viernes, 24 de agosto de 2007

La casa de paredes grises

Rodrigo corre a buscar su mochila donde tiene los elementos para el jardín de infantes. Saca un cuaderno y muestra sus dibujos. En una de las páginas hay palabras sueltas y números. En otras, la anotación de una partida de cartas que los adultos dejaron estampadas. Rodrigo mete de nuevo su bracito en la mochila para mostrarme su osito y su cepillo de dientes. Ironía de la vida para él cuya casita casi no tiene baño y el agua la sacan de una manguera. Me mira fijo y se sonríe. Habla sin parar. Aún en la pobreza extrema se muestra alegre.
La casita donde vive Rodrigo junto a sus hermanos y primitos tiene las paredes oscuras. El lugar está en penumbras porque están sin energía eléctrica. No tienen luz ni ventanas. En una de las paredes está colgado un afiche de Jesús con sus manos abiertas. Parece estar implorando o suplicando.
La mujer que me abrió su casa me cuenta que tiene tres hijos y está sin trabajo. Su hermana tiene 27 años y vive con ella en ese diminuto sitio. No puede trabajar porque está enferma. Tiene dos hijos. Las dos madres y sus cinco hijos duermen apilados en la única habitación. La abuela de los niños, también.
El hermano mayor de Rodrigo tiene 7 años, pero es más petiso que él. El otro está en brazos de su mamá. En la casa hay sólo mujeres y chicos. No hay hombres. Una de las primas de Rodrigo tiene su nariz apestada y los labios resquebrajados. Necesita ir al médico al día siguiente por una quemadura en su cabecita.
Su mamá me cuenta sobre sus problemas neurológicos y del padre de sus 2 hijos que vive en otro pueblo y los visita poco. Uno de los nenes me muestra las zapatillas gastadas que le recuerdan a su papá, mientras otro reclama por un poco de leche. Alimento necesario que deben ir a buscar al hospital. Me hablan y escucho. Siento que sólo eso puedo hacer.
Por mi cabeza resuenan las palabras del vecino que me alertó sobre la situación de indigencia de esa familia. En su boca las palabras describiendo la situación sonaron angustiantes.
En la habitación contigua una salamandra desprende algo de calor. Los agujeros en techo de chapas me dejan ver el cielo. No puedo soportar el olor. Trato de disimular, me avergüenzo. Busco aire fresco que me permita hablar en forma natural.
Una antigua cocina sin perillas y una garrafa, junto a una mesa y dos sillas sin respaldo es todo el mobiliario que tienen. Todo es tan gris como sus vidas. El encierro me ahoga. La única puerta de la casa es de chapa a la que le faltan los vidrios. Los agujeros están tapados con bolsas de residuos negras.
Una de las mamás recorre el terreno conmigo. Hay algo de leña en el suelo. A poca distancia un baño. Una construcción de dos metros cuadrados con una letrina, y una improvisada puerta de madera. Más allá, un alambre sostenido por dos palos es el tendal para la ropa que lavan a mano.
El viento frío sacude las ramas de los eucaliptos y sus hojas caen sobre el piso de tierra. En la misma manzana hay estacionados modernos equipos para el campo. De esos que se conducen por sistemas computarizados para sembrar trigo, soja o maíz.
A poca distancia de la casa de paredes grises hay un barrio y unas cuadras más allá la municipalidad. Pensé cómo en un pueblo que tiene un frigorífico modelo, el tambo más moderno de Latinoamérica y miles de hectáreas que generan alimentos, cinco chicos no tengan que comer.
Sobre la noche, los platos hondos celeste con algo de guiso es la cena tempranera iluminada por dos velas. Cada niño bebe agua en vasos distintos y comparten hasta las cucharas. Después los espera la habitación oscura dónde buscarán algo de descanso y un poco de calor entre las frazadas prestadas.
Me voy caminando los casi 50 metros que separan la casita de la calle de tierra. En mis ropas llevo impregnado el olor a orín y a humo. Me voy pensando en la imagen del afiche de Jesús implorando y me preguntó dónde está Dios que no ve a esos niños. Me voy preguntando dónde están los gobernantes.
A cuatro cuadras de la municipalidad de Trenel, un pueblo ubicado en la llanura pampeana, el hambre golpea todos los días en una casita de paredes grises sin ventanas. Parece que nadie se dio cuenta. Y siento que la penumbra nos invadió a todos.

