lunes, 24 de noviembre de 2008

El acordeonista y la mucama


Un cuento mío, sobre la foto del maestro Robert Doisneau



Se levantó y buscó con la mano derecha el vaso de agua colocado en la mesa de luz. Tenía sed. Su cara alargada mostraba las ojeras de una mala noche. Los gemidos de Natasha no lo habían dejado dormir. Se juramentó que esa sería la última noche.
Caminó hasta el baño ayudado por el bastón y en las tinieblas se enjuagó la boca. Después inclinó el cuerpo flaco y se echó agua sobre la cabeza. En sus oídos aún estaban presentes los gritos del placer y se preguntó en qué momento la empezó a perder.
Cruzó con torpeza hasta el comedor de paredes descascaradas y tomó el acordeón. Los dedos largos comenzaron hacer sonar la melodía que despertó a la mujer.
Ella se despabiló y pidió a gritos que la dejen dormir. Michel presionaba con mayor fuerza cada botón del acordeón. Natasha, saltó de la cama y corrió hasta él.

-Eres un maldito, ni el día de mi descanso me dejas en paz- gritó enfurecida

-Sos la mucama más puta de Francia- le respondió con ironía, mientras olía el aroma de su piel. Sabía que estaba frente a él, desnuda.

Ella fue hasta la cocina y preparó el té. Después buscó las galletitas saladas y las colocó en un plato hondo. Tomó una bandeja y le acercó el desayuno.

-Eres el hombre más desagradecido del mundo- dijo ella, mientras sentía en la planta de los pies el frío de las baldosas. Él sonrió con sorna, bebió el té y partió hacia la plaza del pueblo.
Caminó despacio junto a las paredes hasta llegar a la esquina frente a la parroquia y se acomodó sobre el estuche del instrumento. Entre las rodillas apretujó una cajita metálica con tapa, donde los transeúntes soltaban las monedas. Colocó el bastón blanco sobre las piernas y los dedos comenzaron a presionar los botones del acordeón.
Las melodías fluyeron suaves, en la mañana clara. Su voz seca arrancó canciones en francés, que solo algunos se pararon a escuchar. Cuando el badajo de la campana de la iglesia golpeó once veces, cargó los bártulos y emprendió el regreso. Hizo un alto en la fonda y, entre gritos, pidió un trago. Con dificultad encontró una silla, después de tropezar con dos clientes. Maldijo la ceguera.
Sólo, entre la muchedumbre de varones, recordó la redondez de los pechos de Natasha, cuando ella lo despertó en el sexo. Fue una tarde, cuando su madre viajó por tres días a la campiña y él se dejó llevar por el desparpajo de la mucama que lo cabalgó hasta alcanzar un único gemido. Después rieron y él cantó para ella.
“Mis ojos conocían su mirada”, murmuró y pidió por otra copa que se empinó rápido. Dejó tres monedas en la mesa, tomó el acordeón y con la ayuda del bastón buscó la salida.
Me siento triste, pensó. Caminó tres cuadras. Los pasos eran cortos y aletargados. Llegó hasta la esquina de la casa y esperó el sonido del silbato del policía de tránsito para cruzar. Lo escuchó dos veces y avanzó. El golpe del auto impacto en el cuerpo y lo arrojó con violencia al asfalto. Una mujer adulta lo ayudó y colocó un buzo debajo de la cabeza ensangrentada.
Michel, abrió despacio los parpados y creyó reconocer la piel de ella. La encontró igual que la tarde en que se amaron por primera vez. Levantó una de las manos y buscó tocar la cara. Después sintió la garganta seca y pidió agua. “Acá no tenemos”, le dijo la mujer. Entonces, él, recordó su promesa de que sería la última noche.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Los tres bares y ella

