domingo, 4 de julio de 2010

El olor de la vejez

Dominga tiene 98 años y parece conocer todas las leyes de la vejez. Esta mujer de pelo corto y ojos de porcelana susurra cada palabra al repasar una vida donde el dolor familiar la emboscó cuatro veces. Recuerda que nació el 31 de marzo de 1912, el mismo día que el Titanic realizaba su viaje de prueba, para preparar la pomposa travesía hacia la América. En otra América, la pequeña localidad bonaerense que limita con La Pampa nació Dominga. Allí se casó muy joven cuando un destello de amor le atravesó el corazón. Tres hijos nacieron del matrimonio, pero un mal trueno la sacudió a los 27 años, cuando le comunicaron la muerte de su esposo. Viuda, joven y con niños de 10, 9 y 6 años debió sortear la bruma del sufrimiento.
Alzó sus chicos y partieron hacia La Plata, en busca de otros aires. “Yo quería que estudien o aprendan un oficio, para formarse en la vida”, dice Dominga, una de las 43 personas – 19 mujeres y 24 varones- que están en el Hogar de Ancianos “Don Bosco” de esta ciudad. Muchos los llaman abuelas o abuelos por puro cariño, pero la Organización Mundial de la Salud recomiendan llamarlos “adultos mayores”,  que es como se debe denominar a quienes han cruzado la marca de los sesenta años. A esta institución, creada por la obra salesiana hace más de medio siglo, muchos han llegado por su propia voluntad. Algunos convencidos por hijos o sobrinos. Otros por las razones de la soledad.
Con el paso del tiempo, la zancadilla que generan las adversidades pareció ensañarse con Dominga. Rompiendo las leyes que los hijos deben enterrar a sus padres debió asistir a la muerte de cada uno de ellos, que se fueron jóvenes. Cada recuerdo deja rastros de lágrimas en sus ojos. A pesar de su casi centenaria vida, mantiene la lucidez y la libertad para los movimientos. Sólo se ve afectada por una visión dañada y gastada. Cuenta que le gusta caminar y quedarse en la habitación compartida. Ese lugar de cuatro paredes donde se atesoran las pertenencias: Dos o tres mudas de ropas, imágenes de la Virgen o de Jesús. También, fotografías de cada anciano con familiares y amigos. O regalos que duermen de día en sus almohadas.
Alrededor de Dominga se mueve el personal del Hogar de Ancianos: cocineras, asistentes, enfermeras, mucamas, lavanderas. En total 16 colaboradores. También un plantel completo de profesionales, desde médicos hasta kinesiólogos. En las paredes cuelgan retratos de Juan Pablo II. En tres sillas, una al lado de la otra como butacas de cine están sentadas otras mujeres.  A pocos metros, alrededor de una mesa redonda una abuela acerca el diario hasta rozar casi los lentes. Su compañera permanece entretenida con un jarro y una cuchara. El sonido del televisor rompe el silencio y se mezcla con la voz de un locutor de radio. Una mucama acomoda tazas en un mueble. 
Dominga cuenta que recibe algunas visitas. Que le gusta el desayuno y las meriendas, tanto como añora las novelas. Antes de ingresar al hogar vivió en una casa de las calles 26 y 33 de General Pico, ciudad a la que retornó hace tres décadas. Ahora espera por un día otoñal, para pasear por el parquecito con palmeras.
De los cuarenta y tres ancianos que hay en el hogar muchos tienen problemas para desplazarse. Algunos cruzan las salas y pasillos en sillas de ruedas. Otros acuden a un bastón para evitar caídas. Quienes los cuidan  saben que el trabajo con los músculos es una labor tan importante como la de mantener arriba el ánimo: cuando el entusiasmo se apaga, el organismo empieza a desconectarse por partes. Relevante como moverse es ejercitar la memoria, por eso se proponen actividades que ayuden al desarrollo mental. 

