miércoles, 9 de enero de 2008

El mito popular


En Trenel, la tardecita del martes huele a tierra mojada, mientras el pavimento de la ruta provincial 4 levanta vapor húmedo. A un costado del asfalto, bajo la sombra de un solitario caldén, y entre los dos accesos al pueblo, está ubicado el pequeño santuario en homenaje al Gauchito Gil, levantado por manos de sus propios pobladores
El día en que se venera al mito popular todo es más rojo. Una mujer joven, con su ropa pegada al cuerpo, llegó hasta el lugar algo cansada. Por su frente bajaban algunas gotas de agua. Dejó su bicicleta tirada sobre el pasto y en silencio descargó su promesa, en una ceremonia intima. Permaneció parada como una estatua, murmurando oraciones.
Según contó, cada 8 de enero repite el rito de venerar a “su santo” porque no puede viajar hasta Corrientes donde está la tumba del Gauchito Gil. “Desde el día que mi hijo se accidentó comencé a rezarle. Fue un milagro que no muriera. Fue el Gauchito quién lo salvó”, dice despacio.
Luego, se acomoda el pelo, su pañuelo rojo, mira hacia ambos lados de la ruta y enfila por el acceso que la devuelve al pueblo. No es la única visitante de la tarde.
Un camionero detiene su vehiculo al lado del cartel que indica la velocidad máxima 40 kilómetros. Una cinta roja está atada al poste que sostiene la señal vial. El transportista camina por el sendero y permanece unos minutos en silencio. Enciende una vela y se sienta a la sombra. Sus ojos ojerosos están semi cerrados. El bocinazo de otro camionero lo altera y decide marchar.
El santuario está enmarcado por dos banderas. Varias cintas cuelgan de las ramas del caldén. A un lado, sus seguidores construyeron asientos y colocaron velas. Para muchos es un sitio para la oración. Todo es rojo.
El mito popular del Gauchito Gil nació en el momento de su muerte. Para algunos sobre fines del siglo 19, para otros a comienzo del 20. Según la leyenda popular Gil, antes de ser asesinado por una patrulla policial, prometió a su verdugo que si rezaba en su nombre su hijo moribundo sanaría, algo que finalmente ocurrió y convirtió al policía en el primer devoto.
Gil era para sus seguidores, una versión vernácula de Robin Hood, alguien que le quitaba a los más pudientes parte de sus pertenencias para repartirla entre los más pobres, pero para las autoridades de entonces, no era más que un gaucho matrero, que buscaron incesantemente hasta concretar la emboscada en la que perdió la vida.
En el día de la recordación de su muerte, el santuario en la ruta 4 recibió más visitas que las habituales, sin distinguir clases sociales. La fé en su figura se convirtió en tan fuerte que, algunos le atribuyen a la lluvia de ayer a un milagro de color rojo.

