miércoles, 16 de abril de 2008
Los sonidos del cementerio
Olga pidió cantar por su hija. Se colocó el poncho y abrió la carpeta con la letra de la canción. Los demás integrantes del coro se acercaron a ella, mientras el profesor rasgaba nervioso la guitarra. Cientos de personas estaban en silencio bajo la llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada al cementerio del pueblo, el esposo de Olga permanecía parado al lado de urna blanca del tamaño de cuatro cajas de zapatos. Estaba cubierta por la bandera argentina y tenía una rosa encima. Adentro, los huesos de un cadáver encontrado después de 29 años.
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martes, 8 de abril de 2008
Don Emilio, el anarco
Don Emilio Blanco, el anarco, como lo llamaban en el pueblo, había nacido en un aldea llamada Bendoiro, cerca de Lalín, en la provincia de Pontevedra. Una mañana de 1906 se embarcó en el buque Atlantique y partió rumbo a América, junto a uno de sus hermanos.
El trabajo del ferrocarril lo llevó hasta el pueblo de Trenel, dónde se afincó en 1912. Todo llanura, sin ríos ni arroyos. Una muchacha joven lo acompañó y asumió el trabajo de ama de casa. Cocinó y lavó ropa para todos los varones. Cosía y tejía por las tardes, sentada en el patio trasero dónde crecía la verdura que Don Emilio, el anarco, sembraba en su quinta. Días y noches se consumieron en Trenel. Los hijos crecían bajo la voz honda de su padre que pasaba el tiempo entre la carpintería y su herrería. Los vientos arrastraban cardos rusos que rodaba por las calles, y quedaban enganchados en los alambrados. La lluvia creaba lagunas y las ruedas de los carros marcaban sus huellas. Por las noches sólo se escuchaba el sonido del silbato del policía que hacía la ronda a caballo, mientras los focos solitarios de las esquinas se apagaban a la medianoche, cuando el motor de usina dejaba de sacudirse. En los días de calor, Trenel parecía encenderse bajo un fuego de brasas y el viento acercaba el aroma a cosecha. Entonces, las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Cuando el frío atravesaba paredes, las cocinas a leña reunían a las familias, jugando a las cartas. Don Emilio, el anarco, vio emigrar a sus hijos jóvenes. Dejaron el pueblo cuando la sequía agrietó la tierra y la miseria obligó a los hombres a internarse en los montes de caldenes para trabajar de hacheros durmiendo en chozas de pajas. Su vozarrón quedó retumbando entre las paredes, mientras en España los sonidos de los disparos de la Guerra Civil sacudían a pueblos y maldijo a los nacionalistas. Sufrió las muertes a la distancia. La casa vacía de varones, rompió en llantos de niñas que la muchacha parió. Cuatro mujeres llenaron el hogar. Don Emilio, el anarco, caminó cada mañana hasta su trabajo en el hospital. Las cartas seguían llegando desde España, y cada una fue guardada sólo por él. La mañana del 10 de setiembre de 1956, sintió su cuerpo pesado. Su pecho se agitó y un dolor fulminante lo atravesó. La muchacha apoyó su mano en la cara arrugada y lo acarició despacio, mientras una vecina corría a buscar al médico; sollozó y salió de la casa. Sus hijas la siguieron. Don Emilio, el anarco, nunca regresó a su tierra y una lápida gris lleva sus fechas fundamentales: diciembre 1888-setiembre 1956.