jueves, 31 de mayo de 2007

Trenel, el pueblo de calles anchas

El día recién asoma en el pueblo de Trenel y el aire huele a tierra mojada, a rosas y fresnos. En una casa bajita una señora coloca una silla en la vereda y sobre ella un jarro de aluminio. Sabe que en algún momento pasará como todos los días el lechero con su carro. A 50 metros, los galpones de chapas del ferrocarril lucen abandonados y sin vida. En la esquina de la estación de servicio Shell dos vecinas conversan en voz alta. Llevan en la mano sus bolsas plásticas para hacer los mandados.
Los rayos del sol alumbran la espalda de la iglesia San Antonio de Padua, y los habitantes principales de la mañana son los escolares que llegan al colegio de la calle Devoto. Lo hacen caminando o en bicicleta y con cierto aire de desgano.
Algunos chacareros recorren las calles anchas del pueblo en sus camionetas rumbo a sus campos. Muchos llevan perros en la parte de atrás de sus vehículos. Dos, tres o más.
A esa hora temprana ya hay un montón de autos mal estacionados. En el pueblo pocos conductores respetan las reglas de transito. Por la calles no sólo circulan camionetas, motos, camiones, autos y bicicletas. El pavimento también es ocupado por los habitantes que caminan por las calles y no por las veredas.
En Trenel, no hay casas altas. El antiguo edificio del Banco de Italia es ahora un teatro; donde estaba la municipalidad, hay una fachada restaurada; el viejo Prado español es un lugar que ya no está y la esquina de la Sociedad Italiana es un pub.
El pueblo tiene dos accesos, por los cuales circulan los obreros que desafían la madrugada para ir a trabajar al frigorífico y por dónde la gente camina para adelgazar. La comida abundante es parte de la cultura del pueblo, como los chacinados caseros.
La lluvia, como la bombilla y el mate, es tema obligado de conversación. Trenel, está rodeado de miles de hectáreas que en una época invadían avestruces, pumas, caballos salvajes y guanacos. Hoy conviven la soja, el ganado vacuno y un tambo lechero. Toda la actividad económica depende del clima.
Aunque en un tiempo se organizaba la Fiesta Provincial del Arbol muchos vecinos sacaron sus plantas de las veredas y colocaron arbustos.
La estación de trenes con sus vías abandonadas y andenes vacíos, es el símbolo de nacimiento del pueblo y todavía se discute el significado de su nombre. Trenel también tiene sello inglés. En el cambio manual de vías sus letras en relieve dice “Rail Way Signal Company. Liverpool. England”.
Desde el tren y sus vagones con asientos de madera descendieron cientos de inmigrantes para poblar el suelo inhóspito hace cien años. Un sólo pozo de agua con un molino, y un caserio precario de casas de adobe formaban el pueblo. Españoles e italianos piamonteses, levantaron paredes y vidas familiares, mientras por las calles de tierra rodaban con el viento los cardos rusos. Los caballos y sulkys aparcaban frente a las fondas, y las casas de ramos generales vendían desde yerba y azúcar hasta herramientas.
En el Trenel de los primeros años las luces se encendían hasta la medianoche, y las bebidas se enfriaban en el agua de los aljibes. Sólo una lamparita alumbraba las esquinas donde los chicos saltaban la rayuela dibujada en el piso de tierra, mientras los policías a caballo hacían sus rondas. Después, el silbato de la usina anunciaba que se apagaban las luces y la oscuridad regresaba a los hogares y a las calles.
Los bolseros llenaban los galpones del ferrocarril y unos pocos autos levantaban polvareda. Al ritmo de las cosechas creció el pueblo. Los avatares del clima y de la economía produjeron olas de emigración. Cuando la pobreza arrasaba los hombres se iban a los bosques de caldenes para hachar leña.
Ahora, los montes casi han desaparecido. Y las fondas también. Los ciber son el nuevo lugar de encuentro de los jóvenes; antes eran los clubes. Mientras los adolescentes ocupan las computadoras y sus miradas se sumergen en el monitor, enfrente y a la vuelta de la esquina, los que ya no son jóvenes juegan a las cartas. Por un rato será el entretenimiento antes de la siesta.
Cuando la tarde imponga su hora la plaza reunirá a jóvenes. Y cuando la noche atrape al pueblo, las luces casi naranjas del alumbrado público se encenderán en forma automática. Después, el sueño acompañará el descanso de cada habitante hasta que el sonido de un camión o algún tractor circulando por las calles anchas vuelvan a despertar al pueblo. Entonces, la señora, sabrá que es hora de sacar el jarrito para la leche.

