La presencia del cabo Arnaldo Ríos todas las noches esperando a su nueva novia en la vereda del negocio de la verdulería, alteró la tranquilidad del barrio. Cuando la luz del día se desvanece, suele estacionar su bicicleta al cordón y comienza la guardia. Espera que ella entre los tres cajones de frutas y salen juntos por la ancha avenida. Yo los observo desde unos quince metros a través de mi ventana, pero también los escucho. Imposible no oír esa voz alborotada de la adolescente novia del uniformado que reclama casamiento.
Quizás, las cortinas oscuras de mi ventana puedan ser el telón imaginario de un teatro pueblerino, donde la obra a estrenar cuenta la historia de una pasión amorosa que se desató de la noche a la mañana, con escándalo incluido. Allí estarían como actores principales, el cabo y la verdulera. Claro, que también habrá actores secundarios ocupando el lugar de despechados y las comadres del pueblo desparramando versiones casi todas tan falsas como dañinas.
Para los pobladores de la cuadra es casi como vivir en un country con seguridad privada. Nunca vieron pasar la camioneta de la policía tantas veces por la misma calle. No es el único vehiculo que repite su andar por la calle frente a mi ventana. Los colectivos la eligieron para poder ingresar a la Terminal ubicada en el centro del pueblo, frente a la plaza. El ruido de los motores me es familiar y hasta conozco cuando llegan demorados, algo casi habitual. Tan habitual como los movimientos de la vecina de la casa de enfrente, sacando el tarro plástico blanco con la basura. Justo después de las ocho. Luego el sonido de la persiana me indica que la ventana se cerró. Ella me suele observar con detenimiento los domingos cuando por la mañana barre la vereda y yo, semi vestido, salgo a buscar el diario. Pocas palabras hemos intercambiado en los últimos meses, salvo el saludo de rigor.
Muchas veces cuando el cansancio de estar frente a la computadora se apodera de mí, miro hacia la calle para descansar la mirada en otra parte. El paisaje me es conocido. Los ciclistas, los que salen a caminar para mantener una buena salud, los autos…las camionetas.
La ventana me devuelve fotografías similares todos los días. Pero algo extraño pasó en las últimas semanas. Y nada tiene que ver con el romance entre el policía Reyes y la adolescente que, tanto preocupa al pueblo. Cuando miro en profundidad a través de los vidrios de la ventana, la calle asfaltada vuelve a ser de tierra, los cordones pintados de blanco para la fiesta del pueblo no están y la iluminación desaparece. Y por allí, con andar cansino como cargando la vida lo veo a él. Camina por el medio de la calle con un poncho en el hombro para protegerse del viento frío de agosto. Va hacia el hospital como todos los días. Y al llegar a la avenida cruzará la vía para luego entrar por el sendero rodeado de eucaliptos. Lo veo pasar siempre y aunque lo conozco no me saluda. Su casa está cerca, a la vuelta de la esquina. Somos vecinos en tiempos diferentes. Siempre espero que se de vuelta para mirarme. Espero un gesto, un breve saludo, pero no ocurre. Entonces me doy cuenta que los recuerdos del abuelo entraron de nuevo por la ventana y yo vuelvo a conversar con el silencio.
domingo, 29 de marzo de 2009
El cabo Reyes y su nueva novia
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jueves, 19 de marzo de 2009
Rechoncho y criminal
A pesar de sus 80 años y su andar pesado, mantiene sus bravuconadas y la mirada incisiva. Quizás, trató de pasar desapercibido como un abuelito que sale de compras para el fin de semana. O tal vez, pensó que ya nadie se acordaría de su cara. Lo cierto es que la memoria se mantiene viva sobre algunos personajes que escribieron páginas negras del crimen en la Argentina.
Arquimedes Puccio, condenado por comandar una banda dedicada a secuestrar y asesinar a empresarios en su casa del barrio bonaerense de San Isidro, dejó en forma momentánea la vivienda donde se aloja -por gozar de la libertad condicional- y fue de compras a un supermercado, ubicado en las calles 13 y 20, pleno centro de la ciudad de General Pico, en La Pampa Argentina.
Vestido de pantalón para gimnasia y con una campera, tomó un carro y comenzó a tomar los productos de las góndolas. Aceite, fideos, queso y otros alimentos fueron lo que hizo pasar por la caja, entre miradas indiscretas. Su cuerpo rechoncho y su andar está lejos de aquel hombre que asistía a misa, con trajes oscuros, cuando su vida transitaba por barrios de personas ricas.
Al ser descubierta su identidad en el supermercado, comenzó con gestos ampulosos a quejarse. Cruzó por una de las puertas de salida, acompañado de un joven empleado que empujaba el carro con las compras. Insultó a periodistas y reporteros gráficos. Y después pidió que no se vulneren “sus derechos constitucionales”.