Amor adulto. “Yo vine solito”, dice Francisco García, a quien todos llaman “Pancho”. Tiene 87 años y una sonrisa permanente. Hace casi una década decidió abrigarse en el Hogar y compartir sus días en la ensenada de la vejez. Aquel día que cruzó el umbral, un 13 de mayo, Pancho lo recuerda como si fuera una fecha de cumpleaños. Cuenta que nació en Quemú Quemú y que conformaron una familia de cinco hermanos. Trabajó en el campo. Hizo de peón y más tarde de contratista rural. “Me gustaba trabajar con la herramientas”, recuerda. Pancho asegura que llegó al Hogar de Ancianos por “propia voluntad” y que se siente “muy acompañado”. En su relato traza una línea de distinción entre sus amigos y los “compañeros del hogar”. Dice que se levanta a las cinco de la mañana, que ayuda a preparar el mate y colabora para organizar las mesas para el desayuno. Con serenidad acepta los designios de la vejez, mientras con su mano izquierda juega con una gorra. Pancho nunca se casó. Se mantuvo soltero, pero no lejos del amor. Un sentimiento que renació en la adultez, marcada por los cabellos blanquecidos. Fue una tarde en la que Pancho descubrió que florecía una especie de juventud otoñal al escuchar el buen humor de Blanquita, una mujer sensible de 94 años, para quien él sólo tiene palabras tiernas. “Yo acá la paso muy bien, me gusta como me tratan; la comida es rica y abundante. Las enfermeras son muy atentas”, dice Pancho. Luego recuerda que antes colaboraba arreglando secadores de pelo y otros elementos caseros que se rompían. La visita de sus sobrinas le alegra más algunos días, mientras lucha contra la erosión de la memoria, que provoca los años. En torno a Pancho hay otros hombres. Muchos entretenidos con las imágenes de la televisión. Otros con unas ganas irremediables de hablar y contar cosas. Quizás, de la época de los valses en los clubes y el tumulto de parejas ruborizadas. O de los recuerdos de familia. En la contención del Hogar de Ancianos cuarenta y tres adultos mayores comparten sus horas, cada uno interpretando las leyes que la vejez de manera inexorable alumbra.     

lunes, 21 de junio de 2010

A la espera de la libertad, en el palomar

El detenido Carlos F. cumple sus días de condena en el Correccional Abierto de la Unidad 25, al que define como un palomar. La asociación no es caprichosa con esa ave que vuela y retorna. Los internos tienen libertad para moverse, ir a trabajar o para estudiar, pero siempre hay que regresar. El detenido (su nombre fue modificado por una cuestión legal) cumple el último año de una sentencia por “robo calificado”. Pero, por sus andanzas anteriores ya conocía la cárcel, el sonido de las puertas de rejas y el calzar de las esposas en las muñecas. Según sus cómputos, ocho años de su vida los pasó en celdas. “Buscaba plata fácil”, admite.
Carlos F. es un muchacho joven de 30 años, de ojos grandes, pero sin brillo. A la entrevista se presenta prolijo y educado, con ropa deportiva. De todos los internos, fue uno de los pocos que se animó a contar su historia de desaciertos y abandonos.
Nueve hermanos formaron parte de su familia, que se criaron en el barrio Rucci, de General Pico. Uno de ellos terminó trágicamente muerto. Otros también caminaron por la senda de los ilícitos. Su mamá es la persona a la que más nombra durante el reportaje. “Es a la única mujer que escucho”, dice Carlos que, por otra parte, está intentando reestablecer alguna relación más fluida con su padre biológico, al que ve “algunas veces al año”.
Carlos no terminó la escuela primaria, educación básica que completó en prisión. En su infancia tiene como referencia adulta a quien era su padrastro. Una familia numerosa, que convivía en pocos ambientes y que padecía necesidades cotidianas, al extremo. “Me sentía desatendido, discriminado, como si fuera poca cosa”, cuenta Carlos cuando sale de esa guarida hecha de miedos, que parece ser más sórdida que la cárcel.