martes, 8 de enero de 2008

El viaje de la mañana

La mujer de mediana edad se dirigió ale fondo del colectivo y se sentó en el suelo. Fue la mejor comodidad que pudo conseguir. A su lado, apoyó la muleta que la ayuda a caminar y que tiembla con los primeros sacudones del viaje. Es lunes, el reloj de mi celular marca las 7 y 45.
Tuvimos que esperar más de media hora la llegada del colectivo. En la Terminal de ómnibus muchos vecinos esperaban fastidiados. Aunque casi todos nos conocemos no hay muchas conversaciones. Sólo un tímido buen día se escucha cada vez que alguien entra al edificio.
Un mecánico de maquinas agrícolas se apoyó en el mostrador de la cantina y pidió un aperitivo. “Es para calentar el cuerpo” me dijo, mientras miraba la pantalla del televisor sintonizada en un canal de noticias.
El cantinero, un hombre de hablar muy pausado pronunció su frase preferida: “está todo sospechosamente bien, pero más tarde se complica”. Después volvió a su silla y a su rutina.
El frío y la llovizna son los pocos comentarios para romper el silencio y matizar una espera que altera el humor. Algunos viajan por trabajo, otros por estudio. Muchos van al hospital. Una joven embarazada me mira nerviosa. En una de sus manos lleva un sobre con una radiografía. Explica que perderá el turno en el médico. Su enojó se apacigua cuando los vidrios de la Terminal vibran: es el colectivo que se acerca al andén.
En fila esperamos el turno para que el chofer corte los boletos. Algunos pasajeros se acomodaron como pudieron en los pocos asientos libres. Unos veinte quedamos parados en el pasillo, muchos con gestos que muestran desagrado.
Los aromas corporales se sienten en la mañana aunque la calefacción despide poco calor.
Las ventanillas están empañadas. Afuera una llanura extensa espera por la lluvia que alimente el suelo solitario.
Tres señoras mayores permanecen aferradas con fuerza a los asientos, paradas y de mal humor. Varios jóvenes que venían en viaje tienen los ojos cerrados, como dormitando. Disimulan mal la situación. Nadie cede su lugar. No importa la edad, ni la condición de salud de los pasajeros. El monótono viaje por la ruta provincial 4 desde el pueblote Trenel a General Pico, llevará más de media hora y la marcha es lenta.
Por los parlantes del ómnibus comienza a escucharse el programa de Juan Ramón, por FM Alegría. La música cuartetera se apodera de la mañana. Después, el locutor lee las necrológicas y algunos titulares de los diarios.
Un trabajador con un bolso a sus pies viene de lejos y se balancea de un lado a otro molestando a los demás en forma involuntaria. Tiene la cara hinchada por el alcohol. Imagino que su mañana se inició cuando aún era de noche, y en algún bar del pueblo hizo su primera parada: su aliento a caña inunda el ambiente.
En el interior del micro se siente el hacinamiento, la incomodidad y el peligro de viajar bajo esas condiciones.