Ante cada pregunta si estaba arrepentido de su pasado criminal, respondió con silencio o más insultos. Algunos vecinos que lo reconocieron se mostraron indignados con su libertad. “Pensar que yo estaba haciendo la compra a su lado”, dijo una de las mujeres que salía del supermercado.
Puccio caminó unos 40 metros, hasta que ubicó una remisería y solicitó un auto. El cadete cruzó con él para cargar las bolsas en el baúl, al tiempo que otros vecinos comenzaron a manifestar su bronca con su presencia. Arquímedes no se privó de hacer ademanes ofensivos con su brazo izquierdo, hasta que el auto de alquiler lo alejó del lugar.
El ex-jefe del “clan Puccio”, vive en la ciudad desde julio del 2008 cuando abandonó la Unidad Penitenciaria 4 de Santa Rosa y fijó domicilio en la calle La Fraternidad y 106 de General Pico. Allí reside en la casa de un apicultor y miembro de la congregación religiosa a la que se convirtió Puccio. Durante los próximos cinco años deberá comparecer ante cualquier llamado del Patronato de Liberados, tras lo cual se dará por cumplida su condena. Desde hace meses descansa en un juzgado un pedido suyo para poder viajar a Buenos Aires y alojarse allí. El hombre que comandó la familia de la muerte, esta solo y espera. Los ciudadanos decentes vomitan su bronca cada ven que su cabeza calca asoma a las calles.
PARA NO OLVIDAR:
Víctimas Ricardo Manoukian: Tenía 24 años y era amigo de Alejandro Puccio. Fue secuestrado el 22 de Julio de 1982, en San Isidro. Se lo llevaron cuando salía de un depósito de los supermercados de la familia, en Martínez. Por él pagaron un rescate de 500.000 dólares. Pero igual lo asesinaron. Eduardo Arlet: Ingeniero Industrial, hijo de un empresario metalúrgico, fue secuestrado el 5 de Mayo de 1983 en Barrio Norte. Estaba casado y tenía 25 años. Se conocía con Alejandro Puccio porque jugaba al rugby. Su familia pagó 100.000 dólares. Pero lo asesinaron. En 1987, hallaron su cadáver en General Rodríguez.Emilio Naum: Dueño de dos casas de ropa, tenía 38 años. El 22 de Junio de 1984, vio que Arquímedes Puccio -a quien conocía- le hacía señas y paró con su auto. Se resistió, le pegaron un tiro en el pecho. Fernández Laborda confesó haberle disparado. Nema Bollini de Prado: Tenía 58 años cuando la secuestraron, en 1985. Su familia era dueña de una concesionaria de autos. Estuvo 32 días en el sótano de la casa de los Puccio, atada con una cadena al tobillo. Fue la única sobreviviente. VictimariosArquímedes Puccio: Líder y cerebro de la banda. Contador público. Vinculado con la derecha peronista, fue funcionario de la Cancillería y Secretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires en 1973. Condenado a perpetua por los cuatro casos que cometió la banda. Por tener más de 70 años, cumple arresto domiciliario. Alejandro Puccio: Hijo de Arquímedes. Fue jugador de rugby del CASI y de Los Pumas. Regenteaba una casa de artículos de windsurf. Lo detuvieron el 23 de Agosto de 1985, cuando liberaron a Bollini de Prado. Murió en 2008. Guillermo Fernández Laborda: Su confesión les permitió a los investigadores desarticular la banda. Dijo que fue él quien disparó contra Naum y Manoukian. Lo condenaron a reclusión perpetua. Victoriano Franco: Era Teniente Coronel retirado. Participó en el secuestro de Aulet y le dio su arma a Fernández Laborda para que asesinara a Naum. Su condena fue de prisión perpetua. A los 84 años murió en la cárcel.Roberto Oscar Díaz: Fue el último en sumarse a la banda. Conoció a Arquímedes Puccio en una agencia de autos de Llavallol. Entregó a Nélida Bollini de Prado, la única que sobrevivió a sus captores. Confesó ante la Justicia que mató a Aulet. "Me pidieron una prueba de sangre para incorporarme a la organización" dijo. Condenado a perpetua. Gustavo Contepomi: Arquímedes Puccio lo convocó para formar parte del grupo. Era amante de una mujer, familiar de Aulet, y se lo consideró el contacto para llegar al empresario. Murió en la cárcel cuando ya tenía más de 70 años. Daniel Puccio: Alias Maquila. Hijo de Arquímedes. Fue detenido en 1985, cuando negociaba el rescate de Bollini de Prado. En 1997 le dieron 13 años. Estaba en libertad y nunca se presentó. Está prófugo, según los familiares de las víctimas, en Brasil.Herculeano Vilca: Era un albañil que se encargó de acondicionar el sótano de la casa de los Puccio. En el juicio admitió haber cavado la fosa donde enterraron a Aulet. Le dieron 10 años, que ya cumplió.