Oír esa canción me desplomó sobre el sillón; cuando inserté el CD en el equipo fue por curiosidad. En la portada decía: “música varios”. No recordaba su contenido ni quién lo grabó.
La segunda pista tenía ese tema de Génesis que me llenó de nostalgia. Miré la ventana y detrás de las cortinas ví sacudirse las ramas de los árboles. El viento las zamarreaba y la música sacudía mi vida. Volví a recordarla.
Me sentí lejos y la sentí lejos como la tarde en que nos despedimos en un bar de Buenos Aires. Ese día sus ojos claros lo dijeron todo. No hizo falta leer la carta que dejó sobre la mesa.
Unos años antes, en otro bar frente a una playa, comenzamos a enamorarnos. Caminar en la arena cuando el día de verano amanecía era nuestro paseo preferido mientras el murmullo de las olas rompía el silencio.
“Sólo te besaré en Buenos Aires”, me dijo desafiante antes que sus vacaciones terminaran. Unas semanas después no resistí. Y en un bar de la calle Río de Janeiro, con mesas antiguas de madera, el amor remató la noche. Después caminamos por veredas angostas y en el medio de una avenida desierta grité que la amaba, mientras el olor del subterráneo invadía la ciudad.
Cuando el viento sacude con rabia las ramas siento miedo. Es que su mirada clara me sigue persiguiendo. Y si escuchó esa canción de Génesis todo se vuelve más confuso y difícil.

viernes, 21 de noviembre de 2008

"Las ciudades invisibles", Italo Calvino

LAS CIUDADES Y LOS SIGNOS

El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Rara vez el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales indican lo que está prohibido en un lugar —entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente— y lo que es lícito —dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los parientes—. Desde las puertas de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Incluso las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes. Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Fuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre se empeña en reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante...

jueves, 20 de noviembre de 2008

Milagro

Por Manuel Vicent
El País, Madrid, agosto de 2001


En la puerta de la heladera y también en el espejo del lavabo he escrito una oración con los colores ingenuos de Joan Miró, rojo, azul, amarillo. Siempre que entro en la cocina o en el cuarto de baño estoy obligado a leerla. La oración dice: cada día es un milagro. Aunque tengo la costumbre de afeitarme con la luz apagada, no obstante, vislumbro esa inscripción en el fondo de la oscuridad junto a la sombra de mi rostro. Ese aviso guarda también los quesos, frutas, mermeladas, pescados y otros alimentos. Antes de acceder a ellos debo deletrear mentalmente esa máxima como si fuera la clave que abre la caja del tesoro. Hace tiempo que considero que la historia universal sólo consiste en lo que sucede cada hora a doscientos metros a mi alrededor. Me afeito a oscuras porque sé que fuera están bombardeando constantemente, si bien no se derrumban las casas ni hay muertos bajo los escombros. Las ruinas sólo se producen en mi propio rostro, por eso apago la luz aunque no suenen las sirenas. Gracias a la oscuridad de momento logro salvar la cara. Es el primer milagro del día. Después de afeitarme salgo del cuarto de baño y al instante comienza la historia universal. Mientras me dirijo a la heladera oigo al chatarrero. Miro por la ventana su carromato lleno de trastos y me llevo una gran alegría al comprobar que no estoy entre ellos y ése es el segundo milagro. Abro la heladera: hay mucha mantequilla. Suena el teléfono: me llama un amigo. Salgo a la calle: hace sol, dos adolescentes se besan y yo encuentro un taxi enseguida. Leo el periódico: ha habido un accidente multitudinario y uno de los muertos no soy yo todavía. Oigo en el telediario lo que dicen unos políticos: es un milagro que yo no haya votado a esos idiotas. Asisto por la tarde a la presentación de un libro: me consuelo pensando que no soy yo el que ha escrito esa basura. Pude haberme visto el rostro en el espejo cuando me afeitaba, haber viajado en el carromato del chatarrero, no tener mantequilla en la heladera y en cambio haber escrito ese libro detestable. Cada día es un milagro.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Estrellas tristes