Dos niños pequeños duermen juntos en el mismo asiento tapados con sus camperas. Su mamá se mantiene atenta a sus movimientos, y en voz baja se queja de las incomodidades. Sus hijos deben llegar a tiempo para ser atendidos en el hospital. El colectivo pasó por su pueblo a las 5 de la mañana con más de 20 minutos de retraso.
Una pareja de adolescentes enamorados están más que juntos y parecen ausentes a todo lo que ocurre a su alrededor. Para ellos el tiempo del viaje no tiene importancia, pero para la mujer que viaja delante de ellos sí. En pocos kilómetros miró más de seis veces el reloj, e intentó hablar por su celular. Está nerviosa y su rostro es de un mal humor creciente.
Afuera, el paisaje que se asoma por las ventanillas no se modifica. Los sacudones persisten en el trayecto, y la amortiguación del colectivo hace temblar los vidrios de las ventanillas. Los números indicadores de cada asiento titilan y otros ni siquiera tienen luz. Igual están de adorno: nunca venden los pasajes con numeración.
La pachanga sigue sonando, la llanura no cambia Las mujeres y los hombres que están parados se irritan cada vez más. Una joven madre comienza a darle el pecho a su bebé, tierna imagen para ilustrar una mañana ajetreada.
Hay pasajeros parados hasta en el estribo. Sobre el torpedo del colectivo descansa un mate con su bombilla. Al lado dos recipientes plásticos amarillos -uno con cuchara- que contienen yerba y azúcar; una bolsa con chizitos y un paquete de galletitas saladas desparramadas. Se parece mucho a una mesada de cocina.
Varias mujeres llevan sus hijos sobre sus faldas. El movimiento del pavimento desparejo bambolea al colectivo y a los que viajamos parados. La luz del sol comienza a pegar en el parabrisas y el chofer cuelga una toalla de color naranja para atajarse de la resolana.
Cuando el colectivo llega a la rotonda de acceso descienden algunos pasajeros haciendo malabares con sus cuerpos para salir. En pocos minutos el antiguo colectivo estaciona en el andén 3 de la moderna Terminal de la ciudad de General Pico. A las 8 y 35 de la mañana el viaje finaliza.
El sol se muestra entre las nubes, mientras el aire refresca los rostros pálidos de los pasajeros que uno a uno descienden los tres escalones que los separa del piso. Una mujer joven se queja en forma airada, y otros la siguen en el reclamo. Una sola frenada brusca hubiera impactado la cabeza de algunos de ellos en el parabrisas.
La voz de un canillita ofreciendo el diario se mezcla entre los gritos quejosos. Después los maltratados pasajeros se dispersan en la gran ciudad que los devolverá a los pueblos cuando asome el ocaso. Y una nueva aventura cotidiana será parte de nuestras vidas: viajar en un colectivo interurbano en La Pampa.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