Arquimedes Puccio, condenado por comandar una banda dedicada a secuestrar y asesinar a empresarios en su casa del barrio bonaerense de San Isidro, dejó en forma momentánea la vivienda donde se aloja -por gozar de la libertad condicional- y fue de compras a un supermercado, ubicado en las calles 13 y 20, pleno centro de la ciudad de General Pico, en La Pampa Argentina.
Vestido de pantalón para gimnasia y con una campera, tomó un carro y comenzó a tomar los productos de las góndolas. Aceite, fideos, queso y otros alimentos fueron lo que hizo pasar por la caja, entre miradas indiscretas. Su cuerpo rechoncho y su andar está lejos de aquel hombre que asistía a misa, con trajes oscuros, cuando su vida transitaba por barrios de personas ricas.
Al ser descubierta su identidad en el supermercado, comenzó con gestos ampulosos a quejarse. Cruzó por una de las puertas de salida, acompañado de un joven empleado que empujaba el carro con las compras. Insultó a periodistas y reporteros gráficos. Y después pidió que no se vulneren “sus derechos constitucionales”.
Ante cada pregunta si estaba arrepentido de su pasado criminal, respondió con silencio o más insultos. Algunos vecinos que lo reconocieron se mostraron indignados con su libertad. “Pensar que yo estaba haciendo la compra a su lado”, dijo una de las mujeres que salía del supermercado.
Puccio caminó unos 40 metros, hasta que ubicó una remisería y solicitó un auto. El cadete cruzó con él para cargar las bolsas en el baúl, al tiempo que otros vecinos comenzaron a manifestar su bronca con su presencia. Arquímedes no se privó de hacer ademanes ofensivos con su brazo izquierdo, hasta que el auto de alquiler lo alejó del lugar.
El ex-jefe del “clan Puccio”, vive en la ciudad desde julio del 2008 cuando abandonó la Unidad Penitenciaria 4 de Santa Rosa y fijó domicilio en la calle La Fraternidad y 106 de General Pico. Allí reside en la casa de un apicultor y miembro de la congregación religiosa a la que se convirtió Puccio. Durante los próximos cinco años deberá comparecer ante cualquier llamado del Patronato de Liberados, tras lo cual se dará por cumplida su condena. Desde hace meses descansa en un juzgado un pedido suyo para poder viajar a Buenos Aires y alojarse allí. El hombre que comandó la familia de la muerte, esta solo y espera. Los ciudadanos decentes vomitan su bronca cada ven que su cabeza calca asoma a las calles.
PARA NO OLVIDAR:
Víctimas Ricardo Manoukian: Tenía 24 años y era amigo de Alejandro Puccio. Fue secuestrado el 22 de Julio de 1982, en San Isidro. Se lo llevaron cuando salía de un depósito de los supermercados de la familia, en Martínez. Por él pagaron un rescate de 500.000 dólares. Pero igual lo asesinaron. Eduardo Arlet: Ingeniero Industrial, hijo de un empresario metalúrgico, fue secuestrado el 5 de Mayo de 1983 en Barrio Norte. Estaba casado y tenía 25 años. Se conocía con Alejandro Puccio porque jugaba al rugby. Su familia pagó 100.000 dólares. Pero lo asesinaron. En 1987, hallaron su cadáver en General Rodríguez.Emilio Naum: Dueño de dos casas de ropa, tenía 38 años. El 22 de Junio de 1984, vio que Arquímedes Puccio -a quien conocía- le hacía señas y paró con su auto. Se resistió, le pegaron un tiro en el pecho. Fernández Laborda confesó haberle disparado. Nema Bollini de Prado: Tenía 58 años cuando la secuestraron, en 1985. Su familia era dueña de una concesionaria de autos. Estuvo 32 días en el sótano de la casa de los Puccio, atada con una cadena al tobillo. Fue la única sobreviviente. VictimariosArquímedes Puccio: Líder y cerebro de la banda. Contador público. Vinculado con la derecha peronista, fue funcionario de la Cancillería y Secretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires en 1973. Condenado a perpetua por los cuatro casos que cometió la banda. Por tener más de 70 años, cumple arresto domiciliario. Alejandro Puccio: Hijo de Arquímedes. Fue jugador de rugby del CASI y de Los Pumas. Regenteaba una casa de artículos de windsurf. Lo detuvieron el 23 de Agosto de 1985, cuando liberaron a Bollini de Prado. Murió en 2008. Guillermo Fernández Laborda: Su confesión les permitió a los investigadores desarticular la banda. Dijo que fue él quien disparó contra Naum y Manoukian. Lo condenaron a reclusión perpetua. Victoriano Franco: Era Teniente Coronel retirado. Participó en el secuestro de Aulet y le dio su arma a Fernández Laborda para que asesinara a Naum. Su condena fue de prisión perpetua. A los 84 años murió en la cárcel.Roberto Oscar Díaz: Fue el último en sumarse a la banda. Conoció a Arquímedes Puccio en una agencia de autos de Llavallol. Entregó a Nélida Bollini de Prado, la única que sobrevivió a sus captores. Confesó ante la Justicia que mató a Aulet. "Me pidieron una prueba de sangre para incorporarme a la organización" dijo. Condenado a perpetua. Gustavo Contepomi: Arquímedes Puccio lo convocó para formar parte del grupo. Era amante de una mujer, familiar de Aulet, y se lo consideró el contacto para llegar al empresario. Murió en la cárcel cuando ya tenía más de 70 años. Daniel Puccio: Alias Maquila. Hijo de Arquímedes. Fue detenido en 1985, cuando negociaba el rescate de Bollini de Prado. En 1997 le dieron 13 años. Estaba en libertad y nunca se presentó. Está prófugo, según los familiares de las víctimas, en Brasil.Herculeano Vilca: Era un albañil que se encargó de acondicionar el sótano de la casa de los Puccio. En el juicio admitió haber cavado la fosa donde enterraron a Aulet. Le dieron 10 años, que ya cumplió.