A las 9.20 de la mañana, la esquina de las calles 107 y 20 se pobló de mujeres, casi todas madres. Las nubes descargaron una lluvia rápida que obligó a buscar refugio bajo el follaje de los árboles y techos prestados. Dos agentes municipales se pararon bajo el agua a custodiar la tela que cubría la estrella amarilla con el nombre de Jonatan Tomaselli, que murió en esa esquina en el 2003 cuando chocó con su moto. Familiares y amigos de la Red Nacional de Victimas de Tránsito se sumaron a la convocatoria, cada uno con distintivos colgados en el pecho que recuerda a los que ya no están, porque la imprudencia los atropelló
Una larga bandera argentina con las caras estampadas de los muertos en accidentes de tránsito, cruzaba todo el ancho de la calle 107. Caras pampeanas y de otros argentinos. La mirada de Cacho, Walter, Angel, Sacha, Lucila, Damián, en una gigantografía colgada en una de las veredas recordaba sus vidas. Pedían no “sumar una estrella más al cielo”.
Cuando la lluvia aplacó, muchos vecinos ya muchos vecinos se habían sumado al acto. Llegaron las autoridades municipales encabezadas por el intendente, Jorge Tebes, junto a funcionarios y concejales. Alumnos y docentes de la Escuela de Sordos acompañaron la ceremonia. Otras madres caminaron hasta el lugar, algunas sostenían estandartes con la cara de sus hijos y la palabra “justicia”.
Un vecino adulto que salía de la farmacia se acercó a una concejala y con voz de ruego le pidió: “Por favor, paren las motos, andan descontroladas por la ciudad”. Todos los días hay en General Pico accidentes donde los motociclistas son protagonistas y así lo demuestran las estadísticas oficiales.
El intendente Tebes repitió varias veces en el discurso la palabra “prudencia”, al dirigirse a todos aquellos que manejan por las calles de General Pico y reiteró el compromiso de la comuna para continuar con los controles de tránsito en busca de disminuir la cantidad de víctimas. “El camino es la educación vial”, dijo Tebes en referencia a las charlas en las escuelas. Después rescató el valor de las madres que han perdido un hijo en accidentes y el compromiso que asumieron en la campaña para evitar nuevos muertos en las calles y rutas.
Silvia González, de víctimas de tránsito, pidió terminar con el manejo agresivo y aseguró que “algo está muy mal” en la sociedad al referirse a la cantidad de siniestros viales que hay por día. “En La Pampa, la mayoría de los muertos son jóvenes y niños”, dijo Silvia. Luego hizo un llamado para que todos se comprometan con el tema del tránsito.
Cuando nuevas gotas de lluvias asomaban, Silvia, con la voz desvanecida, dejó otro mensaje: “nunca como mamás pensamos que un día tendríamos que pintar estrellas por nuestros hijos muertos”. Después habló de las noches y días en soledad y de las habitaciones vacías que guardan la memoria de los chicos.
Luego, autoridades y familiares caminaron hasta el cruce de las calles 107 y 20, levantaron la tela blanca que cubría la estrella amarilla pintada en el pavimento y el desconsuelo se apoderó de todos. Cinco veces más se repitió la ceremonia en otros lugares de General Pico. Las estrellas que suelen brillar como tachuelas, desde ayer alertan a los conductores para que sus vidas no de opaquen.

viernes, 31 de octubre de 2008

Octubre de recuerdos


Un coro de mujeres y varones de pelos emblanquecidos, con ponchos pampas que cubrían los cuerpos, colocaron las carpetas con el repertorio entre las manos mientras afinaban las voces. Un leve rasguido de guitarra rompía el silencio sepulcral de aquel día de cielo de nubes grises, hace tres años.
Una multitud de vecinos conmovidos seguían en silencio la ceremonia de despedir los restos de una joven, de nombre Liliana y de apellido Molteni, asesinada 29 años antes; como 29 fue el día de octubre que la inhumaron en el pueblo. Su cuerpo había sido enterrado en forma anónima en una tierra anónima, junto a otros, en el cementerio de Avellaneda en 1976. Cada uno arrojado con crueldad a una fosa común en la noche trágica de los años de plomo.
Olga, la mamá de Liliana, alzó la voz para entonar el himno a la paz y cantar “Sólo le Pido a Dios”. Los demás integrantes del coro “Ayun - Tun” acompañaron cada estrofa para romper el silencio de la ceremonia.
A pocos metros, Fernando, el papá, permanecía con la mirada enrojecida que apuntaba al cielo; de las nubes caía una breve llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada del cementerio, una pequeña urna blanca cubierta con una bandera y una flor contenía los restos de la joven trenelense que un día se fue a estudiar a la ciudad de La Plata se recibió de periodista y regresó a su tierra un octubre triste. Sólo dos coronas de flores fueron colocadas en el piso: Una, de la municipalidad y el pueblo de Trenel y otra, de los compañeros del colegio secundario.
Las voces se alzaron para pedir que el dolor no sea indiferente y muchos no pudieron contener el llanto. Algunos bajaron la vista, otros alzaban los cuellos de las prendas mojadas por la llovizna. Solo unos pocos abrieron los paraguas. Cuando las voces del canto se desvanecieron, Olga y Fernando, con más de ochenta años en la mochila de la vida, caminaron hasta la capilla y alzaron la urna con los huesos de su hija. Caminaron con el dolor sostenido entre los brazos por el pasillo central del cementerio, enmarcado por árboles de poca altura, con forma de sombrillas. Por detrás el cortejo de personas que raspaban las suelas en las baldosas y la tierra de los caminos angostos entre tumbas bajas y altas. Nada se oía en la tarde, sólo los pasos.
La urna blanca fue colocada en un nicho con pocas flores y con una placa que recuerda la memoria. Ese 29 de octubre, Trenel escribió en su historia el primer caso de recuperación en democracia de los restos de un pampeano desaparecido.
La noche que la secuestraron, Liliana Molteni compartía una vivienda precaria en Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires, junto a Daniel Elías, su compañero de militancia y una nenita de dos años, que ambos cuidaban. Un grupo de tareas de la dictadura militar los secuestró. La pequeña niña quedó en manos de una vecina. Se presume que Liliana y Daniel pasaron algunos días cautivos en el centro clandestino de detención conocido como Pozo de Banfield. Después, fueron acribillados.
El viernes 31 de octubre a las 11, en el cementerio de Santa Rosa, serán inhumados los restos de Daniel. En la semana que se cumplen 25 años del retorno de la democracia, al suelo pampeano retornará uno de sus hijos; una compañera lo espera.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La espera de la abuela