Cuchetas. Una Escuela Hogar fue el sitio donde Carlos F. fue alojado, para poder encontrar contención social. Allí conoció el régimen de las comidas compartidas codo a codo bajo el aroma de las sopas, el descanso en cuchetas crujientes y las clases rigurosas de lunes a viernes. Pero, fuera de esos muros Carlos F. se rodeo de “malas juntas”, que poco a poco lo acercaron al mundo del delito. Al de la “plata dulce”. Desarrolló como cualidad personal el poder la palabra y la comunicación de la calle. Asegura que hacía de intermediario de cosas robadas. Más tarde se dedicó a robar, aunque aclara que “nunca” uso un revolver. Se fue haciendo conocido. La Policía le puso el ojo. Lo atraparon de joven. Recuperó la libertad y volvió a las malas artes y a la bruma. Parecía no tener familia ni un oficio para defenderse en la vida. Y las amistades eran malas amistades que vivían solo del robo. Un infierno. Más pronto que tarde volvió a caer. La última cuando “algo salió mal”, junto a un compinche y una persona terminó herida. Lo condenaron a seis años de prisión de efectivo cumplimiento. Se dispuso que fuera trasladado a la Colonia Penal Unidad 4, de Santa Rosa. De esos años, Carlos F. no tiene buenos recuerdos, como tampoco de la convivencia en los pabellones. Es el momento de la entrevista en que se atrinchera y las palabras salen en cuenta gotas, como texto de un telegrama. 
El cumplimiento de los reglamentos, la disciplina individual y el buen comportamiento, le dio la chance a Carlos de terminar de cumplir su condena en el Correccional Abierto, un edificio que en sus orígenes fue el primer hospital de General Pico.

Culpa. El edificio reúne a 25 internos, todos condenados por diferentes delitos. Desde robos hasta homicidios. Llegan al último estadio de cumplimiento de su sentencia para preparase hacia la libertad. Carlos F. comparte uno de los amplios dormitorios. Bochas, tenis de mesa o partidos de fútbol forman los momentos de recreación. No hay rejas ni muros altos que impidan los desplazamientos. Carlos logró un permiso de salida laboral y cumple tareas de desmalezamiento y limpieza de espacios públicos. Trabaja de lunes a viernes, desde temprano. En el Correccional se cumple con todas las obligaciones que imponen las autoridades, que dependen del Servicio Penitenciario Nacional.
Carlos F. asegura que su “meta” es la libertad y poder “vivir en familia”. Desde hace tiempo recibe asistencia espiritual y acude de manera periódica a la iglesia. “Es muy bueno para mí tener un Pastor al lado mío”, confiesa. Al recordar episodios, no deja de repetir las palabras familia y hogar. Asegura que las visitas al Correccional de su mamá no lo hacen sentir bien, ya que siente culpa. “Soy yo el condenado, no ellos”, afirma. Después cuenta orgulloso que colaboró en la realización de 1000 escarapelas, que se usaron en la última celebración del Bicentenario. Al final de la entrevista dice que tiene claro que para estar bien con los demás, lo primero estar bien con un mismo. “Yo trabajo todos los días por mi libertad y por reintegrarme a la sociedad”, agrega.
Luego se despide y traspasa una doble puerta vaivén, hacia el interior. Lo espera la rutina, las obligaciones y los demás internos. En pocos minutos servirán la cena, los guardias recordarán las normas de convivencia y el cumplimiento de las normas. También, la realización de trabajos sociales para instituciones de la ciudad. A pesar de las controversias, la tarea de re inserción social sigue su curso. Algunos que un día se equivocaron trabajan por otra oportunidad, como Carlos F.    


jueves, 27 de mayo de 2010

Los sonidos del cementerio

Olga pidió cantar por su hija. Se colocó el poncho y abrió la carpeta con la letra de la canción. Los demás integrantes del coro se acercaron a ella, mientras el profesor rasgaba nervioso la guitarra. Cientos de personas estaban en silencio bajo la llovizna. En la penumbra de la capilla, ubicada en la entrada al cementerio del pueblo, el esposo de Olga permanecía parado al lado de urna blanca del tamaño de cuatro cajas de zapatos. Estaba cubierta por la bandera argentina y tenía una rosa encima. Adentro, los huesos de un cadáver encontrado después de 29 años.

miércoles, 17 de marzo de 2010

“¿Nos dijo Kapuscinski toda la verdad?"

La primera biografía del gran cronista y escritor ha armado un gran revuelo en Polonia, donde su viuda intentó sin éxito parar su publicación. El libro pone en duda la veracidad de algunos textos y declaraciones del autor de ‘Imperio’. Julio Villanueva Chang entrevistó a Artur Domoslawski, autor de la obra.