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jueves, 5 de marzo de 2009
Después de 23 años
El viento arrastraba el polvo de las calles y sentado en la soledad de su jardín, de suelo desparejo, tomó conciencia que habían pasado 23 años desde aquel beso urbano. Fue para él un torbellino interno que lo sacudió de la modorra en que había caído. Recordaba los labios, la cavidad de la boca y el gusto del paladar compartido.
Se frotó los ojos y se alzó hacia la habitación. Entre cajas de cartón desordenadas, que guardaba debajo de la cama, busco fotos. Arrodillado, extrajo recortes, imágenes familiares y recuerdos. Pero aquel retrato con la cara de ella sonriente y un sombrero que caía hacia un costado, pareció esfumarse.
Maldijo su mala fortuna y volvió hacia el jardín. Las nubes en el cielo se cruzaban entre sí y las ráfagas de la ventisca las hacían bailar sin ritmo. Volvió a preguntarse por qué después de tanto tiempo aún pensaba en ella. Qué cara tendría y si seguiría usando polleras largas fue lo primero que se le ocurrió. Quizás tuviera más de un hijo, pensó.
Había perdido la noción de cuando el amor de fue de él para no regresar. Entre hojas que volaban y ramas que se sacudían como brazos, tomó la serena determinación que aún en ausencia se podía amar.
Al día siguiente se levantó al alba, enjuagó su cara y cumplió en afeitarse con más prolijidad. Se sonrió ante el espejo del botiquín. “Este el primer día”, dijo en voz alta, mientras secaba las manos con la toalla.
Se prometió que nadie sabría jamás que la seguía amando y, en forma reservada, comenzó a preparar su vida por sí solo el destino le daba la posibilidad de volver a verla. Y si así ocurría, quería que ella se sintiera orgullosa por el hombre que la amó por primera vez.
Se frotó los ojos y se alzó hacia la habitación. Entre cajas de cartón desordenadas, que guardaba debajo de la cama, busco fotos. Arrodillado, extrajo recortes, imágenes familiares y recuerdos. Pero aquel retrato con la cara de ella sonriente y un sombrero que caía hacia un costado, pareció esfumarse.
Maldijo su mala fortuna y volvió hacia el jardín. Las nubes en el cielo se cruzaban entre sí y las ráfagas de la ventisca las hacían bailar sin ritmo. Volvió a preguntarse por qué después de tanto tiempo aún pensaba en ella. Qué cara tendría y si seguiría usando polleras largas fue lo primero que se le ocurrió. Quizás tuviera más de un hijo, pensó.
Había perdido la noción de cuando el amor de fue de él para no regresar. Entre hojas que volaban y ramas que se sacudían como brazos, tomó la serena determinación que aún en ausencia se podía amar.
Al día siguiente se levantó al alba, enjuagó su cara y cumplió en afeitarse con más prolijidad. Se sonrió ante el espejo del botiquín. “Este el primer día”, dijo en voz alta, mientras secaba las manos con la toalla.
Se prometió que nadie sabría jamás que la seguía amando y, en forma reservada, comenzó a preparar su vida por sí solo el destino le daba la posibilidad de volver a verla. Y si así ocurría, quería que ella se sintiera orgullosa por el hombre que la amó por primera vez.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Un vagón, una mujer, un niño

El olor a orín de los perros impregna el lugar y el murmullo del agua, que corre por el canal, compite con los ladridos. A pocos metros de la esquina de las calles 9 y 108, detrás del hospital Centeno, una mujer de 54 años y su hijo de once han hecho su hogar, como han podido, en un antiguo vagón de ferrocarril abandonado.
