martes, 15 de septiembre de 2009

Besar la arena

En la orilla del mar se veían sinuosas y estrechas franjas horizontales. El mundo se reducía a unas cuantas líneas largas y rectas apretadas entre el cielo y la tierra. El misterio del mar no era algo nuevo. Era un enigma conocido que volvía con las olas. Las gaviotas pasaron el verano dando vueltas y vueltas sobre los barcos, burlándose de nuestros vanos intentos de fingir que todo iba bien, que no pasaba nada, que el mundo seguía girando como siempre.

martes, 2 de junio de 2009

Saber decir

SABER DECIR

La mayoría de la gente se enferma de no saber decir lo que ve o lo que piensa. Dicen que no hay nada más difícil que definir con palabras una espiral: es preciso, dicen, hacer en el aire, con la mano sin literatura, el gesto, ascendentemente enrollado en orden, con que esa figura abstracta de los muelles o de ciertas escaleras se manifiesta a los ojos. Pero, siempre que nos acordemos de que decir es renovar, definiremos sin dificultad una espiral: es un círculo que sube sin conseguir cerrarse nunca. La mayoría de la gente, lo sé bien, no osaría definir así, porque supone que definir es decir lo que los demás quieren que se diga, que no lo que es preciso decir para definir. Lo diré mejor: una espiral es un círculo virtual que se desdobla subiendo sin realizarse nunca. Pero no, la definición es todavía abstracta. Buscaré lo concreto, y todo será visto: una espiral es una serpiente sin serpiente enroscada verticalmente en ninguna cosa.

Toda la literatura consiste en un esfuerzo por tornar real a la vida. Como todos saben, hasta cuando hacen sin saber, la vida es absolutamente irreal en su realidad directa; los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intransmisibles todas las impresiones salvo si las convertimos en literarias. Los niños son muy literarios porque dicen como sienten y no como debe sentir quien siente según otra persona. Un niño, al que una vez oí, dijo, queriendo decir que estaba al borde del llanto, no “tengo ganas de llorar”, que es lo que diría un adulto, es decir, un estúpido, sino esto: “Tengo ganas de lágrimas” Y esta frase, absolutamente literaria, hasta el punto de que resultaría afectada en un poeta célebre, si él la pudiese decir, alude decididamente a la presencia caliente de las lágrimas rompiendo en los párpados conscientes de la amargura líquida. “Tengo ganas de lágrimas! “Aquel niño pequeño definió bien su espiral.

¡Decir! ¡Saber decir! ¡Saber existir por medio de la voz escrita y la imagen intelectual! Todo esto es cuanto la vida vale: lo demás es hombres y mujeres, amores supuestos y vanidades falsas, subterfugios de la digestión y del olvido, gentes que se agitan, como bichos cuando se levanta una piedra, bajo el gran pedrusco abstracto del cielo azul sin sentido.