El trabajo del ferrocarril lo llevó hasta el pueblo de Trenel, dónde se afincó en 1912. Todo llanura, sin ríos ni arroyos. Una muchacha joven lo acompañó y asumió el trabajo de ama de casa. Cocinó y lavó ropa para todos los varones. Cosía y tejía por las tardes, sentada en el patio trasero dónde crecía la verdura que Don Emilio, el anarco, sembraba en su quinta. Días y noches se consumieron en Trenel. Los hijos crecían bajo la voz honda de su padre que pasaba el tiempo entre la carpintería y su herrería. Los vientos arrastraban cardos rusos que rodaba por las calles, y quedaban enganchados en los alambrados. La lluvia creaba lagunas y las ruedas de los carros marcaban sus huellas. Por las noches sólo se escuchaba el sonido del silbato del policía que hacía la ronda a caballo, mientras los focos solitarios de las esquinas se apagaban a la medianoche, cuando el motor de usina dejaba de sacudirse. En los días de calor, Trenel parecía encenderse bajo un fuego de brasas y el viento acercaba el aroma a cosecha. Entonces, las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Cuando el frío atravesaba paredes, las cocinas a leña reunían a las familias, jugando a las cartas. Don Emilio, el anarco, vio emigrar a sus hijos jóvenes. Dejaron el pueblo cuando la sequía agrietó la tierra y la miseria obligó a los hombres a internarse en los montes de caldenes para trabajar de hacheros durmiendo en chozas de pajas. Su vozarrón quedó retumbando entre las paredes, mientras en España los sonidos de los disparos de la Guerra Civil sacudían a pueblos y maldijo a los nacionalistas. Sufrió las muertes a la distancia. La casa vacía de varones, rompió en llantos de niñas que la muchacha parió. Cuatro mujeres llenaron el hogar. Don Emilio, el anarco, caminó cada mañana hasta su trabajo en el hospital. Las cartas seguían llegando desde España, y cada una fue guardada sólo por él. La mañana del 10 de setiembre de 1956, sintió su cuerpo pesado. Su pecho se agitó y un dolor fulminante lo atravesó. La muchacha apoyó su mano en la cara arrugada y lo acarició despacio, mientras una vecina corría a buscar al médico; sollozó y salió de la casa. Sus hijas la siguieron. Don Emilio, el anarco, nunca regresó a su tierra y una lápida gris lleva sus fechas fundamentales: diciembre 1888-setiembre 1956.
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viernes, 28 de marzo de 2008
La calle de los cien años
“Dame media hora más”, grita una voz casi infantil a la encargada del ciber mientras sus manos sacuden el teclado de la computadora. Sus ojos están clavados en el monitor. A poca distancia, entre la penumbra y encajonado por tabiques de maderas, otra voz reclama más acción con los auriculares colocados. Los juegos en red despiertan reflejos que los dedos ágiles tratan de expresar en el teclado y en el mouse. Juegan interconectados con otros chicos, que desde otras máquinas participan de la misma competencia. Están cerca, se gritan cosas, pero no se miran. Los ojos siguen fijos en las pantallas.
Otros se sumergen en el mundo del chat, jugando con monosílabos, abreviaturas y símbolos, en citas a ciegas. El idioma irrespetuoso y veloz surca el ciberespacio y se mete en otros monitores, quizás de amigos virtuales. Acumulan un listado de contactos con nombres exotéricos. El desenfado abunda en la conversación. El ciber es una ventana para comunicarse al mundo; un lugar dónde se amigan soledades virtuales y reales. “Te espero en la vereda”, dice una chica a una compañera de colegio. Afuera, algunos adolescentes se apiñan bajo un toldo. Sus dedos presionan las teclas de los celulares. Un mensaje de texto busca su destinatario. En la vereda bicicletas de todos los tamaños esperan desparramadas, informales, como ellos.
Enfrente sobre mesas redondas y cuadradas, las cartas españolas patinan sobre el mantel o el paño. Como hace tres o cuatro décadas, o más. En el club, retumban voces adultas y risas. Hombres canosos dejan su vida en las partidas de escoba. Se desafían y entretienen su tiempo después del almuerzo y antes de la siesta pueblerina. El fútbol o la política despertarán alguna polémica en las charlas. Y si no existe tema, alguien lo provocara. En su vitrina, el club acumula trofeos. Las paredes muestran fotos en blanco y negro. Equipos de fútbol o jugadores de bochas, recuerdan las competencias ganadas. El olor a comedor invade el ambiente. Los diarios están desparramados sobre el mostrador, juntos a vasos, tazas y sifones revestidos de plástico. El club reunía amigos y complicidades. Alteraba rivalidades lugareñas y generaba hechos sociales. Fomentaba bailes y deportes. La música de las orquestas unió parejas y generó casamientos.