Por Julio Villanueva Chang*. Tomado de elpais.com




A Ryszard Kapuscinski la entrevista le parecía un género despreciable. Se jactaba de nunca haber hecho una. Artur Domoslawski, el reportero de Gazeta Wyborcza que fuera su discípulo y amigo durante los últimos nueve años de su vida, cuenta que cuando Kapuscinski preparaba Imperio, su libro de viajes a la Unión Soviética, alguien le preguntó si quería entrevistar a Gorbachov. “¿Pero de qué voy a hablar con él? ¿De amor?”, dijo. Creía que los políticos nunca le iban a decir la verdad y que no tenía sentido entrevistarlos. Pero a él sí le gustaba que lo entrevistaran. “Una vez me dijo con cierto orgullo que había concedido unas mil entrevistas”, recuerda Domoslawski, quien ha titulado la biografía sobre su admirado amigo Kapuscinski non fiction.



El anuncio de su publicación ha desatado una guerra silenciosa: la viuda de Kapuscinski pidió al tribunal civil de Varsovia que impidiera su difusión. Domoslawski ha vivido los últimos días en el ojo de la tormenta. Ésta podría ser otra entrevista despreciable.



Pregunta. Cuando Kapuscinski murió, aparecieron textos que oscilaban entre la hagiografía y la denuncia póstuma. ¿Cómo escribió la biografía de un personaje que fue su mentor y amigo?



Respuesta. Intenté resolver una serie de preguntas clave para entender a Kapuscinski. Uno: ¿Cómo hizo su carrera de gran reportero en un sistema que no era democrático? ¿Era suficiente tener el talento de reportero y de escritor? ¿O era necesario tener otros talentos como el de un negociador político, el saber convivir con gente extraña y el de tener un buen olfato? Dos: ¿Cómo fue la vida privada de un hombre que creció en medio de una guerra y que después estuvo siempre de viaje? ¿Cómo fue el Kapuscinski hijo, padre, esposo y amante? Tres: ¿Nos dijo siempre toda la verdad de lo que había sucedido y de lo que había sido testigo? ¿O cruzó las fronteras de la ficción vendiendo lo que hacía como periodismo? Había varios temas polémicos por investigar: durante décadas, Kapuscinski creyó en el Partido Comunista de Polonia y construyó su carrera de escritor utilizando su posición privilegiada, no de un modo cínico sino como un creyente de verdad. También colaboró con el espionaje polaco mientras era corresponsal en América Latina y África.



P. ¿Cómo lo conoció?



R. Un día Kapuscinski se apareció en Gazeta Wyborcza y le pidió a mi jefe que nos presentara. Le había gustado un texto que yo había escrito sobre Colombia, acerca de las negociaciones entre las FARC y el presidente Pastrana. Al principio fue más una relación de discípulo-maestro. Pero en poco tiempo se convirtió en una verdadera relación entre dos amigos.



P. ¿Qué problemas de conciencia tuvo al escribir su biografía?



R. Cuando iba descubriendo cosas que aparecían como desfavorables a él, mi dilema era si dejar el trabajo o seguir. Con el tiempo, interioricé todo eso y empecé a dejar de mirar a Kapuscinski como un mito. Se trataba sólo de mirarlo como a un ser humano.



P. ¿Qué diría a quienes, antes de leer esta biografía, le han acusado de oportunista y traidor?



R. No acepto este tipo de acusación. Creo que quien lea mi libro se dará cuenta de que la biografía fue escrita con una enorme simpatía. Kapuscinski me fascina. En primer lugar, porque ayudó a un entendimiento universal de los mecanismos del poder. Kapuscinski no cree que el poder trate del progreso y del bien de la gente, cree que el poder trata sólo del poder, y punto. A pesar de toda su desilusión sobre las revoluciones que vio, fue un simpatizante de los cambios radicales. En segundo lugar, Kapuscinski nos propuso otra lectura sobre los desafíos del mundo de hoy desde la perspectiva de los excluidos: dio voz a los que nadie escucha y habló en nombre de ellos. Era un cronista y abogado de conflictos que nadie parecía advertir ni entender. Nunca compartió el entusiasmo por el capitalismo ni por las ideas de difundir la democracia entre los salvajes. La tercera gran contribución de Kapuscinski fue elevar el reportaje al nivel de la gran literatura. A veces hacía experimentos literarios peligrosos para el periodismo. Es complicado llamar “periodísticas” sus historias, pero en la mayoría de casos son gran literatura. Por eso fue candidato para el Premio Nobel. Su camino es a la vez un gran ejemplo y una gran advertencia: cruzar las fronteras entre los géneros de ficción y no ficción sirve sólo para los cronistas y escritores más honestos y talentosos.



