claros y un pelo largo oscuro que pelea con sus canas. Sus manos, sin anillos, dibujan lugares. Su voz y la de sus hijos entonan canciones a la tierra y me llevan veinte años atrás. Es otra mujer que, detrás de sus gafas modernas dice que seguirá caminando y seguirá soñado, aunque duela. Igual que la voz andaluza que suena entre alforjas de cerámica que ella ofrece; como ofrece su actuación en el teatro del pueblo.
Merlo es el rumor de un río cuyas aguas chocan contra piedras. Algunas grandes, otras pequeñas, que forman su lecho, mientras los visitantes enfundados en ropa deportiva hacen equilibrio en ellas como un juego de infancia. Es una avenida que baja y sube, como el sol. Es conversar con el silencio, en casas que asoman entre plantaciones a los que se llega por caminos de ripio. Merlo es el aroma de los arbustos y la noche extensa tirado en el pasto con la mirada en las estrellas. Es, también, un lugar en el mundo para algunos. Un refugio, para otros. El descanso temporal para muchos.
Es una casa con vidrios de colores primarios, dónde se tejen historias de vida con telares artesanales. Merlo, es el poeta con el artista. Las soledades en la búsqueda del otro. Y, además, es un lugar que descubrí demasiado tarde.

jueves, 24 de abril de 2008

La plaza de los girasoles

La luz del sol cae perpendicularmente sobre las veredas de la plaza céntrica de Trenel, algunas llenas de semillas de girasol. Aunque las calles mojadas por el aguacero nocturno permanecen casi desiertas en la mañana de ese lunes que se presenta frío. El tono gris de las nubes, recuerda que el otoño existe. Pequeños charcos formados cerca de los cordones pintados de blanco reflejan arcos iris y hojas secas vuelan con destino incierto.
En la puerta de la comisaría un solitario policía vestido de marrón mira hacia una de las esquinas, quizás releyendo el antiguo cartel despintando que recuerda no cortar flores, mientras el reloj de la iglesia marca las ocho y cinco en sus números romanos. Todo es silencio. La calma sólo se altera por el aleteo de las palomas que vuelan desde sus nidos ubicados en el campanario. El simulador de disparos instalado por el cura del pueblo no las asusta y las mensajeras de la paz insisten en permanecer en sus nidos católicos. Pocos autos están estacionados en diagonal frente al edificio de la municipalidad, mientras las ventanas de las casas bajas aún no se han abierto. El pueblo vive su cadencia pampeana.
En la plaza, que lleva el nombre de la Revolución de Mayo, rodeada por arbustos, acacias y rosales todavía perduran vestigios del domingo. Es el día dedicado al rito semanal.
En grupos de cuatro o cinco, los jóvenes van llegando al lugar. Lo hacen caminando, en bicicletas, en camionetas o en autos. Cada tribu ocupa su lugar como si le perteneciera. Desganados o alegres. Escuchando música o bailando, hacen que la plaza sea por unas horas, su hogar pueblerino.
Jóvenes y adolescentes conviven entre el verde y los rosas de los rosales. No todos toman mate pero sí la mayoría mastica las saladas pequeñas semillas de girasol.
Amigos del barrio, compañeros de escuela, primos lejanos o cercanos, pasan el tiempo en silencios largos, susurrando o hablando a los gritos, mientras alrededor de ellos giran una y otra vez autos y motocicletas como parte del paseo dominguero. La famosa vuelta del perro como se acostumbra a llamarla en los pueblos.
Un grupo de amigos escuchan la música que sale de algún equipo de música. Otros, se entretienen con sus celulares. Los mensajes de texto viajan por el ciberespacio en busca del destinatario que seguramente estará a pocos metros.
Las tulipas plásticas sobre columnas naranjas iluminan tenuemente los bancos de mármol donde los adolescentes se sientan a hacer confesiones sobre amistades y amores.
El monumento en homenaje a la bandera domina el centro. Su alto mástil gris compite en altura con pinos, cipreses y hasta con un sauce llorón. En sus escalones se sientan un grupo de madres jóvenes mientras sus hijos pequeños corren y revuelcan parte de su infancia sobre el reverdecido pasto. Sus paredes suele aparecer con corazones dibujados, como si fuera un pizarrón dedicado a las declaraciones de amor.
A pocos metros, del monumento y del busto al General San Martín, se encuentra un ceibo, único árbol de la plaza que se destaca por tener a sus pies un monolito con tres placas que recuerdan a una joven desaparecida durante la dictadura. Un caldén y una araucaria crecen cerca. Aún son árboles bajos entre los más altos. Fueron plantados un 24 de marzo para mantener viva la memoria popular.
En una de las esquinas, el reloj de sol construido para el centenario del pueblo señala la hora del encuentro y alrededor de la estatua que recuerda el Día de la Madre, unas amigas se refugian en la penumbra de los secretos.
Cuando la noche comienza a asomar, y las luces del alumbrado público se encienden, la muchedumbre de jóvenes abandona la plaza. En una semana se repetirá el rito dominguero. Al día siguiente, muy temprano, los jardineros municipales volverán también a su rutina. Con sus tijeras podarán los arbustos; cuidarán de los quinientos rosales que con sus coloridas flores rompen la tonalidad verde. Regarán cada árbol. Mientras trabajan, barrerán hojas, levantarán alguna botella plástica tirada en el suelo, y sentirán bajo sus pies las semillas de girasol. Y, aunque no lo recuerden, sabrán que es lunes.