El poeta preso

En la penumbra de la celda un cuerpo desgarbado estaba acurrucado en un rincón. Tenía los labios hinchados y se quejaba por los golpes ocasionados por la milicia. Aunque el dolor por la traición era el que más profundo sentía. Vestía la misma ropa que llevaba cuando lo sacaron de su casa a punta de fusil.
Apenas balbuceó unas palabras y sus ojos se movieron lentamente. Su compañero de celda, Emilio, de diecinueve años, aprendiz de periodista le ayudó a acostarse sobre un colchón maloliente. El cuerpo de Federico se desplomó. Una frazada le cubrió las piernas. Las mismas que un día caminaron por las calles de Londres y de París. Las que recorrieron Nueva York, Montevideo y Buenos Aires.
No era político, se consideraba un poeta revolucionario. Sus detractores lo encerraron por artista extraño o quizás por considerarlo un homosexual. Cualquiera de las dos condiciones era una molestia para los fascistas españoles. En su pueblo de Fuentevaqueros, en la provincia de Granada, creía estar seguro. Pero terminó siendo una víctima de la ingratitud humana.
Uno de los milicianos nacionalistas alcanzó una jarra con agua y la dejó en la puerta de la celda como apiadándose. Bebió el líquido elemental despacio y repasó los años en que escribió su Romancero Gitano, “Cuando yo me muera mira que te encargo…”.
La pasión sexual, la vida y la muerte resumidas en su poesía: eternos temas.
Encerrado entre paredes de piedras el poeta dejó de ser jovial y alegre. Él, un hombre libre, estaba ahogado por la opresión. Le contó al periodista sobre los juegos infantiles en las calles de Granada, las lecciones de piano y de guitarra, su intimidad con Salvador Dalí y su admiración por Mariana Pineda. Esa mujer que se convirtió en su obsesión y a la que consideraba un prototipo de coraje.
El joven Emilio escuchó del poeta su devoción por los pobres y la necesidad de que la cultura llegara al pueblo. Le contó cuando creó el teatro universitario ambulante La Barraca para recorrer España y llevar el arte a los obreros y estudiantes.
La conversación entre el poeta y Emilio sólo se sobresalta por los disparos que se escuchan en la lejanía o la risa de los milicianos que se burlan de la sexualidad del artista extraño.
Por la claraboya con barrotes de hierro del cuarto de cuatro metros de lado, la luz del sol penetra iluminando el piso, rompiendo sombras.
En la cárcel, Federico proyecta su dolor por vivir. En una de las paredes escribió la palabra “Gallo”, revista literaria editada sólo dos veces pero que revolucionaría a toda España.
El joven, le cuenta de su abuelo escapado hacia argentina. El poeta recuerda que allí conoció a Pablo Neruda y que sus obras Bodas de Sangre y La Zapatera Prodigiosa fueron aclamadas por miles de personas. Le agradó Buenos Aires. Destetó la vida en los Estados Unidos y la sociedad capitalista. Sólo entre los negros del barrio de Harlem, se sintió cómodo para redactar su prosa. Volvió a escribir desde el desamparo.
Sus conferencias en la Universidad de Columbia despertaron críticas, amores y odios. Adhirió al movimiento estético surrealismo y escribió Poeta en Nueva York, un libro considerado de protesta y de reivindicación social. Cruzó el mar para conocer Cuba donde dejó huellas con sus palabras.
En la noche del 18 de agosto de 1936, el poeta se arrodilló en la celda y rezó. Aunque renegaba del catolicismo, sus oraciones pedían por su madre, quién le enseñó a escribir y por su padre agricultor. Pidió por España, por su Granada natal mientras el sonido de las balas y los gritos traspasaban las paredes. Entendió que despertaba La Guerra Civil.
Ante la convulsión se sentía católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico. De hecho nunca se afilió a ninguna de las facciones políticas. Le dijo al periodista que él era íntegramente español y que así debía escribirlo algún día.
En la mañana, cuando la luz del sol asomó, el poeta caminó entre fusiles por una calle larga. En el horizonte aún se veían las estrellas de la madrugada. Los verdugos cerraron los ojos y dispararon. El poeta cayó muerto. Una muerte que asume con toda serenidad, cara a cara: “Si muero, dejad el balcón abierto” al aire de la vida sin límites.
Desde la cárcel, Emilio escuchó el sonido y entendió el significado de la palabra dolor. En una de las paredes grabó: Federico García Lorca (1898-1936).
Cuando fue un hombre libre de las rejas en un país dominado, Emilio buscó un lugar dónde rendirle un homenaje. Le dijeron que el cadáver fue arrojado a un barranco. Escuchó que lo asesinaron junto a un maestro nacionalista y que ambos fueron enterrados en una fosa común. También, le contaron que el poeta estaba loco internado en una iglesia. Nunca lo halló.
Regresó a su casa caminando por la empinada calle. Al llegar su cuerpo se desplomó en la cama y escuchó el crujir de los resortes. El cansancio lo sumió en un túnel de silencio. Los gritos de un guardia civil asustado lo despertaron en la mañana. Entonces, supo que Federico estaba en todos lados y que el sueño había terminado