lunes, 14 de mayo de 2007

Trenel, heredero de la nobleza de un conde

El pueblo tiene origen noble, quizás porque un Conde lo fundó cuando el año 1906 se consumía entre el rojo calor del sol de octubre sobre sus calles anchas. Su nombre no tiene un solo significado y aún se discute por él. Origen indígena para algunos; relacionado con la historia pampeana, para otros. Tal vez una leyenda, dicen otras voces. Lo cierto es que Trenel, pueblo enclavado en el norte de La Pampa, a 120 kilómetros de Santa Rosa, capital de la provincia, tiene tonada francesa en sus seis letras, aunque su población se nutrió en sus orígenes de italianos llegados del Piamonte y de españoles venidos de Galicia. Las vías del tren trazadas por los ingleses ya hacía tiempo que estaban por allí, aunque hoy lucen tristes. La antigua Estación del Ferrocarril fue pintada para la fiesta, pero ya no hay pasajeros sobre el andén. En tren, había llegado el Conde Devoto hasta el Meridiano V, donde descendió. Dicen que venía acompañado de sus tres hermanos y de un gran auto que fue desembarcado en el lugar. Luego emprendieron camino hasta llegar a Trenel. Su inmensa riqueza lo hizo comprar casi 400 mil hectáreas de campo.
Es una porción de esas tierras creció el pueblo. Devoto, que durante 35 años fue presidente del Banco Italia y Río de la Plata en la Argentina, y cuya fortuna era una de la más sólidas de Sudamérica abrió una sucursal en el pequeño pueblo, justo enfrente de la estación. No era casual. Comparada la producción de Trenel con la del total del país en 1910, se concluye que por cada 1.000 toneladas producidas ese año en toda la República, 20 procedían de las Colonias Trenel. El pueblo crecía al ritmo de las cosechas y en los galpones del ferrocarril cientos de hombres cargaban bolsas. Del tren de pasajeros, que llegaba tres veces a la semana procedente de Once, seguían desembarcando hombres y mujeres con grandes valijas y baúles. Las palabras sonaban en distintos idiomas y las letras de las cartas eran esperadas con ansiedad. En el medio, cientos de historias familiares truncas. Lágrimas por las guerras en tierras lejanas. Tristezas propias cuando el mal clima o el mal gobierno destruían las economías hogareñas. Las fondas eran el refugio para la alegría o el olvido. La música del acordeón sacudían las profundas noches que se iluminaban hasta una hora después de la medianoche. Después el silencio y la ronda nocturna de los policías a caballos. El Conde no volvió más al pueblo. Su impronta quedó estampada en los edificios, en la Terza Italia de la cual fue socio fundador y también en la iglesia, ya que su segunda esposa donó los fondos para construirla. Un gran cuadro pintado por Luis Boni, descansa sobre una de las paredes de la Casa de la Cultura del pueblo. En el se puede observar a Antonio Devoto en los trigales de Trenel, según reza la descripción. Que Luis Boni haya pintado ese cuadro no es casualidad. Era uno de sus artistas preferidos y quien pintó los frescos de la Basílica San Antonio de Padua en Villa Devoto. En esa iglesia, descansan los restos de Antonio Devoto y su cuerpo está en una cripta de estilo napoleónico. A 100 años de su fundación el pueblo de Trenel mantiene sus calles anchas, el antiguo Banco de Italia es hoy una sala de teatro, y en los galpones del ferrocarril ya no hay bolseros. Mientras tanto, sus pobladores esperan la fiesta por los 100 años que se cumplirán el 20 de octubre de 2006. Dicen que en ese mes el sol y el aire claro se enciende como fuego de brasas y el viento acerca el aroma a cosecha. También dicen que la nobleza anida en cada hogar, y que eso no es vanidad, es legado de un Conde.