domingo, 20 de abril de 2008

Un saludos a latinoamericanos y españoles

A los sacrificados lectores de este blog, que viven por Colombia, Perú, y otros países de Latinoamerica. Como a los españoles que de vez en cuando se pegan una vuelta por el sitio...un saludo enorme...Espero algún día sorprenderlos con alguna crónica que los motive a regresar...

miércoles, 16 de abril de 2008

Los sonidos del cementerio

Olga pidió cantar por su hija. Se colocó el poncho y abrió la carpeta con la letra de la canción. Los demás integrantes del coro se acercaron a ella, mientras el profesor rasgaba nervioso la guitarra. Cientos de personas estaban en silencio bajo la llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada al cementerio del pueblo, el esposo de Olga permanecía parado al lado de urna blanca del tamaño de cuatro cajas de zapatos. Estaba cubierta por la bandera argentina y tenía una rosa encima. Adentro, los huesos de un cadáver encontrado después de 29 años.

martes, 8 de abril de 2008

Don Emilio, el anarco

Don Emilio Blanco, el anarco, como lo llamaban en el pueblo, había nacido en un aldea llamada Bendoiro, cerca de Lalín, en la provincia de Pontevedra. Una mañana de 1906 se embarcó en el buque Atlantique y partió rumbo a América, junto a uno de sus hermanos.
El trabajo del ferrocarril lo llevó hasta el pueblo de Trenel, dónde se afincó en 1912. Todo llanura, sin ríos ni arroyos. Una muchacha joven lo acompañó y asumió el trabajo de ama de casa. Cocinó y lavó ropa para todos los varones. Cosía y tejía por las tardes, sentada en el patio trasero dónde crecía la verdura que Don Emilio, el anarco, sembraba en su quinta. Días y noches se consumieron en Trenel. Los hijos crecían bajo la voz honda de su padre que pasaba el tiempo entre la carpintería y su herrería. Los vientos arrastraban cardos rusos que rodaba por las calles, y quedaban enganchados en los alambrados. La lluvia creaba lagunas y las ruedas de los carros marcaban sus huellas. Por las noches sólo se escuchaba el sonido del silbato del policía que hacía la ronda a caballo, mientras los focos solitarios de las esquinas se apagaban a la medianoche, cuando el motor de usina dejaba de sacudirse. En los días de calor, Trenel parecía encenderse bajo un fuego de brasas y el viento acercaba el aroma a cosecha. Entonces, las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Cuando el frío atravesaba paredes, las cocinas a leña reunían a las familias, jugando a las cartas. Don Emilio, el anarco, vio emigrar a sus hijos jóvenes. Dejaron el pueblo cuando la sequía agrietó la tierra y la miseria obligó a los hombres a internarse en los montes de caldenes para trabajar de hacheros durmiendo en chozas de pajas. Su vozarrón quedó retumbando entre las paredes, mientras en España los sonidos de los disparos de la Guerra Civil sacudían a pueblos y maldijo a los nacionalistas. Sufrió las muertes a la distancia. La casa vacía de varones, rompió en llantos de niñas que la muchacha parió. Cuatro mujeres llenaron el hogar. Don Emilio, el anarco, caminó cada mañana hasta su trabajo en el hospital. Las cartas seguían llegando desde España, y cada una fue guardada sólo por él. La mañana del 10 de setiembre de 1956, sintió su cuerpo pesado. Su pecho se agitó y un dolor fulminante lo atravesó. La muchacha apoyó su mano en la cara arrugada y lo acarició despacio, mientras una vecina corría a buscar al médico; sollozó y salió de la casa. Sus hijas la siguieron. Don Emilio, el anarco, nunca regresó a su tierra y una lápida gris lleva sus fechas fundamentales: diciembre 1888-setiembre 1956.