sábado, 24 de noviembre de 2007

Una calle sin nombre

Una madrugada descendí de un colectivo cargando un pequeño bolso. Recuerdo la fría noche y la calle sin nombre por la que caminé hasta el hospedaje. Tuve que golpear varias veces hasta que el joven sereno despertó. Con una voz ronca me pidió los datos para anotarme en el desprolijo libro de ingresos de pasajeros: un cuaderno de 16 páginas.
-Es viajante, verdad, dijo con seguridad.
-No, periodista, le respondí.
Levantó la vista y pude ver con claridad su cara marcada por la tela de la almohada y una mueca de sorpresa.
-Aquí sólo vienen viajantes, dijo mientras se desperezaba.
Después me entregó la llave de la habitación. En el diminuto cuarto revestido en machimbre acomodé mis pertenencias y busqué el calor de las frazadas. Cansado por más de 10 horas de viaje por la chatura de la llanura pampeana, sólo quería dormir. Sentía la necesidad de anclar mi vida. Me pesaban años de turbulencia personal.
En la penumbra y el silencio profundo recordé que era la segunda vez que pisaba el pueblo. La primera fue muchos años antes, cuando aún funcionaba el tren y las cantinas servían sopa de verduras.
No sé cuanto dormí. Pero cuando desperté el hospedaje estaba sin empleados. Un cartel escrito en un cuaderno decía que el café y las tostadas estaban en la cocina. Me serví una taza, mordí el pan y volví a caminar por la calle sin nombre.
En la Terminal de Ómnibus, frente a la plaza, no demoraron muchos segundos para saber que no era del pueblo. Compartí una breve charla y me dieron las indicaciones que buscaba.
Caminé despacio y descubrí que el aire estaba claro y el cielo muy celeste. El viento suave y frío me acompañó hasta uno de los accesos. En mi andar crucé pocos autos, muchos camiones, algunos ciclistas, casi ningún peatón. Todos percibieron que era foráneo.
Al llegar a la ancha calle de tierra supe que allí debía doblar. Una cortina de álamos cubría el lugar. Mis pies quedaban marcados sobre el piso algo arenoso y el silencio era alterado por el aleteo de algún pájaro.
Al llegar, empujé despacio la puerta de hierro y entre tumbas antiguas busqué la de mi abuelo. Sobre una lápida gris leí las dos placas. Una de 1956, el año de su muerte. Otra de 1970 dedicada por sus nietos. Recordé que fue ese el año en que recorrí el pueblo por primera vez junto a mis hermanos y padres. Delante del monumento le confesé en silencio mis temores y mis inseguridades. Sentía el alma perdida.
“Dame una señal”, le murmuré. O le rogué. Y me alejé de la piedra gris y del frasco de vidrio colocado como florero.
Después retorné muy despacio y noté que la luz del sol de la mañana se colaba entre las ramas de los álamos dibujando sombras. Las piernas me dolían.
La tranquilidad del lugar aplacó mis pensamientos y el aire refrescó mi cara. Por la calle sin nombre busqué el hospedaje, tomé mis cosas y me marché hacia la Terminal. Después de dos horas de espera, informaron que el colectivo no pasaría. Un desperfecto lo dejó al costado del camino. La noticia no me alteró. Pensé que quizás fuera una señal. En esa paz del pueblo sentí que la vida estaba en otra parte, tal vez aquí, y que debía darle una oportunidad.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Antes de partir para siempre