En la esquina, un hombre de 90 años, baja de su bicicleta de ruedas petisas, con dos portaequipajes. Domingo, tiene casi tantos años como la vida del pueblo de Trenel. En el manubrio lleva colgada la bolsa plástica de los mandados con raya de colores verticales. Su tienda ubicada en la esquina de San Martín y 9 de Julio supo ser una de las tiendas más importantes de Trenel. Sus paredes altas están erosionadas. Las persianas metálicas permanecen bajas. En una de las vidrieras cuelgan guardapolvos. La puerta lateral, de dos hojas, sobre la calle San Martín tiene un cartel colgando de un hilo de nylon: “Ya vengo”, dice. A su lado calcomanías publicitan a un calzado infantil. Otra redonda recuerda los cien años de Trenel. “Laferrere Campeón”, dice una alargada, con el escudo del club.
Por dentro los tubos fluorescentes rompen la penumbra. Un largo mostrador soporta la antigua caja registradora, cubierta por un nylon. Las estanterías están semi vacías. Cuando las calles en Trenel eran de tierra y los sulkys quedaban amarrados a las argollas de hierro que aún existen en los cordones, los compradores alzaban su mirada, que se posaba sobre las cajas con sombreros en el último estante. Domingo Rivero recuerda la época con nostalgia y lucidez. Recorre la amplitud de la tienda, de piso de madera, y techo alto del cual colgaban carteles de publicidad de ropa.
Las vitrinas de madera y vidrio ocupaban el centro. Telas, pantalones, camisas, calzado, se ofrecían a los compradores que llegaban desde las localidades vecinas. Los dueños y empleados ofertaban la mercadería vestidos con camisa, corbata y tiradores. “La gente llegaba desde el campo y se hospedaba en los hoteles o las fondas. Después salían de compra”, dice Domingo, cuya tienda esta ubicada a pocos metros de la estación del tren, que ya no tiene campana ni vagones. Ahora es un ropero comunitario. La tienda acumula cajitas con muestras de botones, y perchas vacías. Un almanaque de taco recuerda el día y el año. Cientos de familias se vistieron en la “Tienda Casa Rivero” y pasearon su andar, cuando la avenida San Martín era de tierra y tenía un bulevar, que después se quitó, y ahora dicen va a volver. “Algunas cosas vuelven, pocas”, dice Domingo, que llegó a Trenel con 22 años. Un billete de la Lotería de Uruguay le dejó un buen premio y se trasladó al pueblo junto a parte de su familia. Desde aquel tiempo joven, por casi 70 años, Domingo consumió parte de su vida en la tienda, cuyo nombre asoma borroso en el cartel de la esquina. En una de las veredas, junto a las argollas dónde se ataban los sulkys, un antiguo surtidor a manija, pintado de rojo y blanco, recuerda en su globo superior la marca de un combustible americano.
Mientras, Domingo sube a su bicicleta, los chicos en el ciber, abren fotolog que expresan estados de ánimos, junto a fotografías. “Postearan”, y dejaran sus firmas en otros paginas. Sus mensajes tendrán tantas simplificaciones como dibujos, un código que manejan con facilidad, ajeno a otras generaciones, rompiendo reglas de ortográficas y semántica.
La calle San Martín, a una cuadra de la estación de tren, reúne a chicos que se sumergen el ciber y a los adultos que prefieren la contención del club, tratando de sumar quince, para gritar “escoba”. A pocos metros, un hombre de lente marrones y con gorra, los observa entrar y salir. En la esquina de su tienda quedaron marcadas las épocas, cuando el ciber era un antiguo almacén de ramos generales bautizado con nombre italiano, y en el club sonaba la orquesta para alegrar noches alumbradas por solitarios focos en las esquinas, bajo los cuales se dibujan los juegos en la tierra.
Otros se sumergen en el mundo del chat, jugando con monosílabos, abreviaturas y símbolos, en citas a ciegas. El idioma irrespetuoso y veloz surca el ciberespacio y se mete en otros monitores, quizás de amigos virtuales. Acumulan un listado de contactos con nombres exotéricos. El desenfado abunda en la conversación. El ciber es una ventana para comunicarse al mundo; un lugar dónde se amigan soledades virtuales y reales. “Te espero en la vereda”, dice una chica a una compañera de colegio. Afuera, algunos adolescentes se apiñan bajo un toldo. Sus dedos presionan las teclas de los celulares. Un mensaje de texto busca su destinatario. En la vereda bicicletas de todos los tamaños esperan desparramadas, informales, como ellos.