viernes, 28 de marzo de 2008

La calle de los cien años

“Dame media hora más”, grita una voz casi infantil a la encargada del ciber mientras sus manos sacuden el teclado de la computadora. Sus ojos están clavados en el monitor. A poca distancia, entre la penumbra y encajonado por tabiques de maderas, otra voz reclama más acción con los auriculares colocados. Los juegos en red despiertan reflejos que los dedos ágiles tratan de expresar en el teclado y en el mouse. Juegan interconectados con otros chicos, que desde otras máquinas participan de la misma competencia. Están cerca, se gritan cosas, pero no se miran. Los ojos siguen fijos en las pantallas.
Otros se sumergen en el mundo del chat, jugando con monosílabos, abreviaturas y símbolos, en citas a ciegas. El idioma irrespetuoso y veloz surca el ciberespacio y se mete en otros monitores, quizás de amigos virtuales. Acumulan un listado de contactos con nombres exotéricos. El desenfado abunda en la conversación. El ciber es una ventana para comunicarse al mundo; un lugar dónde se amigan soledades virtuales y reales. “Te espero en la vereda”, dice una chica a una compañera de colegio. Afuera, algunos adolescentes se apiñan bajo un toldo. Sus dedos presionan las teclas de los celulares. Un mensaje de texto busca su destinatario. En la vereda bicicletas de todos los tamaños esperan desparramadas, informales, como ellos.
Enfrente sobre mesas redondas y cuadradas, las cartas españolas patinan sobre el mantel o el paño. Como hace tres o cuatro décadas, o más. En el club, retumban voces adultas y risas. Hombres canosos dejan su vida en las partidas de escoba. Se desafían y entretienen su tiempo después del almuerzo y antes de la siesta pueblerina. El fútbol o la política despertarán alguna polémica en las charlas. Y si no existe tema, alguien lo provocara. En su vitrina, el club acumula trofeos. Las paredes muestran fotos en blanco y negro. Equipos de fútbol o jugadores de bochas, recuerdan las competencias ganadas. El olor a comedor invade el ambiente. Los diarios están desparramados sobre el mostrador, juntos a vasos, tazas y sifones revestidos de plástico. El club reunía amigos y complicidades. Alteraba rivalidades lugareñas y generaba hechos sociales. Fomentaba bailes y deportes. La música de las orquestas unió parejas y generó casamientos.
En la esquina, un hombre de 90 años, baja de su bicicleta de ruedas petisas, con dos portaequipajes. Domingo, tiene casi tantos años como la vida del pueblo de Trenel. En el manubrio lleva colgada la bolsa plástica de los mandados con raya de colores verticales. Su tienda ubicada en la esquina de San Martín y 9 de Julio supo ser una de las tiendas más importantes de Trenel. Sus paredes altas están erosionadas. Las persianas metálicas permanecen bajas. En una de las vidrieras cuelgan guardapolvos. La puerta lateral, de dos hojas, sobre la calle San Martín tiene un cartel colgando de un hilo de nylon: “Ya vengo”, dice. A su lado calcomanías publicitan a un calzado infantil. Otra redonda recuerda los cien años de Trenel. “Laferrere Campeón”, dice una alargada, con el escudo del club.
Por dentro los tubos fluorescentes rompen la penumbra. Un largo mostrador soporta la antigua caja registradora, cubierta por un nylon. Las estanterías están semi vacías. Cuando las calles en Trenel eran de tierra y los sulkys quedaban amarrados a las argollas de hierro que aún existen en los cordones, los compradores alzaban su mirada, que se posaba sobre las cajas con sombreros en el último estante. Domingo Rivero recuerda la época con nostalgia y lucidez. Recorre la amplitud de la tienda, de piso de madera, y techo alto del cual colgaban carteles de publicidad de ropa.
Las vitrinas de madera y vidrio ocupaban el centro. Telas, pantalones, camisas, calzado, se ofrecían a los compradores que llegaban desde las localidades vecinas. Los dueños y empleados ofertaban la mercadería vestidos con camisa, corbata y tiradores. “La gente llegaba desde el campo y se hospedaba en los hoteles o las fondas. Después salían de compra”, dice Domingo, cuya tienda esta ubicada a pocos metros de la estación del tren, que ya no tiene campana ni vagones. Ahora es un ropero comunitario. La tienda acumula cajitas con muestras de botones, y perchas vacías. Un almanaque de taco recuerda el día y el año. Cientos de familias se vistieron en la “Tienda Casa Rivero” y pasearon su andar, cuando la avenida San Martín era de tierra y tenía un bulevar, que después se quitó, y ahora dicen va a volver. “Algunas cosas vuelven, pocas”, dice Domingo, que llegó a Trenel con 22 años. Un billete de la Lotería de Uruguay le dejó un buen premio y se trasladó al pueblo junto a parte de su familia. Desde aquel tiempo joven, por casi 70 años, Domingo consumió parte de su vida en la tienda, cuyo nombre asoma borroso en el cartel de la esquina. En una de las veredas, junto a las argollas dónde se ataban los sulkys, un antiguo surtidor a manija, pintado de rojo y blanco, recuerda en su globo superior la marca de un combustible americano.
Mientras, Domingo sube a su bicicleta, los chicos en el ciber, abren fotolog que expresan estados de ánimos, junto a fotografías. “Postearan”, y dejaran sus firmas en otros paginas. Sus mensajes tendrán tantas simplificaciones como dibujos, un código que manejan con facilidad, ajeno a otras generaciones, rompiendo reglas de ortográficas y semántica.
La calle San Martín, a una cuadra de la estación de tren, reúne a chicos que se sumergen el ciber y a los adultos que prefieren la contención del club, tratando de sumar quince, para gritar “escoba”. A pocos metros, un hombre de lente marrones y con gorra, los observa entrar y salir. En la esquina de su tienda quedaron marcadas las épocas, cuando el ciber era un antiguo almacén de ramos generales bautizado con nombre italiano, y en el club sonaba la orquesta para alegrar noches alumbradas por solitarios focos en las esquinas, bajo los cuales se dibujan los juegos en la tierra.