Fernando Pessoa

lunes, 11 de mayo de 2009

El puto cordel en el cuello

A veces los dedos mayor y pulgar resbalan por ambos lados de los cristales para desparramar el líquido limpiador, en un movimiento horizontal que luego da paso a un papel absorbente que secan las últimas gotas. Otro día, es un pañuelo el que se desplaza despacio por los dos vidrios buscando más transparencia, quitando manchas y sombras grises.
La limpieza de mis lentes es una rutina que me acompaña varias veces al día, como parte de una tarea de mantenimiento. Ellos cuelgan de mi cuello desde hace cuatro años; esa tarde cansado de que las letras del diario se esfumen ante mi mirada, caminé hasta el oculista que llega al pueblo todos los martes, o casi todos.
Me atendió después de una espera entre medio de silencios, revistas viejas apiladas en una mesa bajita y personas que hablaban entre susurros, como si estuvieran en un velorio. A mi turno, el hombre, con su chaqueta blanca desabrochada, me hizo sentar y colgó un cartel con letras de distinto tamaño para probar lo que ya sabía.
En un breve trámite, el oculista -bajo, casi calvo y gordo- con más pinta de cocinero de fonda que de profesional de la oftalmología, me sentenció a vivir con los anteojos. Para escribir, leer, atender el celular o sintonizar la radio. Con una sola palabra que sonó a nombre de mujer: Presbicia, me recordó mi edad y llamó al próximo paciente.
Con la receta en la mano, llena de palabras ilegibles, en cinco días obtuve mis primeros lentes. Probé marcos y patillas. Algunos redondos, otros, más ovalados, asomaron en mi cara que se reflejaba en un espejo de tres tramos colocado encima de un mostrador. Ya sea, con marco dorado o plateado, supe que serían parte de mí para siempre. Y así sucedió.
Cada noche, cuando termino la lectura quedan encima de la mesa de luz, arriba de algún diario o un libro. Los dejo con las patillas abiertas y el cordel negro colgando, cerquita de reloj y el velador. Por la mañana se donde ubicarlos. Entre dormido los tomó y los apoyó en el mueble del baño; luego pasan a la mesa de la cocina. Es una rutina para poder hallarlos con facilidad y no olvidarlos antes de salir a trabajar.
Su ayuda aparece apenas necesito calentar el café en el microondas o para abrir el paquete de galletitas Lincoln, a través de una tirita de celofán que no encuentro. Es una recordación cotidiana de que el tiempo se consumió mi vista.
La mayor comprobación llega cuando olvido los lentes y llegando al diario comienzo a sentirme disminuido, casi inútil. Por eso guardo en un cajón de mi escritorio esos anteojos baratos, endebles, descartables, que un día compré en un polirrubro para salir del apuro y que me vendieron en un estuche ordinario.
Esos lentes que aparecen salvadores de vez en cuando, son un mal muleto de los titulares. Al finalizar el día de trabajo, durante la cena, viene mi pequeña revancha personal: me quito los lentes con ambas manos, tomándolos de las patillas casi a la altura de los cristales, los elevó por encima de mi cabeza, pliego sus patas y enrolló el cordel.
Por algún rato estarán allí, solitarios, en el mueble ubicado en el esquinero del comedor, o en el mantel que cubre la mesa rectangular. Será el rato en que mi nariz no sienta la presión de su calce.
A pesar de su simpleza - armazón metálica, solo recubierta con plástico al final de las patillas, para calzar con suavidad en las orejas- de vez en tanto necesitan un servicio de mantenimiento. Es el momento de actuar del óptico del pueblo que, sin lentes, toma un diminuto destornillador y ajusta los cuatro tornillos milimétricos que regulan la apertura. Después con las dos manos encuadra los lentes. Toda la tarea no lleva más de cinco minutos hasta que vuelven a mis ojos para ver cómo se sienten.
Los lentes solo se sumergen en la oscuridad bajo situaciones especiales. Fiestas o salidas, en que decido que solo me acompañen guardados en un bolsillo de la camisa o de alguna campera y dejen de colgar de mi cuello.
En las vacaciones, es el momento en que más me alejó de ver parte de la vida a través de cristales con aumento. Es el tiempo del descanso físico y mental. El período en que mi pensamientos se alivianan, se aleja de las noticias que me apabulla escribir todos los días y pienso en otras cosas. Pienso, por ejemplo, en el oculista con pinta de cocinero que me condenó una tarde de martes a que de mi cuello cuelgue un cordel con cristales para enfocar mejor mi vida.