Ella estaba sentada junto a una baja pared. No muy lejos de allí se encontraba un niño que parecía entretenido con un juguete.
Más allá, un hombre de unos 50 años, con lentes, leía el diario tratando de adivinar la letra impresa cuando de pronto, la voz de embarque sonó para comenzar a subir por la explanada en busca del barco. No preguntó nada y fijó su mirada en las figuras demacradas de los viajeros que se atropellaban entre sí.
Las encorvadas mujeres llevaban pañuelos sobre la cabeza y en sus manos atados con ropa. Las más jóvenes insinuaban su belleza, su inocencia, su soledad, y su dolor en las marcas de sus rostros. Los hombres con sacos desgastados, caminaban junto a sus niños varones con pantalones cortos. La humildad de las prendas contrastaba con el uniforme de los empleados de la aduana, los sacerdotes y los oficiales del barco.
La espera en el puerto de Villagarcía se había convertido en otro desafío para la abuela y su nieta, después de haber abandonado la aldea Roxos. El tren las había depositado en el lugar junto a soldados, marinos y obreros. En la dársena convivían historias de vida: buscadores de propinas, funcionarios del puerto, ladronzuelos de migajas; uniformados de opereta sin más muda de recambio que el fulgor de sus botones, emigrantes sumisos o altaneros.
La espera se tornaba inaguantable mientras los pasajeros consumían su tiempo en modestas posadas, en sucios tugurios o en la periferia de la ciudad. Sus magros ahorros se volaban, como las esperanzas.
Mercedes caminó unos pasos entre la muchedumbre y vio a unos señores muy bien vestidos que después supo eran inspectores que levantaban actas por excesos de pasaje a una familia numerosa.
Formando una rueda, mujeres solas que se iban a trabajar a América de sirvientas, de limpiadoras, de planchadoras, de amas de cría o quizás de prostitutas, charlaban entre sí.
Los sombreros y los largos y elegantes vestidos de las señoras pudientes se distinguían entre la multitud de hombres pobres que esperaban ansiosamente la partida.
Como muchos otros, Mercedes junto a su abuela habían pasado dos noches al aire libre. No podían mantenerse en pie, extenuadas por el sueño y el cansancio. Agotadas por la humillación, veían a su alrededor que seguían llegando obreros, peones, jornaleros, desocupados y campesinos. Delante de una pequeña mesa, el sobrecargo que permanecía sentado reunía a las personas en grupos, apuntaba sus nombres en una hoja impresa para que con ella en la mano, fueran a buscar la comida a la cocina antes de zarpar.
Un cartel, -en distintas gamas de color verde-, pegado sobre una húmeda pared recordaba las futuras partidas de buques, sus nombres y sus destinos. La compañía Mala Real Inglesa enumeraba sus naves y un gráfico explicaba el trayecto sobre un mapa distorsionado. Inglaterra, Francia y España eran los países por donde pasarían los buques, para luego avanzar sobre el océano atlántico hasta Sudamérica.
El saco que llevaba la abuela apretujado bajo uno de sus brazos sería el único abrigo en la incierta travesía. En él llevaba el alba, el aroma de la huerta y de los arbustos; y las noches de lunas y estrellas de la aldea.
Mercedes, con sus zapatos manchados de tierra, seguía los firmes pasos de su único familiar quien ya sentía los años, motivo de sobra para que un destino poco claro le atemorizara.
Mientras tanto los marineros apuraban el embarque. Baúles y rezos se mezclaban en los días del destierro, mientras las voces desnudas de palabras se apoderaban de viejos labradores que se iban de su patria el 11 de julio de 1925, a las cinco de la tarde en un puerto envuelto en bruma. Mientras subían al imponente barco se llevaban el honor, la palabra y la brisca.
Mercedes siguió en silencio a su abuela. Aún tenía presente la despedida con su hermana en la aldea. Como ironía de la vida el buque en que zarparían se llamaba “Deseado”. Al abordar la nave, Mercedes giró su cabeza y posó sus ojos sobre una niña que abrazada a una mujer lloraba desconsoladamente. La pequeña tenía las mejillas enrojecidas y la mirada llena de lágrimas. Cerca de ambas, hombres y mujeres de distintas edades expresaban alegrías y tristezas. Un padre alzó a su pequeña hija de pelos enrulados y con sus manos torpes recorrió su cara, la línea de su boca y el perfil de su nariz. Un beso profundo en la mejilla selló el adiós. Mercedes escapó de la escena y buscó algo de paz en el cielo. Descubrió que después de días de cerrazón y bruma, la luz del sol se había hecho camino entre las nubes y su calor golpeaba con lentitud la cubierta del barco. Su mirada buscó al horizonte, pero no lo pudo divisar. Tampoco alcanzaba a divisar a dónde irían, qué comerían y dónde dormirían. El buque de once mil toneladas se preparaba para partir. Despacio la nave movió las aguas tranquilas y Mercedes sintió que España le dolía en todo el cuerpo.