Enfrente sobre mesas redondas y cuadradas, las cartas españolas patinan sobre el mantel o el paño. Como hace tres o cuatro décadas, o más. En el club, retumban voces adultas y risas. Hombres canosos dejan su vida en las partidas de escoba. Se desafían y entretienen su tiempo después del almuerzo y antes de la siesta pueblerina. El fútbol o la política despertarán alguna polémica en las charlas. Y si no existe tema, alguien lo provocara. En su vitrina, el club acumula trofeos. Las paredes muestran fotos en blanco y negro. Equipos de fútbol o jugadores de bochas, recuerdan las competencias ganadas. El olor a comedor invade el ambiente. Los diarios están desparramados sobre el mostrador, juntos a vasos, tazas y sifones revestidos de plástico. El club reunía amigos y complicidades. Alteraba rivalidades lugareñas y generaba hechos sociales. Fomentaba bailes y deportes. La música de las orquestas unió parejas y generó casamientos.
En la esquina, un hombre de 90 años, baja de su bicicleta de ruedas petisas, con dos portaequipajes. Domingo, tiene casi tantos años como la vida del pueblo de Trenel. En el manubrio lleva colgada la bolsa plástica de los mandados con raya de colores verticales. Su tienda ubicada en la esquina de San Martín y 9 de Julio supo ser una de las tiendas más importantes de Trenel. Sus paredes altas están erosionadas. Las persianas metálicas permanecen bajas. En una de las vidrieras cuelgan guardapolvos. La puerta lateral, de dos hojas, sobre la calle San Martín tiene un cartel colgando de un hilo de nylon: “Ya vengo”, dice. A su lado calcomanías publicitan a un calzado infantil. Otra redonda recuerda los cien años de Trenel. “Laferrere Campeón”, dice una alargada, con el escudo del club.
Por dentro los tubos fluorescentes rompen la penumbra. Un largo mostrador soporta la antigua caja registradora, cubierta por un nylon. Las estanterías están semi vacías. Cuando las calles en Trenel eran de tierra y los sulkys quedaban amarrados a las argollas de hierro que aún existen en los cordones, los compradores alzaban su mirada, que se posaba sobre las cajas con sombreros en el último estante. Domingo Rivero recuerda la época con nostalgia y lucidez. Recorre la amplitud de la tienda, de piso de madera, y techo alto del cual colgaban carteles de publicidad de ropa.
Las vitrinas de madera y vidrio ocupaban el centro. Telas, pantalones, camisas, calzado, se ofrecían a los compradores que llegaban desde las localidades vecinas. Los dueños y empleados ofertaban la mercadería vestidos con camisa, corbata y tiradores. “La gente llegaba desde el campo y se hospedaba en los hoteles o las fondas. Después salían de compra”, dice Domingo, cuya tienda esta ubicada a pocos metros de la estación del tren, que ya no tiene campana ni vagones. Ahora es un ropero comunitario. La tienda acumula cajitas con muestras de botones, y perchas vacías. Un almanaque de taco recuerda el día y el año. Cientos de familias se vistieron en la “Tienda Casa Rivero” y pasearon su andar, cuando la avenida San Martín era de tierra y tenía un bulevar, que después se quitó, y ahora dicen va a volver. “Algunas cosas vuelven, pocas”, dice Domingo, que llegó a Trenel con 22 años. Un billete de la Lotería de Uruguay le dejó un buen premio y se trasladó al pueblo junto a parte de su familia. Desde aquel tiempo joven, por casi 70 años, Domingo consumió parte de su vida en la tienda, cuyo nombre asoma borroso en el cartel de la esquina. En una de las veredas, junto a las argollas dónde se ataban los sulkys, un antiguo surtidor a manija, pintado de rojo y blanco, recuerda en su globo superior la marca de un combustible americano.
Mientras, Domingo sube a su bicicleta, los chicos en el ciber, abren fotolog que expresan estados de ánimos, junto a fotografías. “Postearan”, y dejaran sus firmas en otros paginas. Sus mensajes tendrán tantas simplificaciones como dibujos, un código que manejan con facilidad, ajeno a otras generaciones, rompiendo reglas de ortográficas y semántica.