miércoles, 22 de abril de 2009

Emilio y el poeta muerto

En la penumbra de la celda un cuerpo desgarbado se retorcía en un rincón. Tenía los labios hinchados y se quejaba por los golpes ocasionados por la milicia. Aunque, el dolor por la traición era el que más profundo sentía. Vestía la misma ropa que llevaba cuando lo sacaron de su casa, a punta de fusil.
Apenas balbuceó unas palabras y sus ojos se movieron lentamente. Su compañero de celda, Emilio, de diecinueve años y aprendiz de periodista le ayudó a acostarse sobre un colchón maloliente. El cuerpo de Federico se desplomó. Una frazada le cubrió las piernas. Las mismas que un día caminaron por las calles de Londres y de París. Las que recorrieron Nueva York, Montevideo y Buenos Aires.
No era político, se consideraba un poeta revolucionario. Sus detractores lo encerraron por artista extraño o quizás, por considerarlo un homosexual. Cualquiera de las dos condiciones era una molestia para los fascistas españoles. En su pueblo de Fuentevaqueros, en la provincia de Granada, creía estar seguro. Pero terminó siendo una víctima de la ingratitud humana.
Uno de los milicianos nacionalistas alcanzó una jarra con agua y la dejó en la puerta de la celda, como apiadándose. Bebió el líquido elemental despacio y repasó los años en que escribió su Romancero Gitano, “Cuando yo me muera mira que te encargo…”.
La pasión sexual, la vida y la muerte resumidas en su poesía: eternos temas.
Encerrado entre paredes de piedras el poeta dejó de ser jovial y alegre. Él, un hombre libre, estaba ahogado por la opresión. Le contó al periodista sobre los juegos infantiles en las calles de Granada, las lecciones de piano y de guitarra, su intimidad con Salvador Dalí y su admiración por Mariana Pineda. Esa mujer que se convirtió en su obsesión y a la que consideraba un prototipo de coraje.
El joven Emilio escuchó del poeta su devoción por los pobres y la necesidad de que la cultura llegara al pueblo. Le contó cuando creó el teatro universitario ambulante La Barraca para recorrer España y llevar el arte a los obreros y estudiantes.
La conversación entre el poeta y Emilio sólo se sobresalta por los disparos que se escuchan en la lejanía o la risa de los milicianos que se burlan de la sexualidad del artista extraño.
Por la claraboya con barrotes de hierro del cuarto de cuatro metros de lado, la luz del sol penetra iluminando el piso, rompiendo sombras.
En la cárcel, Federico proyecta su dolor por vivir. En una de las paredes escribió la palabra “Gallo”, revista literaria editada sólo dos veces pero que revolucionaría a toda España.
El joven, le cuenta de su abuelo escapado hacia argentina. El poeta recuerda que allí conoció a Pablo Neruda y que sus obras Bodas de Sangre y La Zapatera Prodigiosa fueron aclamadas por miles de personas. Le agradó Buenos Aires. Destetó la vida en los Estados Unidos y la sociedad capitalista. Sólo entre los negros del barrio de Harlem, se sintió cómodo para redactar su prosa. Volvió a escribir desde el desamparo.
Sus conferencias en la Universidad de Columbia despertaron críticas, amores y odios. Adhirió al movimiento estético surrealismo y escribió Poeta en Nueva York, un libro considerado de protesta y de reivindicación social. Cruzó el mar para conocer Cuba donde dejó huellas con sus palabras.
En la noche del 18 de agosto de 1936, el poeta se arrodilló en la celda y rezó. Aunque renegaba del catolicismo, sus oraciones pedían por su madre, quién le enseñó a escribir y por su padre agricultor. Pidió por España, por su Granada natal mientras el sonido de las balas y los gritos traspasaban las paredes. Entendió que despertaba La Guerra Civil.
Ante la convulsión se sentía católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico. De hecho nunca se afilió a ninguna de las facciones políticas. Le dijo al periodista que él era íntegramente español y que así debía escribirlo algún día.
En la mañana, cuando la luz del sol asomó, el poeta caminó entre fusiles por una calle larga. En el horizonte aún se veían las estrellas de la madrugada. Los verdugos cerraron los ojos y dispararon. El poeta cayó muerto. Una muerte que asume con toda serenidad, cara a cara: “Si muero, dejad el balcón abierto” al aire de la vida sin límites.
Desde la cárcel, Emilio escuchó el sonido y entendió el significado de la palabra dolor. En una de las paredes grabó: Federico García Lorca (1898-1936).
Cuando fue un hombre libre de las rejas en un país dominado, Emilio buscó un lugar dónde rendirle un homenaje. Le dijeron que el cadáver fue arrojado a un barranco. Escuchó que lo asesinaron junto a un maestro nacionalista y que ambos fueron enterrados en una fosa común. También, le contaron que el poeta estaba loco internado en una iglesia. Nunca lo halló.
Regresó a su casa caminando por la empinada calle. Al llegar su cuerpo se desplomó en la cama y escuchó el crujir de los resortes. El cansancio lo sumió en un túnel de silencio. Los gritos de un guardia civil asustado lo despertaron en la mañana. Entonces, supo que Federico estaba en todos lados y que el sueño había terminado