Cicatrices en el agua

Sentado en la cocina, junto a su padre compartiendo unos mates, Jorge Lucero escuchó por la radio los números del sorteo para el Servicio Militar Obligatorio. La voz del locutor oficial indicó el 969. Percibió desde ese momento que estaba condenado a servir en la Marina. Corría el año 1980. Jorge, ya había completado los estudios secundarios y decidió trabajar de albañil hasta el llamado para cumplir con la “colimba”. El 1 de octubre de 1981 fue parte de la última incorporación de conscriptos y dos meses después lo destinaron al crucero General Belgrano.
Formó parte de la División Nácar integrada por 6 hombres. Llevaban entre sus manos las cartas de navegación hacia el Puente de Comando. Ordenes confidenciales en pleno conflicto bélico. “Éramos mensajeros de información muy reservada”, recordó. La navegación del buque se modificaba según indicaciones del Comando Mayor.
El domingo 2 de mayo el “Belgrano” luchaba contra el fuerte viento y el clima hostil. El periscopio del submarino enemigo británico Conqueror ya lo había localizado.
Jorge, en su puesto de combate, miró el reloj. Marcaba las 15.45. El cambio de guardia se demoraba. Desde lo alto de la torre del Puente de Comando decidió ir hasta la popa de la nave. Bajó cientos de peldaños y buscó los dormitorios. Despertó a sus compañeros para que tomen la guardia. Para que lo releven. Desando el largo trayecto. Apuró los pasos. Corrió unos metros. Cuando estaba subiendo, sintió una gran explosión. Había pasado un minuto de las cuatro de la tarde. Un torpedo había impactado en la sala de maquinas de la popa. Jorge Lucero cayó sobre sus rodillas. Golpeó su cuerpo contra los escalones. Diez segundos después otra explosión terminó de herir a la nave. La iluminación se apagó. Chorros de petróleo, humo, gases, fuego, vapor, y cientos de voces que gritaban, entre gemidos de dolor. Algunos marinos escapaban con sus cuerpos llenos de quemaduras. Los ruidos de los motores se apagaron y un silencio mortal cundió por el buque.
“Pude mantenerme en pie. Corrí en busca del casco y un salvavidas. Con una de mis manos tomé la bolsa para llevar a la balsa. Volví a correr. El aire estaba enrarecido. Pensaba que debía llegar hasta la proa del barco” dice Jorge.
La tripulación conocía por los entrenamientos donde estaban las estaciones de abandono de la nave en caso de hundimiento. “Llegué hasta allí no sé cómo. Tuve que volver a bajar escaleras y alcance a presentarme ante mi superior. Miré hacia los costados y no encontré a los compañeros que debían estar allí” recuerda Jorge. Nunca más los volvería a ver, mientras, minuto a minuto, el crucero se inclinaba. El combustible se comenzó a derramar por el mar.
Las balsas fueron arrojadas al agua y se inflaron. Cada marinero debía saltar “de panza” hacia su salvación. Muchos caían al mar helado y debían ser rescatados. Nadie podría sobrevivir más de cinco minutos en esas aguas. En la balsa, con forma de nuez y con sus techos anaranjados, quince marinos buscaban escapar del horror. “Con nosotros estaba un tripulante herido. Sus quemaduras eran graves. Me tocó asistirlo. No pudo sobrevivir” narra Jorge. Su voz se apaga. Hace una larga pausa.
La balsa era arrastrada por la corriente junto a otras. En ellas llevaban un botiquín y un Evangelio. Tabletas de vitaminas y latas con agua potable; una brújula y linternas. “Esas horas fueron terribles e interminables. La balsa se hundía en las olas. Nos sacudía. Nos tambaleaba. Sentíamos el viento y la lluvia golpear en el techo de la balsa” prosigue Jorge.
A una hora del ataque, el Crucero Belgrano retorcía su armazón en el profundo océano y el Atlántico sur se convirtió en un cementerio de agua. Los sobrevivientes en sus balsas debían mantener sus cuerpos calientes. El temporal desató olas de diez metros y la noche sembró más temor.
Después de treinta horas se escucharon las hélices de un avión sobrevolando las balsas. Jorge alzó su cabeza por sobre la escotilla del toldo y escrutó el horizonte. La silueta del buque Piedra Buena asomó ante su mirada. Sonaron sirenas. “Nos ubicaron a la una de la tarde del lunes, y como a las dos comenzó el rescate. Yo subí al destructor Piedra Buena, que era una de las naves escoltas del Crucero Belgrano que había escapado del ataque de los ingleses, a las ocho de la noche” dice
Hoy, sobre la calle España, en la última cuadra pavimentada, hacia el sur del pueblo de Trenel, hay un taller de chapa y pintura ubicado en el fondo de un terreno. El galpón está ocupado por algunos autos en reparación. En su interior se respira aire a pintura en aerosol, mientras las chispas de las soldaduras conviven con golpes de martillos, amoladoras y lijas. Allí, cada día, Jorge Lucero, le pone empeño a su labor cotidiana. Enfundado en su ropa de trabajo, está muy lejos de ser aquel joven muchacho que vestía de marinero en abril de 1982. Por su cara corren las muecas de la historia, y de sus labios se desprenden pocas palabras. Sus silencios largos dejan huellas en la conversación. Un domingo tormentoso, 25 años atrás, Jorge le escapó a la muerte sumergido en una balsa con forma de nuez.