La calle San Martín, a una cuadra de la estación de tren, reúne a chicos que se sumergen el ciber y a los adultos que prefieren la contención del club, tratando de sumar quince, para gritar “escoba”. A pocos metros, un hombre de lente marrones y con gorra, los observa entrar y salir. En la esquina de su tienda quedaron marcadas las épocas, cuando el ciber era un antiguo almacén de ramos generales bautizado con nombre italiano, y en el club sonaba la orquesta para alegrar noches alumbradas por solitarios focos en las esquinas, bajo los cuales se dibujan los juegos en la tierra.
lunes, 25 de febrero de 2008
La ventana indiscreta
La presencia del cabo Arnaldo Ríos todas las noches esperando a su nueva novia en la vereda del negocio de la verdulería alteró la tranquilidad del barrio. Cuando la luz del día se desvanece, suele amarrar su bicicleta al cordón y comienza la guardia. Espera que ella entre los tres cajones de frutas y salen juntos por la ancha avenida. Yo los observo desde unos quince metros a través de mi ventana, pero también los escucho. Imposible no oír esa voz alborotada de la adolescente novia del uniformado que reclama casamiento.
Quizás las cortinas oscuras de mi ventana puedan ser el telón imaginario de un teatro pueblerino, donde la obra a estrenar cuenta la historia de una pasión amorosa que se desató de la noche a la mañana, con escándalo incluido. Allí estarían como actores principales, el cabo y la verdulera. Claro, que también habrá actores secundarios ocupando el lugar de despechados y las comadres del pueblo desparramando versiones casi todas falsas como dañinas.
Para los pobladores de la cuadra es casi como vivir en un country con seguridad privada. Nunca vieron pasar la camioneta de la policía tantas veces por la misma calle. No es el único vehiculo que repite su andar por la calle frente a mi ventana. Los colectivos la eligieron para poder ingresar a la Terminal ubicada en el centro del pueblo, frente a la plaza. El ruido de los motores me es familiar y hasta conozco cuando llegan demorados, algo casi habitual. Tan habitual como los movimientos de la vecina de la casa de enfrente, sacando el tarro plástico blanco con la basura. Justo después de las ocho. Luego el sonido de la persiana me indica que la ventana se cerró. Ella me suele observar con detenimiento los domingos cuando por la mañana barre la vereda y yo semi vestido, salgo a buscar el diario. Pocas palabras hemos intercambiado en los últimos meses, salvo el saludo de rigor.
Muchas veces cuando el cansancio de estar frente a la computadora se apodera de mí, miro hacia la calle como descansado la mirada en otra parte. El paisaje me es conocido. Los ciclistas, los que salen a caminar para mantener una buena salud, los autos…las camionetas.
La ventana me devuelve fotografías similares todos los días. Pero algo extraño pasó en las últimas semanas. Y nada tiene que ver con el romance entre el policía Reyes y la adolescente que, tanto preocupa al pueblo. Cuando miro en profundidad por la ventana, la calle asfaltada vuelve a ser de tierra, los cordones pintados de blanco para la fiesta del pueblo no están y la iluminación desaparece. Y por allí, con andar cansino como cargando la vida lo veo a él. Camina por el medio de la calle con un poncho en el hombro para protegerse del viento frío de agosto. Va hacia el hospital como todos los días. Y al llegar a la avenida cruzará la vía para luego entrar por el camino rodeado de eucaliptos. Lo veo pasar siempre y aunque lo conozco no me saluda. Su casa está cerca, a la vuelta de la esquina. Somos vecinos en tiempos diferentes. Siempre espero que se de vuelta para mirarme. Espero un gesto, un breve saludo, pero no ocurre. Entonces me doy cuenta que los recuerdos del abuelo entraron de nuevo por la ventana y yo vuelvo a conversar con el silencio.
Quizás las cortinas oscuras de mi ventana puedan ser el telón imaginario de un teatro pueblerino, donde la obra a estrenar cuenta la historia de una pasión amorosa que se desató de la noche a la mañana, con escándalo incluido. Allí estarían como actores principales, el cabo y la verdulera. Claro, que también habrá actores secundarios ocupando el lugar de despechados y las comadres del pueblo desparramando versiones casi todas falsas como dañinas.