Desde hace ocho días, el furgón es el sitio que los cobija. Adentro, Estela muestra cómo vive. Una cocina a garrafa, una heladera vacía de alimentos y cajas de pertenencias apiladas son parte del mobiliario. En una mesa plástica, apoya el termo y el mate, mientras corre una cortina y deja ver un pequeño espacio, que hace las veces de dormitorio. En la cama, sobre un colchón semi humedecido, descansa acurrucado su hijo.
El vagón es un antiguo vehículo de carga, de paredes de metal carcomidas por el óxido. En los días de calor, su techo abovedado convierte al interior en un volcán. Cuando hace frío, se asemeja a una caja térmica, con gotas que caen desde la cubierta.
Estela explica que alquilaba una vivienda por un monto mensual de 500 pesos. De esa suma, 400 eran aportados por el municipio, a través de Acción Social. El resto del dinero era completado por ella.
Según la mujer, la ayuda de la comuna se redujo en enero a 300 pesos, que fueron pagados recién a mediados de febrero. Esa demora sería uno de los motivos que llevó a la propietaria de la casa que alquilaba a pedirle que abandonara el lugar.
“Salí a buscar una vivienda con mi niño y llegué hasta acá. Un hombre que vive en la casilla que está adelante me ofreció el vagón”, cuenta Estela, que además tiene otros cuatro hijos, todos mayores y casados. “Esos ya volaron”, dice al hablar de ellos.
Estela asegura que vive de un plan social y de limpiar terrenos. El “patio” de acceso al vagón tiene unos diez metros cuadrados de suelo de tierra. Está prolijamente cuidado y barrido. La mujer ha colocado algunas macetas con plantas, cerca del alambrado de púas que da al canal de agua. Algunas jaulas con aves también cuelgan de allí.
“Si yo fuera sola, no molesto a nadie, ni reclamo nada a las autoridades, pero tengo un nene y por él estoy dispuesta a luchar, para conseguir un sitio digno donde vivir”, explica. A su alrededor, da vueltas una jauría. Algunos perros muestran sus dientes. Otros, sus cuerpos flacos. Son todos del vecino.
“Con una pieza, cocina y baño nos arreglaríamos. No pido otra cosa”, dice Estela y le tiemblan las manos. En su cuerpo, aparecen tatuajes y huellas de una vida poco apacible. Después, cuenta que hace diecinueve años que vive en General Pico y convida con un mate, a la espera de una respuesta oficial. Su pequeño sigue durmiendo, quizás soñando despertar en otro lugar.
Desde hace ocho días, el furgón es el sitio que los cobija. Adentro, Estela muestra cómo vive. Una cocina a garrafa, una heladera vacía de alimentos y cajas de pertenencias apiladas son parte del mobiliario. En una mesa plástica, apoya el termo y el mate, mientras corre una cortina y deja ver un pequeño espacio, que hace las veces de dormitorio. En la cama, sobre un colchón semi humedecido, descansa acurrucado su hijo.
El vagón es un antiguo vehículo de carga, de paredes de metal carcomidas por el óxido. En los días de calor, su techo abovedado convierte al interior en un volcán. Cuando hace frío, se asemeja a una caja térmica, con gotas que caen desde la cubierta.
Estela explica que alquilaba una vivienda por un monto mensual de 500 pesos. De esa suma, 400 eran aportados por el municipio, a través de Acción Social. El resto del dinero era completado por ella.
Según la mujer, la ayuda de la comuna se redujo en enero a 300 pesos, que fueron pagados recién a mediados de febrero. Esa demora sería uno de los motivos que llevó a la propietaria de la casa que alquilaba a pedirle que abandonara el lugar.
“Salí a buscar una vivienda con mi niño y llegué hasta acá. Un hombre que vive en la casilla que está adelante me ofreció el vagón”, cuenta Estela, que además tiene otros cuatro hijos, todos mayores y casados. “Esos ya volaron”, dice al hablar de ellos.
Estela asegura que vive de un plan social y de limpiar terrenos. El “patio” de acceso al vagón tiene unos diez metros cuadrados de suelo de tierra. Está prolijamente cuidado y barrido. La mujer ha colocado algunas macetas con plantas, cerca del alambrado de púas que da al canal de agua. Algunas jaulas con aves también cuelgan de allí.
“Si yo fuera sola, no molesto a nadie, ni reclamo nada a las autoridades, pero tengo un nene y por él estoy dispuesta a luchar, para conseguir un sitio digno donde vivir”, explica. A su alrededor, da vueltas una jauría. Algunos perros muestran sus dientes. Otros, sus cuerpos flacos. Son todos del vecino.