P. ¿Cómo administró todos los rumores sobre él?



R. Verificaba uno por uno. Por ejemplo, se supone, por lo que escribió el mismo Kapuscinski, que se había salvado de ser fusilado en cuatro ocasiones. Hasta donde se sabía, él era el único testigo de lo que supuestamente le había sucedido. Según testimonios que encontré, en uno de esos casos, Kapuscinski no fue el único testigo. En la biografía, no puedo concluir que los otros tres casos en que Kapuscinski dijo que había estado a punto de ser fusilado tampoco fueran verdad porque en estos él fue el único testigo. ¿Era un cobarde para viajar a lugares peligrosos? No. Kapuscinski pasó muchos años viviendo en lugares en los que arriesgaba su vida. Pero también sabía que parte de la literatura son los mitos y leyendas, y que el imaginario del mundo intelectual está repleto de estos sobre escritores. Él se esforzó para fabricar este mito sobre él mismo. Llamar a eso “mentira” incluye un juicio moral que no comparto. La palabra “fabulación” es más justa. Kapuscinski mismo usaba la expresión “intensificar la realidad” para contar lo esencial sobre ella.



P. ¿Cómo quería él que lo viéramos?



R. En un momento de su vida Kapuscinski se dio cuenta de que tenía una experiencia extraordinaria en la comunidad de reporteros internacionales: que fue un gran testigo de la caída del sistema colonial en África, pero que, a diferencia de otros, él estuvo en más lugares y por más tiempo. Se dio cuenta de que fue también testigo de revoluciones, dictaduras, golpes de Estado y toda clase de rebeldías en América y Asia. Se dio cuenta de que estuvo cerca de grandes personajes de todo el mundo, aunque, como se suele creer, no llegó a conocerlos a todos. Lo empezaron a llamar “el reportero del siglo XX”, alguien que durante la segunda mitad del siglo pasado estuvo en todas las partes donde había sucedido algo trascendente, un gran testigo. Quería que pensáramos eso. Dijo que había recorrido la ruta del Che en Bolivia, y a partir de esta frase se creyó que estuvo junto a él. En las portadas de la edición inglesa de La guerra del fútbol y de Ébano se publicitaba que había tenido amistad con el Che o Lumumba. Y Kapuscinski nunca lo corregía ni lo negaba. Cuando Jon Lee Anderson estaba preparando la biografía del Che, le preguntó si lo había conocido y Kapuscinski le dijo que eso era un error de la editorial. Pero pasaban los años y las mismas frases aparecían en las cubiertas de sus libros. Quería que lo viéramos también como a un escritor y, en sus últimos años, como a un pensador.



P. ¿Cómo entender su colaboración con el Servicio de Inteligencia de la Polonia comunista?



R. Para entender el caso de Kapuscinski es justo contextualizar cómo eran durante la guerra fría las relaciones entre el poder y los intelectuales. Fue una época en que los servicios de inteligencia usaban a los periodistas, escritores, científicos y artistas para obtener información. Por su amistad con gente del Partido Comunista pudo haberse negado a colaborar. ¿Por qué no lo hizo? Porque veía a la Polonia comunista como su patria. Era un creyente en el socialismo. ¿Cometió un pecado? Sí. En esa época no lo entendió. Sólo pudo entenderlo años después.



P. ¿Imagina a Kapuscinski acabando de leer su biografía?



R. Si él hubiera escrito una biografía de alguien, lo habría hecho de una manera similar a la mía, pero no sería feliz leyendo la suya. Después del esfuerzo que hizo durante años para esconder cosas de su vida y crear una leyenda, tal vez se molestaría conmigo. ¿Hubiese sido mejor que escribiese su biografía alguien que no lo hubiera conocido y admirado tanto?