Detrás del humo blanco y la tierra que levanta el viento, está Eleuteria. Tiene 71 años y sus manos moradas que se extiende en dedos hinchados que sostienen galletitas en forma de oblea. Sentada enfrente del predio de la Sociedad Rural de Pico, y de espalda a las vías del ferrocarril, la mujer espera por alguien que cargue lo que juntó desde el inicio del día.
Está rodeada de cartones, cajas vacías, botellas, bolsas de colores y hasta con partes de una bicicleta rota. A tres metros, un tronco aún arde entre cenizas de lo que fue hasta hace poco un fuego donde Eleuteria buscó calor. Lo encendió al amanecer, cuando la sensación térmica en la ciudad marcaba seis grados bajo cero y los pobladores se despabilaban.
Eleuteria cuenta que cada día llega a las 5 y media de la mañana, para hurgar entre los contenedores cosas que después pueda vender. Desde diarios viejos, hasta alambre, caños de cobre y papel de todo tipo. De vez en cuando aparece alguna ropa que ella misma lava y arregla. “Así me gano la vida, y tengo algo más para comer, porque con la jubilación no me alcanza”, dice.
A su lado tiene las herramientas de trabajo: una tenaza y un cuchillo con mango improvisado. Con eso se arregla para empaquetar lo que puede ser utilizable. Después, lo depositará en su casa hasta que pasen a comprarlo, una vez a la semana desde Santa Rosa. Mientras habla llegan más vecinos a depositar basura. Los contenedores rebalsan de residuos. Alrededor hay desde cubiertas en desuso de camión y tractores, hasta cajones de madera. El ruido de los camiones municipales cargando ramas y troncos, rompe el silencio.
Eleuteria, no sabe precisar en que momento su vida ingresó en un tobogán. En un tiempo tuvo un hogar y un amor. Nacida en Conhelo, vivió en varios pueblos de La Pampa hasta refugiarse desde hace 9 años en General Pico, lugar en que la gente le tendió una mano solidaria. Enviudó hace 29 años y tuvo diez hijos. El número de nietos no lo conoce, y además, cuenta que no la visitan.
“Me gustaría vivir con alguno de mis hijos”, repite mientras vuelve un colocar un pedazo de galletita en su boca. Al igual que en muchas ocasiones, nunca se sabe si falta una habitación o sobra un abuelo o una abuela.
El viento helado no frena el ímpetu de Eleuteria para juntar cosas que otros ya no usan. La cara está surcada por arrugas que el rigor del tiempo estampó en su piel, dejando huellas. Los ojos se esconden detrás de anteojos de armazón plástica. Su pelo entrecano se sostiene con hebillas y parece regado por las cenizas del fuego. Al hablar, sus labios tiritan entre dientes que el agua oscureció.
Viste ropa gastada que quizás alguna vez estuvo de moda. Una campera gruesa, pollera de colores y medias de lanas en sus pies es el uniforme de casi todos los días cuando camina desde su casa hasta los contenedores. Ella, en soledad asimiló que la vida es como hurgar en una bolsa cuyo fondo parece no tener fin. Cuando la tarde piquense avance, Eleuteria cumplirá el rito de regresar a su refugio, o rumbo al olvido. Eso, solo ella lo sabe.