jueves, 9 de abril de 2009

Recuerdo en la diagonal

Recuerdo las mañana frías parado en una de las diagonales bajo un techo metálico destartalado, a la espera del colectivo. El viento del mar perforaba mi campera, mientras solitarios taxistas permanecían al volante a la pesca de un viaje. Los vidrios empañados por la calefacción apenas dejaban ver sus figuras adultas. Cada dos o tres semanas yo repetía la espera. La luz del sol apenas despuntaba pero, mi cara se iluminaba al saber que ella vendría. Imaginaba su cuerpo ovillado en uno de los asientos y sus pies cubiertos con medias cortas, liberados de los zapatos. Sobre sus piernas siempre caía una pollera larga y clara. En cada viaje, de casi ocho horas nocturnas, cumplía con rigor su rutina ambulante. Cuando el colectivo atracaba ella era la última en descender. Después, nos abrazábamos en la vereda muy fuerte hasta sentir los cuerpos pegados, antes de emprender las caricias íntimas del amanecer. Así la recuerdo, en un estado de amor puro que duró por años, hasta que me convertí en otro.

domingo, 29 de marzo de 2009

El cabo Reyes y su nueva novia

La presencia del cabo Arnaldo Ríos todas las noches esperando a su nueva novia en la vereda del negocio de la verdulería, alteró la tranquilidad del barrio. Cuando la luz del día se desvanece, suele estacionar su bicicleta al cordón y comienza la guardia. Espera que ella entre los tres cajones de frutas y salen juntos por la ancha avenida. Yo los observo desde unos quince metros a través de mi ventana, pero también los escucho. Imposible no oír esa voz alborotada de la adolescente novia del uniformado que reclama casamiento.
Quizás, las cortinas oscuras de mi ventana puedan ser el telón imaginario de un teatro pueblerino, donde la obra a estrenar cuenta la historia de una pasión amorosa que se desató de la noche a la mañana, con escándalo incluido. Allí estarían como actores principales, el cabo y la verdulera. Claro, que también habrá actores secundarios ocupando el lugar de despechados y las comadres del pueblo desparramando versiones casi todas tan falsas como dañinas.
Para los pobladores de la cuadra es casi como vivir en un country con seguridad privada. Nunca vieron pasar la camioneta de la policía tantas veces por la misma calle. No es el único vehiculo que repite su andar por la calle frente a mi ventana. Los colectivos la eligieron para poder ingresar a la Terminal ubicada en el centro del pueblo, frente a la plaza. El ruido de los motores me es familiar y hasta conozco cuando llegan demorados, algo casi habitual. Tan habitual como los movimientos de la vecina de la casa de enfrente, sacando el tarro plástico blanco con la basura. Justo después de las ocho. Luego el sonido de la persiana me indica que la ventana se cerró. Ella me suele observar con detenimiento los domingos cuando por la mañana barre la vereda y yo, semi vestido, salgo a buscar el diario. Pocas palabras hemos intercambiado en los últimos meses, salvo el saludo de rigor.
Muchas veces cuando el cansancio de estar frente a la computadora se apodera de mí, miro hacia la calle para descansar la mirada en otra parte. El paisaje me es conocido. Los ciclistas, los que salen a caminar para mantener una buena salud, los autos…las camionetas.
La ventana me devuelve fotografías similares todos los días. Pero algo extraño pasó en las últimas semanas. Y nada tiene que ver con el romance entre el policía Reyes y la adolescente que, tanto preocupa al pueblo. Cuando miro en profundidad a través de los vidrios de la ventana, la calle asfaltada vuelve a ser de tierra, los cordones pintados de blanco para la fiesta del pueblo no están y la iluminación desaparece. Y por allí, con andar cansino como cargando la vida lo veo a él. Camina por el medio de la calle con un poncho en el hombro para protegerse del viento frío de agosto. Va hacia el hospital como todos los días. Y al llegar a la avenida cruzará la vía para luego entrar por el sendero rodeado de eucaliptos. Lo veo pasar siempre y aunque lo conozco no me saluda. Su casa está cerca, a la vuelta de la esquina. Somos vecinos en tiempos diferentes. Siempre espero que se de vuelta para mirarme. Espero un gesto, un breve saludo, pero no ocurre. Entonces me doy cuenta que los recuerdos del abuelo entraron de nuevo por la ventana y yo vuelvo a conversar con el silencio.