Para los pobladores de la cuadra es casi como vivir en un country con seguridad privada. Nunca vieron pasar la camioneta de la policía tantas veces por la misma calle. No es el único vehiculo que repite su andar por la calle frente a mi ventana. Los colectivos la eligieron para poder ingresar a la Terminal ubicada en el centro del pueblo, frente a la plaza. El ruido de los motores me es familiar y hasta conozco cuando llegan demorados, algo casi habitual. Tan habitual como los movimientos de la vecina de la casa de enfrente, sacando el tarro plástico blanco con la basura. Justo después de las ocho. Luego el sonido de la persiana me indica que la ventana se cerró. Ella me suele observar con detenimiento los domingos cuando por la mañana barre la vereda y yo semi vestido, salgo a buscar el diario. Pocas palabras hemos intercambiado en los últimos meses, salvo el saludo de rigor.
Muchas veces cuando el cansancio de estar frente a la computadora se apodera de mí, miro hacia la calle como descansado la mirada en otra parte. El paisaje me es conocido. Los ciclistas, los que salen a caminar para mantener una buena salud, los autos…las camionetas.
La ventana me devuelve fotografías similares todos los días. Pero algo extraño pasó en las últimas semanas. Y nada tiene que ver con el romance entre el policía Reyes y la adolescente que, tanto preocupa al pueblo. Cuando miro en profundidad por la ventana, la calle asfaltada vuelve a ser de tierra, los cordones pintados de blanco para la fiesta del pueblo no están y la iluminación desaparece. Y por allí, con andar cansino como cargando la vida lo veo a él. Camina por el medio de la calle con un poncho en el hombro para protegerse del viento frío de agosto. Va hacia el hospital como todos los días. Y al llegar a la avenida cruzará la vía para luego entrar por el camino rodeado de eucaliptos. Lo veo pasar siempre y aunque lo conozco no me saluda. Su casa está cerca, a la vuelta de la esquina. Somos vecinos en tiempos diferentes. Siempre espero que se de vuelta para mirarme. Espero un gesto, un breve saludo, pero no ocurre. Entonces me doy cuenta que los recuerdos del abuelo entraron de nuevo por la ventana y yo vuelvo a conversar con el silencio.
viernes, 22 de febrero de 2008
Viernes negro
El viernes amaneció lluvioso y las calles mostraban el agua acumulada en los cordones. La gente saltaba charcos para poder cruzar de vereda a vereda. Las nubes grises cubrían la ciudad. Algunos corrían. Hacía el mediodía el cielo se oscureció por completo, preciso instante que algunos partían de vacaciones; otros regresaban.
En un momento, una de las rutas que cruzan la llanura pampeana se convirtió en un campo de lápidas y cruces. La noticia sacudió. Sobre el asfalto, a pocos kilómetros de General Pico, mueren 4 niños por un choque desgraciado. Junto a ellos cuatro adultos dejan la vida y se sumergen en la eternidad. La muerte en auto parece no tener freno.
La ciudad se sacude y sus calles se llenan de ausencia. El dolor se nota en las conversaciones en voz baja, las cabezas gachas, los ojos irritados de hombres canosos. Familias destrozadas, abuelos sin nietos, tíos sin sobrinos. Hermanos acompañados solo por la tristeza. Y la ausencia que, estará presentes en aulas o en mesas de café de amigos.
El día sigue oscuro. Y la lluvia no cede. La conmoción entre los vecinos se expresa entre plegarias y abrazos. Cuando la luz del sol se desvanece, en otra ruta pampeana, cerca de un pequeño pueblo llamado Pichi Huinca, dos automóviles paran en la banquina. Sus ocupantes intercambian bolsos y se saludan. Son familiares que decidieron encontrarse en ese lugar. En un momento, en otro breve instante, un viejo automóvil los choca de manera incomprensible. Una abuela y su nieto mueren. Los demás quedan heridos, entre ellos dos niños. Más cruces, otras lápidas. Todo se vuelve más sombrío.
El luto envuelve a familias de ciudades y pueblos pampeanos. En las rutas quedan las marcas de vidas incipientes, adolescentes con sueños, niños dibujando sus primeras palabras, adultos renaciendo al amor, abuelos jugando con nietos. Ya no están. La imprudencia se llevó por delante sus vidas, dejando clavadas las marcas del dolor.