“Con una pieza, cocina y baño nos arreglaríamos. No pido otra cosa”, dice Estela y le tiemblan las manos. En su cuerpo, aparecen tatuajes y huellas de una vida poco apacible. Después, cuenta que hace diecinueve años que vive en General Pico y convida con un mate, a la espera de una respuesta oficial. Su pequeño sigue durmiendo, quizás soñando despertar en otro lugar.
lunes, 23 de febrero de 2009
Una escuela convertida en basurero
Pasar frente al lugar lastima la mirada y causa desolación. El sitio fue clausurado por el Ministerio de Cultura y Educación de la provincia hace casi una década, cuando la matricula de alumnos descendió a casi cero. Hoy la antigua Escuela Rural 85, Colonia Belvedere, es un edificio arruinado, en cuyas inmediaciones crecen yuyales, se alimentan cerdos y se acumulan cientos de bidones vacíos de herbicidas tóxicos, que necesitan de un triple lavado. Junto a ellos, se alzan pilas de lonas plásticas de los silos bolsas, entre aguas estancadas.En un tiempo, la escuela arropó a chicos de General Pico, Trenel y la zona rural. Ubicada a pocos metros de la ruta provincial 4, solo queda de ella un cartel clavado en el paredón, un mástil sin bandera y un aljibe seco. El estado de abandono se apoderó del edificio escolar, para convertirse en un depósito de desechos.Las aulas, donde se educaron muchos de los habitantes de la zona, son un testimonio del pasado. La lluvia acumula tantas lagunas afuera, como hacia adentro de las paredes. No solo estudiantes se formaron en la Escuela 85. Aún hoy rebotan en la memoria los "bailes de campo", que animaban orquestas locales y que unió parejas y forjó más de una familia.Muchos de aquellos niños, hoy adultos, tienen palabras de afecto para el establecimiento educacional que los formó. Casi todos coinciden en que les da "pena" y "tristeza" ver en qué estado está y el fin al que fue destinado. Según una fuente de la Dirección General de Educación, el cierre se produjo en 1999. A partir de ese momento, se puso en marcha un procedimiento para otorgar en comodato el lugar, de igual manera que con otras escuelas rurales."Creo que el sitio merece otra finalidad y un mantenimiento adecuado: da mucha lástima ver que se ha convertido prácticamente en un basural", dijo una ex- alumna.Cuando los niños cursaban los estudios primarios, llegaron a funcionar dos aulas y los pisos "brillaban" de limpieza. En el patio, que se utilizaba en los recreos, había una fuente y un juego de hamacas. Los alumnos se formaban en la galería, en doble fila, antes de ingresar a su grado."Algún día de chica, soñé que volvería como maestra a este lugar, pero hoy es pura nostalgia ver en qué terminó", dijo otra alumna, que pasó toda la escuela primaria en sus aulas y hoy ejerce la docencia.
La Arena pudo confirmar que funcionarios de educación de menor rango están preocupados por el aspecto que brinda el sitio. Por eso se podrían en marcha algunas acciones para recuperarlo. En la iniciativa, hasta se piensa en involucrar a los municipios cercanos, ex-alumnos y ex-docentes.Entre el desamparo, la suciedad y los cerdos, hay un edificio que un día fue escuela. Quizás, un destino más digno respete la memoria de la comunidad educativa que escribió sus primeras palabras en sus pizarrones y dejó huellas grabadas en sus pupitres.
La Arena pudo confirmar que funcionarios de educación de menor rango están preocupados por el aspecto que brinda el sitio. Por eso se podrían en marcha algunas acciones para recuperarlo. En la iniciativa, hasta se piensa en involucrar a los municipios cercanos, ex-alumnos y ex-docentes.Entre el desamparo, la suciedad y los cerdos, hay un edificio que un día fue escuela. Quizás, un destino más digno respete la memoria de la comunidad educativa que escribió sus primeras palabras en sus pizarrones y dejó huellas grabadas en sus pupitres.
jueves, 19 de febrero de 2009
Mi muñeca era virgen
Por María Moreno
(periodista y ensayista argentina)
¿Puede un muñeco despertar malos pensamientos? Sacudir fervores libidinales con su inmovilidad sombría? De lo que estoy segura es que mi muñeca alemana era bien pura. Parecía una giganta de Baudelaire, vestida a la moda victoriana, intimidatoria y de risa gélida.
Tenía las mejillas frías como un azulejo de baño público. Su marcha militar, debida a un tosco juego de poleas que se ocultaba con un calzón alforzado, iba acompañada por un ruido de relojería. Su cabeza giraba en dirección a la pierna que sostenía en alto y su mirada fija parecía dominar a una tribuna invisible. Su pelo de elefante (sí, eso decía en la caja donde vino) arreglado en tirabuzones secos, sus ojos de vidrio celeste y llenos de rayos de rueda de bicicleta y sus botas blancas de fajina daban miedo. ¿Sería nazi la alemana? ¿A quiénes miraba en su marcha? ¿A la tropa en formación?