jueves, 19 de marzo de 2009

Rechoncho y criminal

A pesar de sus 80 años y su andar pesado, mantiene sus bravuconadas y la mirada incisiva. Quizás, trató de pasar desapercibido como un abuelito que sale de compras para el fin de semana. O tal vez, pensó que ya nadie se acordaría de su cara. Lo cierto es que la memoria se mantiene viva sobre algunos personajes que escribieron páginas negras del crimen en la Argentina.
Arquimedes Puccio, condenado por comandar una banda dedicada a secuestrar y asesinar a empresarios en su casa del barrio bonaerense de San Isidro, dejó en forma momentánea la vivienda donde se aloja -por gozar de la libertad condicional- y fue de compras a un supermercado, ubicado en las calles 13 y 20, pleno centro de la ciudad de General Pico, en La Pampa Argentina.
Vestido de pantalón para gimnasia y con una campera, tomó un carro y comenzó a tomar los productos de las góndolas. Aceite, fideos, queso y otros alimentos fueron lo que hizo pasar por la caja, entre miradas indiscretas. Su cuerpo rechoncho y su andar está lejos de aquel hombre que asistía a misa, con trajes oscuros, cuando su vida transitaba por barrios de personas ricas.
Al ser descubierta su identidad en el supermercado, comenzó con gestos ampulosos a quejarse. Cruzó por una de las puertas de salida, acompañado de un joven empleado que empujaba el carro con las compras. Insultó a periodistas y reporteros gráficos. Y después pidió que no se vulneren “sus derechos constitucionales”.
Ante cada pregunta si estaba arrepentido de su pasado criminal, respondió con silencio o más insultos. Algunos vecinos que lo reconocieron se mostraron indignados con su libertad. “Pensar que yo estaba haciendo la compra a su lado”, dijo una de las mujeres que salía del supermercado.
Puccio caminó unos 40 metros, hasta que ubicó una remisería y solicitó un auto. El cadete cruzó con él para cargar las bolsas en el baúl, al tiempo que otros vecinos comenzaron a manifestar su bronca con su presencia. Arquímedes no se privó de hacer ademanes ofensivos con su brazo izquierdo, hasta que el auto de alquiler lo alejó del lugar.
El ex-jefe del “clan Puccio”, vive en la ciudad desde julio del 2008 cuando abandonó la Unidad Penitenciaria 4 de Santa Rosa y fijó domicilio en la calle La Fraternidad y 106 de General Pico. Allí reside en la casa de un apicultor y miembro de la congregación religiosa a la que se convirtió Puccio. Durante los próximos cinco años deberá comparecer ante cualquier llamado del Patronato de Liberados, tras lo cual se dará por cumplida su condena. Desde hace meses descansa en un juzgado un pedido suyo para poder viajar a Buenos Aires y alojarse allí. El hombre que comandó la familia de la muerte, esta solo y espera. Los ciudadanos decentes vomitan su bronca cada ven que su cabeza calca asoma a las calles.