*Julio Villanueva Chang es editor de la revista literaria Etiqueta Negra

jueves, 4 de marzo de 2010

El equilibrista

Cuando llegué, ya estaba ahí.

Apoyada contra la pared del bar, tratando de saber, de lejos, si yo era yo.
A medida que me acerqué, la fui descubriendo, marco grueso de anteojos oscuros, arito en la nariz, ropa negra, colgante plateado y sonrisa que sin ver intuí suave y seductora. No me equivoqué.
Yo había llegado tarde, no un ratito, veinte minutos tarde, con una remera negra, arratonada que no se cansa de decirme no era lo más indicado para una primera impresión.
Saludo tímido.
Disculpas por la hora. No pasa nada. No, en serio.
Entramos. Pedimos una cerveza.
Dos equilibristas novatos caminan sobre un cable de acero.
Ella se ofreció a pagar la segunda. Acepté. Ella dice que no debería haber aceptado. Yo digo que ya, en ese momento, sabía que lo menos importante de esa noche era el bolsillo del que saliera la plata para que estuviéramos ahí.
Hablamos. También era periodista. Hablaba menos que yo, lo que no es difícil. Pero mucho menos que yo, al punto que me intrigaba.
Y tuve ganas de darle un beso y no esperé, como dice ella que debería haber hecho, que terminara de hablar, acerqué la cara y se lo di, aunque no sea cierto que los besos se den y se reciban, los besos se comparten.
Abrió los ojos más de lo normal, puso las manos con las palmas hacia delante, como si quisiera detener algo, no a mí: algo. Y, rápido, como disculpándose, tratando de dejar en claro que a pesar de la sorpresa no le había molestado mi beso o, al menos, no tanto, dijo: no me lo esperaba.
Perdón, tuve ganas.
Sonrió, con esa sonrisa que me había imaginado suave y seductora, y compartimos otro beso y otro, y otro, y otro. Y uno de los dos, puedo haber sido yo, compró más cerveza. Y dejamos de hablar.
Nos abrazamos. Así, es más fácil hacer equilibrio.
(de Sueños intanquilos)

jueves, 25 de febrero de 2010

El tren

El tren era el de todos los días a la tardecita, pero venía moroso, como sensible al paisaje.
Yo iba a comprar algo por encargo de mi madre.
Era suave el momento, como si el rodar fuera cariño en los lúbricos rieles. Subí, y me puse a atrapar el recuerdo más antiguo, el primero de mi vida. El tren se retardaba tanto que encontré en mi memoria un olor maternal: leche calentada, alcohol encendido. Esto hasta la primera parada: Haedo. Después recordé mis juegos pueriles y ya iba hacia la adolescencia, cuando Ramos Mejía me ofreció una calle sombrosa y romántica, con su niña dispuesta al noviazgo. Allí mismo me casé, después de conocer y visitar a sus padres y al patio de su casa, casi andaluz. Ya salíamos de la iglesia del pueblo, cuando oí tocar la campana; el tren proseguía el viaje. Me despedí y, como soy muy ágil, lo alcancé. Fui a dar a Ciudadela, donde mis esfuerzos querían horadar un pasado quizá imposible de resucitar en el recuerdo.
El jefe de estación, que era amigo, acudió para decirme que aguardara buenas nuevas, pues mi esposa me enviaba un telegrama anunciándolas. Yo pugnaba por encontrar un terror infantil (pues los tuve), que fuera anterior al recuerdo de la leche calentada y del alcohol. En eso llegamos a Liniers. Allí, en esa parada tan abundante en tiempo presente, que ofrece el ferrocarril Oeste, pude ser alcanzado por mi esposa que traía los mellizos vestidos con ropas caseras. Bajamos y, en una de las resplandecientes tiendas que tiene Liniers, los proveímos de ropas standard pero elegantes, y también de buenas carteras de escolares y libros. En seguida alcanzamos el mismo tren en que íbamos y que se había demorado mucho, porque antes había otro tren descargando leche. Mi mujer se quedó en Liniers, pero, ya en el tren, gustaba de ver a mis hijos tan floridos y robustos hablando de foot-ball y haciendo los chistes que la juventud cree inaugurar.
Pero en Flores me aguardaba lo inconcebible; una demora por un choque con vagones y un accidente en un paso a nivel. El jefe de la estación de Liniers, que me conocía, se puso en comunicación telegráfica con el de Flores. Me anunciaban malas noticias. Mi mujer había muerto, y el cortejo fúnebre trataría de alcanzar el tren que estaba detenido en esta última estación. Me bajé atribulado, sin poder enterar de nada a mis hijos, a quienes había mandado adelante para que bajaran en Caballito, donde estaba la escuela.
En compañía de unos parientes y allegados, enterramos a mi mujer en el cementerio de Flores, y una sencilla cruz de hierro nombra e indica el lugar de su detención invisible. Cuando volvimos a Flores, todavía encontramos el tren que nos acompañara en tan felices y aciagas andanzas. Me despedí en el Once de mis parientes políticos y, pensando en mis pobres chicos huérfanos y en mi esposa difunta, fui como un sonámbulo a la "Compañía de Seguros", donde trabajaba. No encontré el lugar.
Preguntando a los más ancianos de las inmediaciones, me enteré que habían demolido hacía tiempo la casa de la "Compañía de Seguros". En su lugar se erigía un edificio de veinticinco pisos. Me dijeron que era un ministerio donde todo era inseguridad, desde los empleos hasta los decretos. Me metí en un ascensor y, ya en el piso veinticinco, busqué furioso una ventana y me arrojé a la calle. Fui a dar al follaje de un árbol coposo, de hojas y ramas como de higuera algodonada. Mi carne, que ya se iba a estrellar, se dispersó en recuerdos. La bandada de recuerdos, junto con mi cuerpo, llegó hasta mi madre."¿A que no recordaste lo que te encargué?", dijo mi madre, al tiempo que hacía un ademán de amenaza cómica: "Tienes cabeza de pájaro".