La alemana Lili se acostaba en su caja cada atardecer y desaparecía en el fondo del ropero. Ella sabía morir bajando los párpados con el secreto de dos plomadas y, al revés del conde Drácula, erguirse a la salida del sol: una sonrisa helada a los Garbo detrás de una tapa de cartón.
¿Cómo ensayar con esa hija elefantiásica mi destino de madrecita?
No. No era obscena la alemana: era siniestra. En la penumbra de su boca, cerca por dientes de mica, había una lengua de yeso pintado, sujeta al paladar falso por un trapito. Si se colocaba a la alemana boca abajo, la lengua se acercaba a los labios. Era un gesto de niño tonto, impropio de alguien que por su altura parecía tener doce años.
Fue efímera aquella muñeca. Manoseada, peinada hasta el infinito y la calvicie, bañada, oxidada, hundidos los ojos, ligeramente hedionda debido a la comida que yo le metía en la boca y que, en su condición de hija falsa, no podía drenar, era un imperio en decadencia y sus ropas, arruinadas por mi inhabilidad de modista y mi tozudez creativa, reemplazaron pronto la franela de los muebles.
Sin embargo la muñeca alemana, sin atributos, adquirió una humanidad accesoria. Su corte a la garçon, realizado para reparar el deterioro de sus bucles, las cuencas huecas de sus ojos y sus dedos cachados le dieron el aire de una Juana de Arco. Debo confesarlo: mediante la ropa de un primo generoso, la alemana giró hacia la virilidad.
Para entonces ya éramos grandes. Se bailaba el vals al compás de unos discos de pasta. La alemana cambió de sexo porque, en realidad –lo habíamos comprobado--, no tenía ninguno. Al revés de lo que sucede en la vida “real”, como varón perdió poder. Aprendimos a torturarlo con besos torpes a los que nos oponía débilmente sus labios finos. Una vez lo tuvimos dos semanas bajo la lluvia, con gorra de jockey y anteojos negros, sentado ante el volante de un coche a pedal.
¿Cómo puede ser obsceno un muñeco?
Reflexionemos: un muñeco es incapaz de ser. Pero puede ser, en cambio, considerado asexuado. Es pura posibilidad de sexuarse. ¿Radicará en eso su obscenidad?
Su cuerpo articulable señala toscamente todo lo que hay de fetiche en un cuerpo humano (¿femenino?). Un muñeco es igual a una muñeca en la lisura que calla la diferencia.
¿Otra forma de obscenidad?
Propuesta: la única manera de evitar que un muñeco resulte obsceno es que tenga sexo.
(tomado del libro A tontas y a locas)
(periodista y ensayista argentina)
¿Puede un muñeco despertar malos pensamientos? Sacudir fervores libidinales con su inmovilidad sombría? De lo que estoy segura es que mi muñeca alemana era bien pura. Parecía una giganta de Baudelaire, vestida a la moda victoriana, intimidatoria y de risa gélida.
Tenía las mejillas frías como un azulejo de baño público. Su marcha militar, debida a un tosco juego de poleas que se ocultaba con un calzón alforzado, iba acompañada por un ruido de relojería. Su cabeza giraba en dirección a la pierna que sostenía en alto y su mirada fija parecía dominar a una tribuna invisible. Su pelo de elefante (sí, eso decía en la caja donde vino) arreglado en tirabuzones secos, sus ojos de vidrio celeste y llenos de rayos de rueda de bicicleta y sus botas blancas de fajina daban miedo. ¿Sería nazi la alemana? ¿A quiénes miraba en su marcha? ¿A la tropa en formación?
La alemana Lili se acostaba en su caja cada atardecer y desaparecía en el fondo del ropero. Ella sabía morir bajando los párpados con el secreto de dos plomadas y, al revés del conde Drácula, erguirse a la salida del sol: una sonrisa helada a los Garbo detrás de una tapa de cartón.
¿Cómo ensayar con esa hija elefantiásica mi destino de madrecita?
No. No era obscena la alemana: era siniestra. En la penumbra de su boca, cerca por dientes de mica, había una lengua de yeso pintado, sujeta al paladar falso por un trapito. Si se colocaba a la alemana boca abajo, la lengua se acercaba a los labios. Era un gesto de niño tonto, impropio de alguien que por su altura parecía tener doce años.
Fue efímera aquella muñeca. Manoseada, peinada hasta el infinito y la calvicie, bañada, oxidada, hundidos los ojos, ligeramente hedionda debido a la comida que yo le metía en la boca y que, en su condición de hija falsa, no podía drenar, era un imperio en decadencia y sus ropas, arruinadas por mi inhabilidad de modista y mi tozudez creativa, reemplazaron pronto la franela de los muebles.