En un momento, una de las rutas que cruzan la llanura pampeana se convirtió en un campo de lápidas y cruces. La noticia sacudió. Sobre el asfalto, a pocos kilómetros de General Pico, mueren 4 niños por un choque desgraciado. Junto a ellos cuatro adultos dejan la vida y se sumergen en la eternidad. La muerte en auto parece no tener freno.
La ciudad se sacude y sus calles se llenan de ausencia. El dolor se nota en las conversaciones en voz baja, las cabezas gachas, los ojos irritados de hombres canosos. Familias destrozadas, abuelos sin nietos, tíos sin sobrinos. Hermanos acompañados solo por la tristeza. Y la ausencia que, estará presentes en aulas o en mesas de café de amigos.
El día sigue oscuro. Y la lluvia no cede. La conmoción entre los vecinos se expresa entre plegarias y abrazos. Cuando la luz del sol se desvanece, en otra ruta pampeana, cerca de un pequeño pueblo llamado Pichi Huinca, dos automóviles paran en la banquina. Sus ocupantes intercambian bolsos y se saludan. Son familiares que decidieron encontrarse en ese lugar. En un momento, en otro breve instante, un viejo automóvil los choca de manera incomprensible. Una abuela y su nieto mueren. Los demás quedan heridos, entre ellos dos niños. Más cruces, otras lápidas. Todo se vuelve más sombrío.
El luto envuelve a familias de ciudades y pueblos pampeanos. En las rutas quedan las marcas de vidas incipientes, adolescentes con sueños, niños dibujando sus primeras palabras, adultos renaciendo al amor, abuelos jugando con nietos. Ya no están. La imprudencia se llevó por delante sus vidas, dejando clavadas las marcas del dolor.
martes, 5 de febrero de 2008
El supermartes argentino
El “supermartes” no sólo tiene trascendencia en Estados Unidos. Siempre envidiosos, los argentinos tuvimos nuestra versión vernácula. Claro, no vinculada a elecciones internas. Sino a elecciones de vida. 900 pasajeros se subieron a un tren bautizado “El Gran Capitán”. Partieron de Posadas, en la provincia de Misiones, un domingo. Llegaron un martes. Los ocupantes pasaron dos días de sus vidas arriba de vagones, como si fueran parte de un ejercicio de supervivencia. Chicos durmiendo en el suelo. Sin agua potable. Con un pedazo de pan y una feta de fiambre como comida. Ancianos descompuestos, mujeres embarazadas sudando de fiebre. Así soportaron 900 argentinos su viaje por las vías. El tren quedó varado en el medio del campo. Después llegó la frase preferida cuando surge un problema: “en media hora se soluciona”.
Cuarenta y ocho horas después, llegaron un martes a la tarde, cansados y vapuleados. Por los ándenes arrastraron sus pertenencias; en sus caras llevaban las muestras de impotencia y de la ingratitud privatizada.
Cuarenta y ocho horas después, llegaron un martes a la tarde, cansados y vapuleados. Por los ándenes arrastraron sus pertenencias; en sus caras llevaban las muestras de impotencia y de la ingratitud privatizada.
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lunes, 4 de febrero de 2008
El "Pelado Alvarez"

Le gusta vestir de blanco y por eso luce una musculosa. Sus pantalones largos muestran su sello de categoría. Para muchos se convirtió en una celebridad. Otros lo consideran un exponente fashion que nada tiene que ver con el nuevo apodo: “el pelado Alvarez”.
Aún entre rejas no deja de ser un tipo distinto. Una faja le cuelga sobre una de las piernas, y sus pies muestran sandalias chatas. Sigue siendo “Gaby”, como lo llaman amigos y familiares. Está preso. Una tarde de verano en Punta del Este, viajaba junto a su secretario y chofer en un auto importante. Se maneja como se vive, dijo alguien. Terminaron estrellados a un costado de la ruta.
Algunos famosos, montados en cuatriciclos corrieron a ver que pasaba con él. Con Gaby. A pocos metros, sobre el pavimento había dos pibes tirados. Muertos. La moto en que iban, destrozada por el choque.
“Fue Gaby”, dijo su amigo. Gloria Pérez del Cerro, tenía 31 años. Fernando Cichiari, 32. Ya no están. El descontrol del glamour se los llevó por delante.
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