Santiago Dabove

miércoles, 17 de febrero de 2010

Para ser periodista

Tomado del blog Mira que te lo tengo dicho, del diario El País.
He estado esta mañana en la inauguración del curso de la Escuela de Periodismo de El País y he escuchado a una muy joven periodista, María Martín, que acaba de terminar el máster y ya empieza a ejercer el oficio. El oficio ya no es lo que era, se dice, y es cierto; mi padre me decía: “No te hagas periodista, que los periodistas siempre andan con los calzones rotos por el culo”.
Me hice periodista. Me haría periodista otra vez, a pesar de que, en efecto, ya las cosas no son lo que fueron; María se lo decía, con un verbo cálido, emocionado, a sus compañeros de máster: ahora hay que trabajar como si todos los días se inventara el oficio; y así es, hay que inventarlo cada día, porque a veces lo dinamitan. Joaquín Estefanía, el director de la Escuela, advirtió, igual que el conferenciante, William Baker, sobre la naturaleza de esa dinamita. El periodismo está acosado por la facilidad con la que se olvida el rigor, la pericia que han hallado fascinerosos de la profesión la obligación del contraste. Aun así, a pesar de esa crisis que ha hecho mella en todos los vectores del periodismo escrito, hablado o televisado, ahora me haría periodista otra vez; sería feliz en esa fila de los nuevos del master, estaría buscando un hueco por el que ir metiendo la cantidad de orgullo del que parte la vocación por contarle a la gente lo que le pasa a la gente. Antes se decía que este es un oficio que uno haría gratis. Lo haría, volvería a las redacciones como si se acabara de inventar el mejor oficio del mundo y yo tuviera ganas de entrar en ese tobogán extraño pero maravilloso. Lo curioso es que ahora parece que muchos querrían que fuera gratis. Decía Juan José Millás ayer en La Vanguardia (recogido por Joana Bonet) que muchos quisieran que los escritores dieran gratis sus textos. Y eso mismo pasa con los que quieren robar lo que otros escriben, colgarlos en sus sistemas de comunicación, y además enrabietarse porque los que son robados quisieran ser pagados. Pero esa es otra cuestión, de la que por cierto habló Baker en la entrevista que hoy publica en El País Carmen Pérez Lanzac. Y de eso habló él mismo en la inauguración de la Escuela de Periodismo, información que seguro que ustedes hallarán en la edición inmediata de nuestro periódico.