PARA NO OLVIDAR:

Víctimas Ricardo Manoukian: Tenía 24 años y era amigo de Alejandro Puccio. Fue secuestrado el 22 de Julio de 1982, en San Isidro. Se lo llevaron cuando salía de un depósito de los supermercados de la familia, en Martínez. Por él pagaron un rescate de 500.000 dólares. Pero igual lo asesinaron. Eduardo Arlet: Ingeniero Industrial, hijo de un empresario metalúrgico, fue secuestrado el 5 de Mayo de 1983 en Barrio Norte. Estaba casado y tenía 25 años. Se conocía con Alejandro Puccio porque jugaba al rugby. Su familia pagó 100.000 dólares. Pero lo asesinaron. En 1987, hallaron su cadáver en General Rodríguez.Emilio Naum: Dueño de dos casas de ropa, tenía 38 años. El 22 de Junio de 1984, vio que Arquímedes Puccio -a quien conocía- le hacía señas y paró con su auto. Se resistió, le pegaron un tiro en el pecho. Fernández Laborda confesó haberle disparado. Nema Bollini de Prado: Tenía 58 años cuando la secuestraron, en 1985. Su familia era dueña de una concesionaria de autos. Estuvo 32 días en el sótano de la casa de los Puccio, atada con una cadena al tobillo. Fue la única sobreviviente. VictimariosArquímedes Puccio: Líder y cerebro de la banda. Contador público. Vinculado con la derecha peronista, fue funcionario de la Cancillería y Secretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires en 1973. Condenado a perpetua por los cuatro casos que cometió la banda. Por tener más de 70 años, cumple arresto domiciliario. Alejandro Puccio: Hijo de Arquímedes. Fue jugador de rugby del CASI y de Los Pumas. Regenteaba una casa de artículos de windsurf. Lo detuvieron el 23 de Agosto de 1985, cuando liberaron a Bollini de Prado. Murió en 2008. Guillermo Fernández Laborda: Su confesión les permitió a los investigadores desarticular la banda. Dijo que fue él quien disparó contra Naum y Manoukian. Lo condenaron a reclusión perpetua. Victoriano Franco: Era Teniente Coronel retirado. Participó en el secuestro de Aulet y le dio su arma a Fernández Laborda para que asesinara a Naum. Su condena fue de prisión perpetua. A los 84 años murió en la cárcel.Roberto Oscar Díaz: Fue el último en sumarse a la banda. Conoció a Arquímedes Puccio en una agencia de autos de Llavallol. Entregó a Nélida Bollini de Prado, la única que sobrevivió a sus captores. Confesó ante la Justicia que mató a Aulet. "Me pidieron una prueba de sangre para incorporarme a la organización" dijo. Condenado a perpetua. Gustavo Contepomi: Arquímedes Puccio lo convocó para formar parte del grupo. Era amante de una mujer, familiar de Aulet, y se lo consideró el contacto para llegar al empresario. Murió en la cárcel cuando ya tenía más de 70 años. Daniel Puccio: Alias Maquila. Hijo de Arquímedes. Fue detenido en 1985, cuando negociaba el rescate de Bollini de Prado. En 1997 le dieron 13 años. Estaba en libertad y nunca se presentó. Está prófugo, según los familiares de las víctimas, en Brasil.Herculeano Vilca: Era un albañil que se encargó de acondicionar el sótano de la casa de los Puccio. En el juicio admitió haber cavado la fosa donde enterraron a Aulet. Le dieron 10 años, que ya cumplió.