domingo, 26 de agosto de 2007

El pupitre en el rincón

El 15 de setiembre la Escuela 54 cumple 98 años. Ese día van a reencontrarse los alumnos egresados en 1957. Esa tarde caminarán por la calle Alem con su vereda llena de fresnos y cruzarán la doble puerta por donde emigraron hace 50 años. A la derecha podrán leer la misma frase de aquellos tiempos escrita en letras metálicas: “Este edificio ha sido construido por el gobierno nacional” y por las ventanas podrán observar el jardín con sus palmeras, pinos y arbustos. Más allá el mástil y la bandera argentina.
En el fondo de una de las aulas los antiguos pupitres están guardados en un rincón. Sobre sus tapas de madera gastada permanecen tallados nombres de otras épocas. Recuerdos dibujados en letras imperfectas. En un tiempo ocuparon cada aula bautizada con apellidos de próceres: San Martín, Belgrano o Moreno perduran en retratos colgados arriba de los pizarrones.
Sobre los pupitres colocaban su tintero y su pluma. En al mueca de la madera el lápiz. En la pared del fondo colgaban sus ropas. En los armarios guardaban los útiles y mapas. En pocos días esos ojos ahora adultos volverán sobre las miradas de la infancia.
El aroma de los recuerdos los llevará a ese viernes de 1957. Cuando el ancho pasillo que estaba repleto de familiares. Sobre el escenario montado en el fondo maestras y alumnos iniciaron la despedida. Los nombraron de a uno para entregar el boletín y el diploma que acreditaba la terminación de la escuela primaria. Algunos saltaron. Otros corrieron. Calificación del alumno: “suficiente”, decía el boletín de Hugo, Rodolfo, y Jorge. También los de Mabel, Noemí y Estela. Junto a ellos otros boletines y otros suficientes. En total 39. Después colgaron su guardapolvo blanco, guardaron sus cartucheras, archivaron manuales.
El día del reencuentro seguramente retornarán las anécdotas y las historias. Muchos continuaron la vida en el pueblo. Otros emigraron. Algunos ocuparán el lugar de la ausencia. Por su memoria marchará el portafolio lleno de cuadernos y el sonido de la campana. Esa que las manos del portero hacía sonar puntualmente para anunciar la hora del recreo o la salida. La misma que hoy luce en una vitrina y cuyas letras en relieve destacan: “Consejo Nacional de Educación”.
Cuando egresaron las calles de tierra rodeaban el edificio de la escuela. Y los juegos juveniles eran otros juegos. La rayuela dibujada en el piso o la pelota rebotando en paredes grises unía a los varones. Las mujeres saltaban el elástico enganchado en sus piernas. Otros, en una ronda sentados en el piso con las piernas cruzadas lanzaban cinco piedras al aire que las palmas de las manos trataban de atajar. Una demostración de destreza y habilidad en campeonatos de payanas interminables.
Cuando el calor del sol asomaba con fuerza las hamacas balanceaban los cuerpos. En invierno, las salamandras alimentadas a leña apiñaban a los niños que traían leña pequeña desde sus hogares.
Hoy, las calles lucen asfaltadas y los calefactores entregan calor a las aulas. Los chicos llegan a clase en bicicleta portando mochilas en la espalda. Pero el aroma a fresno permanece como hace décadas, quizás señalando que el mejor camino siempre es la escuela.