El árbol de la memoria

En Trenel crece el Arbol de la Memoria

Rodeado de palmeras, rosas y un sauce llorón, a pocos metros del Monumento a la Bandera y el busto al General San Martín, se encuentra este ceibo, único árbol de la plaza principal de Trenel que se destaca por tener un monolito blanco con tres placas a sus pies.
El día que lo plantaron corría un frío helado que perforaba la piel y paralizaba corazones mientras el cielo se tornaba oscuro. Una mujer de 80 y pico de años caminó con lentitud hacia el lugar donde debía plantar el retoño traído desde el jardín de su propia casa apoyada en su compañero de toda la vida. Los rostros de los presentes trasmitían sentimientos de admiración, de dolor, de tristeza profunda. Hombre grandes, mujeres jóvenes, adolescentes con guardapolvos, niños en brazos de sus padres formaban parte de la muchedumbre.
Primeros fueron sus manos la que tomaron la pala para arrojar algo de tierra, luego lo hizo él, y después muchas manos más compartieron la ceremonia llena de emotividad. Habían pasado casi 30 años de silencio, dolor y padecimientos. Esa tarde, esas manos, que impresionaban por su fortaleza, no temblaron a pesar de su edad. Aún muchos ojos seguían hinchados por el llanto espontáneo. Despacio, muy despacio, vecinos, docentes, amigos, políticos rodearon a estos padres que con entereza envidiable soportaron los años de indiferencia y ahora estaban allí para recordar lo que muchos quisieron hacer olvidar. Uno a uno fueron tomando la pala para ayudar a plantar el ceibo y enterrar la apatía. Las nubes grises comenzaron a despedir una leve llovizna. Ellos dos permanecían firmes recibiendo abrazos silenciosos que, quizás, pedían perdón. Las manos de esa madre se elevaron un poco para secarse las lágrimas. Un día, esas mismas manos ataron un pañuelo blanco para colocarlo sobre su cabeza para pedir por su hija. Manos que habían preparado la comida favorita de su hija y abotonado su guardapolvo para ir a la escuela caminando por la plaza. Cuantas veces la habrá cruzado llevando el portafolio marrón que aún está guardado en algún rincón de la casa que no alcanzó a conocer
Cuando el silencio se hizo más profundo, una voz rompió la tarde con un grito: ¡Liliana Molteni, presente! Y otras voces respondieron: ¡ Ahora y siempre!.
El cielo se terminó de oscurecer, la llovizna se convirtió en lluvia, y la tristeza terminó de invadir las calles. El árbol de la memoria como lo bautizó esa madre, ya estaba plantado. Y a pesar de no ser la época, a las pocas semanas dio los primeros brotes, señal de las buenas raíces y los buenos cuidados. Esa madre, esa mujer, nunca dudó que el árbol crecería. Y cuando puede camina desde su casa hasta la plaza. Con sus manos coloca tres pequeñas flores en el monolito que recuerda a su hija desaparecida en junio de 1976. A pocos metros, el ceibo, que venció el mal clima y la indiferencia ciudadana, la acompaña en la ceremonia intima de rendir tributo a quién no está.