Sin embargo la muñeca alemana, sin atributos, adquirió una humanidad accesoria. Su corte a la garçon, realizado para reparar el deterioro de sus bucles, las cuencas huecas de sus ojos y sus dedos cachados le dieron el aire de una Juana de Arco. Debo confesarlo: mediante la ropa de un primo generoso, la alemana giró hacia la virilidad.
Para entonces ya éramos grandes. Se bailaba el vals al compás de unos discos de pasta. La alemana cambió de sexo porque, en realidad –lo habíamos comprobado--, no tenía ninguno. Al revés de lo que sucede en la vida “real”, como varón perdió poder. Aprendimos a torturarlo con besos torpes a los que nos oponía débilmente sus labios finos. Una vez lo tuvimos dos semanas bajo la lluvia, con gorra de jockey y anteojos negros, sentado ante el volante de un coche a pedal.
¿Cómo puede ser obsceno un muñeco?
Reflexionemos: un muñeco es incapaz de ser. Pero puede ser, en cambio, considerado asexuado. Es pura posibilidad de sexuarse. ¿Radicará en eso su obscenidad?
Su cuerpo articulable señala toscamente todo lo que hay de fetiche en un cuerpo humano (¿femenino?). Un muñeco es igual a una muñeca en la lisura que calla la diferencia.
¿Otra forma de obscenidad?
Propuesta: la única manera de evitar que un muñeco resulte obsceno es que tenga sexo.
(tomado del libro A tontas y a locas)
martes, 17 de febrero de 2009
Las ganas de escribir
Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el instante perfecto, aquel en que todos los problemas del mundo exterior han desaparecido y solo existe el deseo compulsivo de sentarse y escribir: ese instante de perfección es altamente improbable. En general, uno se sienta a escribir venciendo cierta resistencia; uno oficia ciertos ritos dilatorios; uno, por fin, con cierta cautela, escribe. Y en algún momento descubre que está sumergido hasta los pelos, que los problemas del mundo exterior han desaparecido, y que no existe otra cosa que el deseo compulsivo de escribir.
En literatura y periodismo no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro que una cara. “Dijo que estaba harto”, no equivale a “Estaba harto”, dijo. La palabra ramera no tiene la dignidad de la palabra puta. Decidir cuál música, qué textura, cuánta carga de afecto o de violencia debe guardar una palabra o una frase, dar con una sintaxis; ir tanteando –ir sosteniendo- el ritmo interno de un relato, eso y no otra cosa es el oficio de escribir.
La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar tan lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido, que ir construyéndola provoca cierta inquietud. Lo bueno es lo que viene después: trabajar sobre ese primer borrador, y los que siguen, hasta ir acercándose lentamente a eso que se busca. Cuando uno descubre que ése es, de verdad, el acto creador, que corregir no es otra cosa que ir encontrando el Moisés dentro del bloque de mármol, cuando uno se desentiende del tiempo que lleva ese acercamiento y sólo le importa hasta qué punto el texto va aproximándose a la forma que le corresponde, entonces ya no necesita que otros le confirmen que es escritor y/o periodista.
La espontaneidad no es un valor a la hora de escribir. Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Edgar Alan Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leitmotiv al final de cada estrofa. Y, naturalmente, el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces conviene sacrificar al loro.
La inspiración no existe, en eso se parece a las brujas. Entonces, cuando las palabras parecen cantarle a uno en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa, el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, uno puede llamar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor es que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, sólo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.
Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo quien, a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.
En literatura y periodismo no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro que una cara. “Dijo que estaba harto”, no equivale a “Estaba harto”, dijo. La palabra ramera no tiene la dignidad de la palabra puta. Decidir cuál música, qué textura, cuánta carga de afecto o de violencia debe guardar una palabra o una frase, dar con una sintaxis; ir tanteando –ir sosteniendo- el ritmo interno de un relato, eso y no otra cosa es el oficio de escribir.
La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar tan lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido, que ir construyéndola provoca cierta inquietud. Lo bueno es lo que viene después: trabajar sobre ese primer borrador, y los que siguen, hasta ir acercándose lentamente a eso que se busca. Cuando uno descubre que ése es, de verdad, el acto creador, que corregir no es otra cosa que ir encontrando el Moisés dentro del bloque de mármol, cuando uno se desentiende del tiempo que lleva ese acercamiento y sólo le importa hasta qué punto el texto va aproximándose a la forma que le corresponde, entonces ya no necesita que otros le confirmen que es escritor y/o periodista.
La espontaneidad no es un valor a la hora de escribir. Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Edgar Alan Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leitmotiv al final de cada estrofa. Y, naturalmente, el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces conviene sacrificar al loro.
La inspiración no existe, en eso se parece a las brujas. Entonces, cuando las palabras parecen cantarle a uno en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa, el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, uno puede llamar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor es que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, sólo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.
Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo quien, a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.
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